04/08/2017

Artículo de: Antonio M. Beltrn

Barcelona, Maduro y mi rueda de repuesto

Hace más de un mes le prometí a Paco Albarracín un artículo para darle de comer a mi columna en InfoÁguilas, que está más vacía de lo que a mí me habría gustado. Las últimas semanas han sido muy complicadas a todos los niveles, pero finalmente esta tarde he encontrado un minuto para cumplir con mi palabra.

El problema es que, una vez me he sentado delante del teclado, me he encontrado con múltiples frentes a los que atender. Una parte de mí me estaba pidiendo hablar de Venezuela… pero no para criticar a ese pequeño sátrapa, que parece salido de una de las aventuras sudamericanas de Tintín, sino para lamentar que las vicisitudes diarias de este país se hayan convertido en una cortina de humo con la que tapar nuestras propias miserias nacionales. Los medios de comunicación abren los informativos y llenan las portadas con el día a día de Venezuela, unos alabando los triunfos de la revolución post-bolivariana y post-chavista, otros criticando el paso rápido y firme de Nicolás Maduro hacia la dictadura. El PP ataca frontalmente al Gobierno venezolano en la misma medida que Podemos aplaude sus éxitos sociales, económicos, ideológicos, culturales y de las JONS. Y yo no puedo deciros nada porque, a estas alturas, no me fío de los medios de comunicación, y mucho menos de Podemos y del PP. Así que este tema queda descartado para mi artículo.

Iba a hablar de la deriva golpista del Gobierno autonómico catalán, pero me da una pereza tremenda. Todos los días nos desayunamos con un paso más en el avance del Govern y el Parlament hacia el precipicio, de la mano de un grupo de fanáticos amantes de las fronteras, convencidos de tener la Verdad con mayúsculas en su poder, que están tirando por tierra la credibilidad de los catalanes, están dividiendo al conjunto de la sociedad de Cataluña y, de manera paradójica, han conseguido que la gente vuelva a izar la Bandera de España con orgullo en los balcones y las instituciones públicas. Han llegado unos tiempos en que si defiendes la Constitución de 1978, democrática, plural, moderada, hija del consenso y aceptable en mayor o menor medida por todos, te acusan de fascista. Y te acusan de ser fascista quienes defienden purgar la Administración, infringir las leyes y las sentencias judiciales, manipular los medios de comunicación y «hacer sufrir» a quienes no comulguen con sus miopes, egoístas, excluyentes y utópicas ideas pasadas de moda. La amenaza entrecomillada no es obra de un franquista sino de Lluís Llach (si quieres conocer a Luisito, dale un carguito). Mi pereza ha llegado al punto de que cuando veo por Internet a Puigdemont, Junqueras, Romeva, Rufián o Forcadell, por mencionar a los clowns más destacados, cierro la web y me entretengo leyendo algún episodio histórico, como la Guerra de Yugoslavia. Quién lo iba a pensar, reflexiono. En una sociedad tan civilizada, culta y europea como la serbia.

Me da coraje pensar en Donald Trump, el vivo ejemplo de que en la democracia occidental cualquiera –cualquiera- puede llegar a lo más alto siempre que disponga de un talonario de cheques lo suficientemente abultado; y me pregunto cuánto tardarán los lobbies en buscarle un escándalo de faldas, o de falditas, que lo saque de la Casa Blanca antes de que en verdad le haga daño a alguien de los que mandan de verdad.

Luego me voy a la otra punta del globo y veo a Putin, al frente de una Rusia que ahora se supone que es una democracia, y no como en los tiempos de la Unión Soviética. Pero tampoco llego a profundizar demasiado, ya que es ver las fotos del Kremlin, las fulanas rubias que se prostituyen por un puñado de kopeks, los borrachos muertos de frío bajo la nieve moscovita, los popes, los mafiosos, y empezar a entonar aquella canción de Les Luthiers que era un himno al cambio de régimen: «Antes teníamos hambre y no había libertad… y aunque aún tenemos hambre… no tenemos libertad».

Trato de hacer algún otro análisis sobre el bloque comunista y me acuerdo de los chinos, y de la madre de los chinos: están invadiendo el mercado occidental, arruinando a los artesanos y a todos los sectores de la producción, porque sus productos son mucho más baratos que los nuestros. Y son mucho más baratos porque su mano de obra está realmente explotada, trabajando horas y horas por un cuenco de arroz. De manera que veo a los proletarios occidentales arruinados porque los proletarios chinos asumen sin rechistar su explotación, todo gracias al Partido Comunista Chino, y siento hacia aquellos compañeros obreros, hijos de Mao, el mismo amor fraternal que sentía su vecino y camarada José Stalin. Los ojos se me llenan de lágrimas y soy incapaz de pergeñar dos líneas con un mínimo de coherencia; aunque sean líneas baratas, chapuceras, de Todo a Cien.

Luego me dirijo hacia Corea del Norte y me pregunto qué estará haciendo Kim III. Pero no puedo saberlo: en este mundo tenemos satélites capaces de leerte la matrícula del coche mientras bajas el puerto de Purias, hay misiles teledirigidos que te pueden dar una buena sorpresa cuando abres la ventana por la mañana; drones, hackeos de Internet, GPS, satélites espía, aviones inteligentes… pero ni los Estados Unidos, ni la OTAN, ni la Unión Europea, ni la China, ni los rusos, ni el Japón, ni Anonymus, ni el de la WikiLeaks, son capaces de presentarnos unas buenas imágenes del cebón norcoreano fusilando a sus compatriotas en bloques de treinta o regando las calles con oro en polvo, como dice que pasa en los paraísos del proletariado. De manera que tampoco me atrevo a hablaros de Corea del Norte, un territorio por lo visto más opaco que el planeta Plutón.

Hablaría de la dictadura siria, de la dictadura árabe, de la dictadura turca… pero resulta que España le está vendiendo armas a todos estos Estados medievales, salidos de las arenas del desierto gracias a los restos licuados de los dinosaurios; y todos recordamos que al-Qaeda nació de los ejércitos de muyaidines que se enfrentaron a los soviéticos apoyados por Occidente; y ahí está Rambo III, que no me dejará mentir. En España lamentamos las matanzas de los islamistas pero seguimos enviando armas sin control. De manera que me callo para que no me acusen de tirar piedras sobre mi propio tejado.

El amor es un tema muy recurrente, pero no quiero sacar ninguna conclusión para que no se me acuse de machinazi o femirulo, que ahora no recuerdo cómo se llama el hombre hetero cis amante de las pelirrojas que se atreve a exponer su tendencia y apreciar la belleza de las mujeres pelirrojas sean hetero, lesbis, bi, tri, cis o trans. De manera que de este tema sólo hablaré en presencia de mi abogado, el que tengo aquí colgado.

Así que, sintiéndolo mucho, voy a centrar este artículo en un tema más prosaico. Vendo rueda de galleta de Peugeot 206. Casi sin estrenar. El mes pasado mi exmujer se fue de casa y nos dejó atrás a mí, a mis hijos y al contrato de alquiler. Se ha llevado el coche y se ha dejado la rueda de repuesto. Así que si me dais unas perricas y venís a por ella a Lorca os la dejo baratica. Es lo más sensato que podéis hacer en un mundo en el que nos afecta más el dictador venezolano que el marroquí que tenemos al otro lado del Estrecho, tocándonos las narices con la droga, la pesca, los tomates, las pateras, Ceuta y Melilla. Un mundo en el que el etarra Otegi se abraza a los catalanes y nos llama franquistas a quienes defendemos la Constitución. Donde el capitalismo explota pero el comunismo explota todavía más, donde las mujeres maltratadas se ven obligadas a darle los hijos a sus maltratadores… un mundo, en fin, cuya temperatura media sube cada año pero donde los hombres –y mujeres- del tiempo siguen hablando de «buen tiempo» para referirse a la décima semana sin una maldita nube que le dé una tregua al campo y nos recargue los embalses, que, por cierto, no los planeó ese canalla de Franco sino el ministro republicano Marcelino Domingo.

Así que dejaos la lectura, sed razonables y compradme ya la rueda de repuesto, por favor, antes de que mi próxima crónica hable de cómo robar cable de cobre y tenga que firmarlo desde la cárcel. Será desde la cárcel, sí, porque yo no he robado tanto como nuestros presuntos Rato, Bárcenas, Villar o Urdangarín.

 

Antonio M. Beltrán

@antoniombeltran

 

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