23/05/2017

Artículo de: Alfonso Soler

Pedro Snchez resucit el mismo da que Laura Palmer

Susana Díaz ha conseguido algo único: ha puesto de acuerdo a catalanes y resto de españoles. No la han votado ni unos ni otros y sólo en Andalucía ha conseguido superar a su adversario holgadamente. La culpa de esta masacre, dijo, es de los catalanes y de los españoles y no de los andaluces: ellos me conocen, por eso me han votado.  La vanidad con la que ha encajado la derrota viene a confirmar que Díaz no se entera que cae mal desde hace mucho, al menos desde que apoyó y participó del feísimo derrocamiento de Pedro Sánchez como Secretario General en octubre del año pasado. No la quiere fuera de su tierra casi nadie porque se alió al aparato, ese instrumento compuesto por jarrones chinos, barones estériles y El País. ¿Qué opciones podría tener Susana Díaz de ganar unas primarias con esos aliados tan repudiados por la militancia? Para la mayoría de militantes socialistas, Felipe González, Cebrián y Susana Díaz representan lo mismo: el pasado, el inmovilismo, instrumentos al servicio del poder económico.

En este sentido, Pedro Sánchez tenía la campaña ya hecha desde que lo echaron a patadas de mala manera. Le empujaron a dimitir de todos sus cargos en el partido y en el Parlamento y lo dieron por muerto políticamente. Fue un linchamiento demoledor, humillante y retransmitido en directo. Luego, sólo bastó que le entrevistara Jordi Évole para hacerse la víctima. Los golpistas calculaban que convocar unas Primarias ocho meses después era tiempo suficiente para que el calentón de todo aquello se enfriara. La participación de Patxi López en el proceso serviría para dotar de validez a unas elecciones que ganaría de largo Susana Díaz. Pero no, Pedro Sánchez resucitó el mismo día que Laura Palmer para ajustar cuentas con sus verdugos.

Si David Lynch conociera la vida de Pedro Sánchez en los últimos años podría rodar un capítulo de Twin Peaks de los buenos. Pasó del anonimato a Secretario General del PSOE, de macho alfa a candidato, de presidenciable a derrotado. De pactar con la izquierda a hacerlo con Albert Rivera. De presidenciable a otra vez derrotado. Del sorpasso a una derrota dulce. De estar en el centro a virar a la izquierda. De pactar con Podemos a ser expulsado de su propio partido. De aquí para allá. De ser una oveja obediente a un rebelde sin causa. De tontico a víctima. De ir en coche oficial a recorrer España en Seat. De mamporrero a otra vez jefe del cotarro. De jugar de pívot a tirarse un triple en el último segundo de partido con los ojos vendados. Así es la vida de un tipo que lo mismo te canta la Internacional con el puño en alto que le pega fuego a la chaqueta de pana. A veces de cervezas y otras de vinos. La vida de este guapo está escrita por la épica.

Esa resistencia a hincar la rodilla ante el establishment le ha granjeado simpatías entre la militancia, que le apoya mayoritariamente. Seguramente represente la imagen de la melancolía, una figura heroica que hará lo que sea para salvaguardar la esencia del socialismo ante el poder político, mediático y financiero que todo lo corrompe. Así lo ve buena parte de sus militantes, un Robin Hood para el pueblo socialista en tiempos jodidamente intervencionistas. Es el padre de los socialistas huérfanos. Dudo mucho que lo vean igual sus posibles votantes, que lo pueden ver de la misma manera pero que también podrían percibirlo como un veleta que se reveló por puro orgullo y que ahora por esa sed de venganza recupera un partido rajado por la mitad, sin respuestas concretas ante los problemas sociales y económicos e incapaz de construir un mensaje mínimamente fiable que desbanque a un partido infectado por la corrupción.

Sus enemigos no parecen que se lo vayan a poner fácil. El primer editorial de El País está cargado de munición y calificativos como demagogo y populista. Por otro lado, los abucheos a Susana Díaz en el discurso del ganador sólo demuestran la posición de enfrentamiento de ambos bandos y las pocas ganas de reconciliación. Y los acólitos barones de la presidenta de Andalucía no están por la labor de hacer las paces. Eso sí, si la cosa se torciera, al menos Pedro Sánchez podrá reírse eternamente cada vez que vea la foto final, aquella que posa descojonado de la risa mientras aprieta la mano de la hi-ja-de-pe-rra que le quitó el trono durante ocho meses. Todo muy Lynch.