29/09/2017

Artículo de: Alfonso Soler

No hay nada ms espaol que el Procs

El director de este fantástico medio de comunicación tiene motivos para exigir mi dimisión después de tanto tiempo sin poner palabras a mis pensamientos. Tiene toda la razón del mundo pero debo decirle que llevo semanas intentando escribir sobre Catalunya, la tierra donde nací, y me cuesta. Es difícil ser sincero en un asunto como el Procés porque el terreno está tan trufado de minas que caminar sobre él sólo acarrea problemas. Es imposible mantener una conversación sobre Catalunya con los hooligans de ambos bandos porque cada uno defiende su posición como si esto fuera una confrontación bélica. Pero lo voy a intentar. 

Catalunya es el ejemplo perfecto de la guerra cultural que vive este país, donde todo es negro o blanco. Si matizas, si te decantas por algún tono gris, te tacharán de equidistante, de inútil para el arte de la guerra. Porque en las guerras sólo hay dos bandos. En este caso, independentistas versus resto de españoles. Si te quedas en medio, si no te unes a un bando o, al menos no criticas al otro, eres sospechoso de hereje.

¿Por qué hemos llegado a esta situación? Usted habrá escuchado muchas cosas y se habrá quedado con la que más le convenía para reforzar su posición férrea e inmovilista. Pero no se engañe, este tinglado surge de la inutilidad de nuestros dirigentes políticos. O de sus intereses partidistas, que es peor. No hay más. No importa quién llegó antes, si España o Catalunya, que si el derecho a decidir, que si la Constitución, que si la democracia es mía. Todo esto son monsergas que usted elige la que le venga bien. Pero esto, con otros políticos de mayor talla, no hubiera pasado.

Pero el presente está aquí y el pasado no puede modificarse, así que expliquemos por qué estamos aquí. A Artur Mas le atropelló la crisis. Su respuesta a la crisis. Catalunya fue una de las Comunidades que más acusó los recortes y, todavía hoy, es donde más barracones hay levantados en colegios públicos. El President sacó el Procés de la chistera cuando la corbata apretaba ya demasiado, en la mayor huida hacia adelante que yo recuerdo. Como estrategia política tuvo sentido: desvió las críticas por su gestión política hacia Madrid, donde situó al gobierno de España como culpable de todos los males catalanes. La fatalidad y el victimismo, dos sentimientos atávicos a la personalidad de los catalanes, alimentaron la idea del enemigo madrileño, como si el duelo entre el Barcelona de Guardiola y el Madrid de Mourinho se trasladara a la política y la sociedad.

La omisión como respuesta del gobierno central a las voces desde Catalunya agravó el problema. Mientras dos millones de catalanes salían a las calles cada 11 de septiembre reclamando ser escuchados, el ministro Wert sugería españolizar a los catalanes. Igual el ministro se refería a la presencia de Guardia Civiles y Policías Nacionales que han subido a poner orden estos días. Esta discusión de besugos alcanzará su cenit ese domingo con un referéndum de pantomima, no por ser ilegal (que lo es), sino porque es una consulta que ni representa ni convoca a la mitad de catalanes. Es un insulto a la inteligencia. Y mientras tanto, el gobierno seguirá teniendo el poder de las instituciones, la ley de su mano. Y los ‘indepes’, a una masa enfurecida. Todos sabían que llegaría este momento y nadie hizo nada para evitarlo.

Sabiendo que Mas y Rajoy serían unos jugadores pésimos de póker, miremos el contexto. El contexto es lo más importante para abordar con garantías un asunto. En Catalunya siempre ha existido una frontera imaginaria que separa ambos territorios y desde hace mucho tiempo no son pocos los ciudadanos catalanes que viven desconectados del resto de la realidad española. Quien no quiera admitir esto es porque no conoce la realidad catalana, ni tampoco quien crea que con la intervención judicial y la acción policial se atajará el problema con el paso del tiempo. El paso del tiempo con más intervenciones de las instituciones del Estado agravará la fractura de la sociedad catalana y de ésta con el resto del país.

Es cierto que el ejército ciudadano de independentistas que ahora se manifiestan por una “Catalunya libre” no se ha fabricado de un día para otro. De hecho, la idea general de pueblo oprimido es más vieja que la democracia española. La crisis y sus consecuencias fueron el momento idóneo para brotar la semilla del diablo. Así, Diada tras Diada hasta tener una mayoría independentista en el Parlament gracias al apoyo de los que yo llamo ‘catalañoles’. Los catalañoles (en la que un servidor se incluye) siempre han sido la gran mayoría de ciudadanos catalanes, especialmente en la provincia de Barcelona; gente con un profundo sentimiento catalán, generalmente de izquierdas, alejada de nacionalismos y que ha fantaseado con la idea independentista sólo en sueños eróticos. Gritaron el gol de Iniesta a Holanda y jamás les ha molestado pertenecer al Estado español ni jamás renegaron de ser españoles. Tienen cosificada esta idea de frontera imaginaria de la que hablaba antes pero la expectativa de separarse de España era innecesaria. Ahora muchos izan la estelada como un fanático más. El concepto ‘catalanista’ ahora suena a eufemismo.

El aumento de separatistas, como digo, también tiene sus responsables en Madrid, donde el gobierno de Rajoy aceptó el duelo por el mismo motivo: mientras se hablara de Catalunya, los titulares de prensa y las tertulias televisivas olvidarían la corrupción, los recortes y los plasmas. La estrategia del Presidente fue no hacer nada al respecto. Además, la defensa de la unidad de España está siendo en todo este tiempo el enguado que ha retenido a muchos  potenciales votantes disgustados por la galopante corrupción del Partido Popular. Oponerse sin concesiones a cualquier deseo independentista (o a negociación) bien vale un gran puñado de votos. Dicho en el lenguaje del PP: si usted quiere una España unida, vótenos.

Llevamos un lustro con el Procés de los cojones y yo, como catalán y ‘catalañol’ que soy, acuso a los políticos de enfrentar a los ciudadanos con el único fin de su supervivencia política y para ocultar su total incapacidad para gestionar y resolver los problemas de sus votantes. Lo han venido haciendo desde el inicio de la crisis: funcionarios contra parados, Franco contra Venezuela. Manchegos contra murcianos. O eres racista o terrorista; Fascista o demócrata. Catalanes contra restos de españoles. Catalanes contra catalanes. Conmigo o contra mí. Y así.

Ahora que el 1-O está aquí y que se va a liar parda, recordad bien esto: por cada español que grita ‘putos catalanes’ habrá un catalán que responda ‘putos españoles’. Y no hay necesidad. Acabo de ver en televisión la salida hacia Barcelona de un centenar de Guardias Civiles murcianos, jaleados por un grupo de ciudadanos que gritaban ‘a por ellos’, como si hubiera una guerra y un enemigo al que aniquilar. Así está el patio en este lado de la trinchera. Gente que odia a los catalanes pero que no quiere que se vayan de España. ¡Qué equivocados que están! Los políticos han creado esta falsa necesidad de odio hacia el otro pero los catalanes y el resto de españoles no se odian. Miren lo que pasó en un cuartel catalán, que un Guardia Civil andaluz respondió con flamenco al sonido metalero de las caceroladas aporreadas por los ‘indepes’. Y todos rieron. Esto sólo pasa en España. Porque no hay nada más español que el Procés: saca lo peor y (ojala que) lo mejor de estas dos Españas que ahora nos tienen tan entretenidos e inquietos por Catalunya pero que mañana buscará otras historias que contar para mantenernos ocupados.