07/07/2016

Artículo de: Antonio M. Beltrn

No cojas todas las moras

         Bueno. Ha pasado lo que tenía que pasar. El Mar Menor ha sido ingresado oficialmente en la UCI. Todos hemos visto fotos y vídeos de la sopa entre verde y marrón en que se ha convertido. Una laguna de agua caliente llena de verdín como las piscinas de las urbanizaciones descuidadas, con unas barreras protectoras para que no se abalancen las medusas que esperan en el Mediterráneo donde ya hay más plástico que peces. Con el horizonte limitado a una pantalla casi constante de rascacielos.

         Cuando yo era un niño pasaba las vacaciones de verano en Valdoviño, un pueblo gallego cerca del Ferrol. Vacas, bosques inmensos, campos de patatas, de berzas o de maíz, y unas silveras de más de dos metros de altura. Nuestras vacaciones eran de maestro: sin mucho dinero, pero largas. Dos meses enteros en casa de los abuelos. Dos meses recorriendo los montes, fijando nuestra atención en las silveras viendo cómo las moras iban creciendo poco a poco. Primero eran unas florecitas de pétalos blancos, luego un muñón verde, luego una pequeña mora que iba enrojeciendo, y que no se podía comer hasta que alcanzaba el tono morado oscuro al que debía su nombre y que justificaba su existencia. En nuestros paseos cotidianos con nuestros padres, o en las correrías con los amigos de la aldea, que eran mayores que nosotros y unos expertos en todos aquellos frutos, mi hermano y yo rabiábamos por coger aquellas moras a puñados y comérnoslas a dos carrillos. Pero, para nuestra desgracia, no estaban en sazón hasta la última semana de vacaciones.

         Aquella tarde era una de las últimas. Mi padre había empezado el ritual –tan gallego, tan morriñoso– de despedirse de los sitios. Adiós, playa. Adiós, pantano. Hasta el año que viene. Estábamos dando un paseo de vuelta a casa de mis abuelos cuando, de repente, ante nuestros ojos infantiles se desplegó una muralla inmensa de moras. Grandes, de granos morados y a punto de reventar. Sin abejas que nos disputasen con eficacia la fruta, y lo suficientemente altas para sortear la precaución de mi madre: "¡De cerca del suelo no, que es donde mean los hombres!" Mi hermano y yo empezamos a devorar las moras, riendo, salpicándonos la ropa ya de por sí sucia del paseo de despedida de la playa, del último saludo a las olas... En un momento dado, nuestro padre nos dijo que no cogiéramos más. Y dijo la frase que se me ha quedado marcada:

         –Si hoy las coméis todas, mañana no os quedará ninguna.

         Y eso es lo que ha pasado con el Mar Menor. Veréis: me he criado en San Juan, junto a la famosa playa del mismo nombre –que en realidad pertenece a la ciudad de Alicante, y no a mi pueblo–. He visto ponerse el sol de julio a las cinco de la tarde, oculto tras los rascacielos de diez, veinte o más alturas a poco más de diez metros del arranque de la arena. He visto secar acequias en Alicante, cambiar naranjos por bungalows en Denia, arrancar pinos en Llíria, asfaltar campos de arroz a las afueras de Valencia.

         La primera vez que visité el Mar Menor fue a principios de 1992. Hacía pocos días que le había quitado la L al coche y quise ir un poco a la aventura. Me seducía esa idea de una tierra entre dos mares, con la extensión del Mediterráneo a un lado, la albufera al otro y una barra de arena, quizás con algunos pinos y desde luego todo lleno de cañaveral, por todas partes. Igual incluso había silveras, con sus moras.

         Llegué al Mar Menor y empecé a ver dónde tenía que dejar el coche para seguir andando. Pero en un momento dado aquello se convirtió en un bulevar de dos carriles, con bastante tráfico pese a que era un día laborable de primavera, lleno de rascacielos a ambos lados. Al final me di media vuelta y me largué, porque para pasear por una playa oscurecida por las sombras de los edificios ya tenía San Juan playa.

         Creo que fue Gabriel Miró, el escritor alicantino que narró escenas de huertas, campos cultivados y cabañas pesqueras a muy pocos pasos de las playas levantinas, quien le dijo a sus paisanos: "Teníamos un paraíso hecho a nuestra medida, y lo hemos convertido en un infierno hecho a la medida de los demás".

En el Mar Menor ha habido recalificaciones. Se han cogido las dunas, se han allanado y se han vertido toneladas de asfalto. Se han hecho edificios que parecen estar en equilibrio, empinados sobre la estrecha franja de arena que era un espacio prácticamente único. Edificios con sus desagües, frecuentados por miles de personas que se bañan bien untados en bronceador, que revuelven la arena, pisan las algas y se llevan todo lo que se parezca mínimamente a una concha.

En la otra parte de la albufera han proliferado los cultivos; unos cultivos que ahora se ven culpabilizados. No tienen agua del Ebro, aunque Zaragoza y la mitad de Aragón se inundan una vez al año por las riadas. No tienen agua del Tajo, porque en esta época de fronteras hay que ponerle vallas hasta a los ríos. Tienen agua desalada, que sin duda no les saldrá barata, pero ahora les acaban de sellar la tubería de desagüe porque toda la salmuera, todo lo que se le quita al agua del mar para hacerla permisible, iba a desaguar nada menos que al Mar Menor.

Ahora el Mar Menor parece que se ha ido a pique definitivamente. Los medios de comunicación –los nuevos chivos expiatorios, los que parece que nunca nos informan de nada, pero gracias a los cuales sabemos mínimamente lo que está pasando– están sacando fotos aéreas, terrestres y submarinas de la catástrofe. Hay vídeos con la albufera llena de espuma sucia, de restos de detergente, llegando hasta el tobillo. Acaba de comenzar la temporada de verano y a ver quién es el guapo que se alquila el apartamento en el Mar Menor; a ver quién se toma ni siquiera una cerveza en los innumerables bares, cafeterías, restaurantes, heladerías, pubs... que jalonan la zona.

Hostelería, construcción y turismo son los sectores a los que se han dedicado miles de murcianos en esta economía cada vez menos diversificada. Ahora todo se ha ido al garete.

Cuando mi padre era un niño estuvo a las puertas de la muerte durante un día y una noche. Una fiebre de cuarenta grados que no bajaba, dolores abdominales muy fuertes, visión doble... el médico del pueblo estaba desesperado, hasta que a mi bisabuela Aurelia se le ocurrió darle no sé qué porquería que le hizo vomitar. Resulta que se había comido todas las moras en no sé cuántos kilómetros a la redonda, tanto maduras como verdes. En el Mar Menor –ni en San Juan, Valencia, Oropesa, Torrevieja...– no hemos querido reservar algunas moras para el día de mañana. Nos las hemos comido todas de una sentada. Por eso ahora estamos, económicamente hablando, a las puertas de la muerte y sin una abuela experta que nos dé la solución.