08/04/2017

Artículo de: Luis Daz Martnez

Semana Santa o de Pasin y Resurreccin en guilas

Con la primavera llena de flores silvestres y de verdor en nuestros campos, gracias a la copiosa lluvia del pasado mes de enero, nos llegan las procesiones  de Semana Santa o  de la pasión y resurrección de nuestro Señor Jesucristo conforme al relato escrito de los cuatro evangelios y de las profecías del Antiguo Testamento. El profeta Isaías, en el capítulo 53, llama a Jesús “Varón  de dolores y experimentador de quebrantos”.

Repasando nuestra historia, nos vamos a remontar a los primeros años del castillo de San Juan donde era visitado en ese tiempo, conocido por el Triduo Pascual, por los frailes franciscanos procedentes de la ciudad de Lorca para el cumplimiento Pascual, conforme a los mandamientos de la Iglesia que ordenaba confesar y comulgar por Pascua Florida.

Después de recibir estos dos sacramentos, los militares de la guarnición procedían a una procesión o viacrucis desde lo alto de la fortaleza hasta la primera ermita adosada al almacén que construyó don José de Balaguer en 1728. Dentro de la sencilla capilla, el franciscano anunciaba a los casi cuarentas asistentes, dedicados al tráfico portuario, la necesidad de cumplir con el precepto eclesiástico además de la asistencia a las celebraciones propias de la Semana Santa.

La ermita de Balaguer quedó abandonada como lugar de culto en 1790, siendo sustituida por otra más espaciosa que duró hasta la inauguración del nuevo templo parroquial de san José en diciembre de 1853.

En ese tiempo ya se veneraban las tallas de nuestro padre Jesús Nazareno (destruida en la guerra civil) y María Santísima de los Dolores, traída al pueblo desde Oran por un matrimonio de La Ñora que llegó al puerto gravemente enfermos. Fallecidos los propietarios y enterrados en el primer cementerio, la virgen de los Dolores se quedó a perpetuidad como patrona y amparo de todos los aguileños.

Desde el mismo momento de abrirse las puertas para el culto del nuevo templo, se sacaba la procesión con las dos imágenes citadas  en la mañana del Viernes Santo. Hubo un tiempo (en las postrimerías del siglo XIX) que en la mañana del Viernes Santo se hacía a lo vivo hacia el calvario  terminando la representación de mala manera, pues el que hacía de Jesús con la cruz  a cuestas, por cierto un herrero local, se enfrentó  con algunos de la “judea” que lo maltrataban . Así terminó la escena de la subida al Calvario. En aquellos años del noventa de aquel siglo se fundó la cofradía del Santo Entierro, cuando se trajo la talla del Cristo yacente procedente  de Barcelona. Desde entonces, el Viernes Santo no solo se procesionaba por la mañana sino al caer la tarde del Viernes Santo, ya de noche, salía la procesión entre cirios encendidos y la fe de todo un pueblo al cadáver de Jesús seguido por la madre del Dolor entre la gente devota con sus lágrimas y suspiros. Entonces no aparecía el santo evangelista San Juan.

Metidos ya en el siglo XX, en el monte Calvario se levantó una pobre ermita donde se hallaban las imágenes insignificantes de un Crucificado con la Virgen Dolorosa y San Juan. Sobre los años diez, el Jueves Santo, se subía Jesús Nazareno a la ermita del Calvario y allí pasaba la noche. A la mañana siguiente, la magnífica talla de Nuestro Padre Jesús se bajaba del Calvario acompañado de san Juan venerado en aquel lugar. Fue el origen de la procesión del Santo Encuentro que nos recuerda la IV estación del Vía Crucis. Jesús con la cruz a cuestas encuentra a su Santísima Madre. Que en aquella mañana salía de la iglesia de san José. El trienio de la guerra civil arrasó con todo el bagaje de las procesiones.

Ya en la posguerra, un cura encargado de la parroquia del Carmen y colaborador de san José quiso resucitar el antiguo esplendor de las procesiones ante la indiferencia del párroco don Antonio Sánchez Bernabé. Todo  estaba por hacer en los duros y penosos años después de nuestra contienda. Sólo había sobrevivido en el ajuar pasionario las dos artísticas banderas del paso Negro y el paso Morado. El Pósito de pescadores anualmente contribuía a la Cofradía de la Virgen de los Dolores  en un tanto por ciento del coste de la pesquera de todo un año. Su presidente fue don José Cáceres, ayudado por los mayordomos don Agustín Muñoz y su primo don Bartolomé Muñoz Belda (posteriormente  fue Presidente de la Cofradía), don Miguel Navarro. Este, carpintero de Rivera, compró un nuevo trono y un artístico manto en sustitución del manto confeccionado en el año 1925. Referente a la Cofradía  de nuestra Patrona, Francisco García Mula a sus expensas restauró la venerada  imagen que se hallaba en lamentable estado en el año 1993. Dos años más tarde, movió al pueblo de Águilas para que adquiriera un nuevo manto que superó el coste de ocho millones de pesetas. Antonio Navarro, hermano del calafate Miguel se encargó  del Paso Morado; El comerciante natural de Huercal Overa, don Juan de la Verdad fue presidente del Paso Blanco de san Juan Evangelista en 1943. Años más tarde, en 1953, la cofradía adquirió la talla de José Noguera; y el Paso Negro o Santo Sepulcro fue presidente don Rafael Rostán F. Luna. Los principales cofrades fueron los médicos del pueblo, que portaban cintas negras  salidas del trono escoltado por la guardia civil con sus armas a la funerala. A finales del siglo XX, la cofradía llevada por los descendientes de la familia Moreno Ángel adquirió la hermosa talla del Cristo yacente, por un millón setecientas mil pesetas, del imaginero Paco Liza Alarcón de la pedanía de Guadalupe de la ciudad de Murcia. En cuanto a la procesión del Silencio, en la noche del jueves Santo, fue en sus comienzos una cofradía de Penitencia distinta al boato y esplendor de las restantes. Se formó en 1946, al año siguiente salió en procesión, cuyo Hermano Mayor fue el tipógrafo don Luis Alarcón  Valdés. En 1953, año del centenario de la parroquia de san José, don Antonio Ramos Asensio dona la hermosa imagen del Santo Cristo de la Agonía, cuyo autor fue don José Rivera de la escuela sevillana. En aquel tiempo, a finales de los cuarenta, nace otra cofradía de Jesús atado en la columna o Paso  encarnado. Sus fundadores fueron cuatro: Don Andrés Fernández Corredor; don Carlos Marín  Cervetto; don Guillermo Muñoz García y don Pedro María Martí Carbonel. El paso encarnado dio muestras de ser uno de los más disciplinados de la carrera procesional e hizo alarde del orden castrense de sus nazarenos, que fueron los primeros en portar capas de raso en sus atuendos.

Tras un bache de varios años sin procesiones, gracias a un grupo de jóvenes entusiastas, entre ellos, Pepe Rabal, actual presidente del paso Blanco, y Sebastián Muñoz, que ostenta la presidencia del Cabildo de Cofradías, en el año 1971 se reunieron y formaron la Junta de Cofradías en la antigua almacén de Arbitrios. Aquella reunión es el germen de los desfiles pasionarios de nuestra Semana Santa. Sobre todo, es la manifestación religiosa de nuestro querido pueblo de Águilas que vive con emoción la Sagrada Pasión de nuestro Señor Jesucristo.