09/04/2017

Artículo de: Antonio M. Beltrn

Predicar o dar trigo

            Lo que os voy a contar sucedió hace un par de meses. Un pequeño grupo de personas, entre las que yo me encontraba, estábamos paseando por el Barrio de Lorca cuando nos encontramos a un hombre sentado en el suelo, sucio, malvestido, rodeado de bolsas de basura. Una de las bolsas estaba abierta y su contenido –cáscaras de huevo, pieles de naranja, posos de café– estaba desparramado porque aquel hombre estaba comiendo de la basura.

            Sé que algunos os quejaréis de la escena gráfica que os estoy contando; eso hizo uno de nuestros acompañantes, que apartó la cabeza enfadado por aquella suciedad y se alejó del grupo con un «¡Por Dios!». Los demás nos miramos, incómodos, y apretamos un poco el paso hasta recalar en el bar en el que habíamos quedado.

            Una vez allí hubo todo tipo de comentarios; algunos se quejaron, en general, de lo mal que está todo. La crisis, el paro, la corrupción... con algunas veladas alusiones a los inmigrantes, que no es que todos vengan a robar, aunque ya se está viendo lo que han hecho en Niza, y en París, y en no sé dónde más... pero, claro; si no hay trabajo ni para nosotros, que aún encima dejemos pasar a todos... «¡Y para que se lleven todas las ayudas y colapsen la Sanidad!», alegó otro mientras algunos, pocos, expresaban su disconformidad con un cabeceo tan leve como digno.

            Otros apelaron a los albergues; allí el debate se dividió entre los que decían que no hay albergues suficientes y los que replicaban que muchas de esas personas en realidad no quieren dormir en los albergues porque allí les controlan la hora de entrada y de salida. Ninguno fue capaz de decir cuántos albergues para transeúntes hay en Lorca y a cuánta gente acogen. Algunos alabaron la tarea de Cáritas, otros replicaron que había mucho mangante que se aprovechaba de las ayudas y otros dijeron que lo que tenía que hacer la Iglesia era vender todos sus bienes y repartirlos entre los pobres, como había hecho Jesucristo. A éste se le olvidó añadir que se acababa de gastar tres mil euros en comprarse una túnica de mayordomo para desfilar en su Paso.

            Mientras cada uno exponía sus argumentos, otro de los miembros del grupo salió del bar fingiendo que le acababan de llamar por teléfono, torció la esquina y volvió junto al hombre que estaba comiendo de la basura. Sacó el monedero y le dio una moneda de dos euros. «Tenga, caballero; se toma usted un bocadillo». El otro asintió y le dio las gracias, rozándole con una mano fría y mojada, untada en los desperdicios.

            El hombre volvió al bar a tiempo de escuchar los últimos argumentos. La falta de caridad de la Iglesia, la necesidad de la justicia social, los moros que se llevan las ayudas, los concejales que chupan del bote, los enchufados, los mangantes que viven del subsidio hasta que se les acaba... les escuchó con una ligera sonrisa que no era en absoluto condescendiente sino de tranquilidad.

            Cuando el grupo salió del bar y volvió a meterse en la calle por la que habían venido, los contenedores estaban vacíos. El hombre que estaba sentado entre los desperdicios se había levantado del suelo con su moneda en el bolsillo y le había dejado la basura a los animales.

            Esta historia, que es absolutamente verídica, puede venir a colación, quizás, con el primer acto de violencia de Donald Trump en relación a la guerra de Siria. Veréis, pienso que Trump es una persona muy peligrosa. No tiene mili aunque sin duda tendrá mucha picardía; es un gañán, un ignorante y un soberbio que se cree que tiene todas las sartenes por el mango, aunque hay más de una, cargada de fuego, que en cualquier momento se le puede revolver.

            Al dictador de Siria le ha pasado como a muchos otros dictadores, Marruecos, Turquía, los países del petróleo... o, en otros tiempos, la cohorte de asesinos hispanos, con el general Franco a la cabeza: que son hijos de puta de puertas para adentro, pero de puertas para afuera nos prestan un buen servicio. Centrémonos un poco en Siria: en el año 2000, Bashar al-Asad sucedió a su padre, Hafez, al frente del país. Desde entonces viene manteniendo una serie de guerras civiles con sus enemigos políticos... uno de los cuales es el DAESH, esa escoria que se piensa que el Islam consiste en pegar tiros e irse al paraíso de un bombazo, a un paraíso sin alcohol y lleno de mujeres sin experiencia; ¡que ya hay que ser idiota! El DAESH por un lado, el Gobierno por el otro, han provocado un éxodo completo de sirios: según la ONG Acción contra el Hambre, en los últimos seis años han escapado más de 5 millones de personas; la mitad de ellos, niños.

            La opinión pública internacional ha hecho como el grupo de personas de mi anécdota rabalera: algunos se han adelantado, asqueados por la visión de cadáveres de niños y pueblos bombardeados, diciendo que no hay derecho a que la televisión nos muestre semejantes escenas; otros se han encogido de hombros diciendo que, en el fondo, esa gente siempre está así, que no saben vivir de otra manera más que matando al vecino y enterrando a sus hijos de dos en dos. Algunos han lamentado la pasividad internacional, y otros han dicho que las verdaderas víctimas somos nosotros, los europeos blanquitos que comemos varias veces al día, porque esos refugiados luego acaban convirtiéndose en islamistas y nos matan a nosotros, que no tenemos la culpa. No ha faltado el de la túnica de mayordomo, lamentando que los países le vendan armas a los violentos sin querer darse cuenta de que uno de los principales vendedores es el Gobierno del partido al que ha votado.

            Mientras todos charlaban, a Donald Trump se le han cruzado los cables; el hombre estaba cenando en la Casa Blanca, ha visto los niños asfixiados por los últimos ataques con gas químico, ha descolgado el teléfono y ha dicho: «¡Me bombardeen ahora mismo la base militar en la que tienen el gas!». Y como, a diferencia del resto de cuñados de la ONU, él es de los pocos que sí tiene poder, aquella misma noche se ha podido ir a la cama diciendo: «Éstos ya no van a tirar más gas».

            Por supuesto no han faltado los de las teorías conspiratorias, que te miran con agudeza y te dicen: «A saber si el gas no lo habrá lanzado él». Razones no les faltan: aún recordamos la mentira de las armas de destrucción masivas que tenía Sadam Husein, mentira que le sirvió a José María Aznar, ese pequeño gallo de pelea, para decir esta misma semana que ahí se había sacado la mejor foto política de su vida, lamiéndole los zapatos al ranchero Bush.

            Me da mucho miedo Donald Trump; y me da mucho más miedo que, a día de hoy, la única manera de que los niños de Siria dejen de ser exterminados con gases químicos sea que un chiflado esté viendo el telediario adecuado en su salón.

Antonio Marcelo Beltrán.

@antoniombeltran