01/10/2017

Artículo de: Juan Domingo Guerrero

ESQUIZOFRENIA

            En los estudios siempre hay unas asignaturas más atractivas que otras, y todo estudiante, según sus motivaciones o intereses personales, tiene una especial predilección por unas u otras materias. En mi caso me sorprendió, muy gratamente, la asignatura de psiquiatría forense, en la cual se trataban las diferentes enfermedades mentales que podían influir en la comisión de un delito.

Criminología, como ya hice referencia, trata diferentes materias que por un lado u otro tienen, o pueden tener, una relación con el hecho de perpetrar cualquier tipo de delito. Entre esas materias que se interrelacionan se encuentra la psiquiatría forense o psiquiatría legal, la cual trata de estudiar al individuo y determinar los trastornos mentales que pudieran haberse dado en la persona a la hora de delinquir y que tengan relevancia en el momento de determinar la responsabilidad de la persona en el hecho delictivo y su posible inimputabilidad.

Estamos acostumbrados a escuchar por medios de comunicación juicios contra personas, en los cuales, muchos de ellos recomendados por sus abogados, tratan de exculparse del delito a través de la calificación psiquiátrica de peritos forenses, que son quienes deben determinar, desde un punto de vista médico, la influencia que la enfermedad ha tenido en el delito, ya que hay enfermos que cometen delitos, y delincuentes que presentan problemas de salud mental, pero no por ello el delito tiene que tener relación con la enfermedad que presenta la persona.

Para que un hecho delictivo, cometido por una persona con trastorno mental, tenga la consideración de imputable, se debe tener en cuenta dos variables fundamentales a la hora de realizarlo: La comprensión de los hechos de la persona que comete el delito, y la voluntad del autor, entendiendo ésta como la fuerza que mueve al individuo a cometer el delito, determinando si ha sido llevada a cabo a modo propio o por una realidad distorsionada. La inimputabilidad se da cuando se puede determinar que el acto delictivo se realiza en su contexto psicopatológico, de forma súbita sin planificación, y fruto de un delirio o alucinación.

Dentro de las enfermedades mentales, cada una de ellas presenta unos síntomas distintos, a igual modo que, como norma general, también los delitos son de tipología y características diferentes dependiendo de la enfermedad que se sufra. La enfermedad sobre la que me voy a centrar y la más conocida mediáticamente (sobre todo por la violencia e imprevisibilidad de los crímenes) a la hora de establecer una relación con la inimputabilidad es la esquizofrenia.

Los delitos cometidos por una persona esquizofrénica, si son provocados por esta patología, se caracterizan por ser inmotivados, incompresibles, fríos, desproporcionados, crueles y en solitario. Todos conoceremos, al menos por medios de comunicación, casos de personas con esquizofrenia, que al no ser tratados de forma correcta cometieron delitos que van a ser recordados a lo largo de la historia negra de España. Casos como la doctora de Madrid que asesinó a tres personas en un hospital de Madrid, el hijo que decapitó a su madre y salió a las calles de Santomera con su cabeza, o el asesino en serie Francisco García Escalero, conocido como el “matamendigos”, que asesinó a 11 personas en un período de cinco años, todos ellos son sólo algunos de los múltiples casos que se han realizado por enfermos de esquizofrenia, habiendo sido todos ellos declarados inimputables legalmente. Pero ni mucho menos todos los esquizofrénicos son inimputables, ni significa que el juzgado no condene a nada a estos enfermos, idea que mucha gente se cree. En los casos a los que me he referido, todos han sido declarados inimputables legalmente, pero todos han sido condenados a ingreso en centros penitenciarios de carácter psiquiátrico, ya que no tienen responsabilidad penal pero si se establece el ingreso en centros psiquiátricos.

Los esquizofrénicos, en los casos más extremos, presentan en su sintomatología ideas delirantes, presentadas como falsas creencias de las que la persona está firmemente convencida a pesar de la ausencia de pruebas concretas; alucinaciones, siendo las más habituales las auditivas, en forma de voces imaginarias; trastornos del pensamiento, pudiendo resultar difícil seguir su conversación porque salta de un tema a otro con poca o ninguna conexión lógica; comportamientos extraños, transgrediendo normas y costumbres sociales.

Todas esas alucinaciones y delirios son reales para los enfermos. Tienen su realidad paralela, pero es su realidad, y ahí radica el problema, que ellos no tienen capacidad de elección, de comprender lo que realmente sucede a su alrededor, y su voluntad se encuentra distorsionada por voces inexistentes, o personas imaginarias, que introducen en su mente ideas persecutorias.

Aparte de estas manifestaciones propias de la enfermedad, la persona presenta otros síntomas que no se reconocen como propios de la esquizofrenia y sin embargo muchas veces van asociados a la enfermedad, y que son similares a síntomas propios de la depresión. Estos síntomas serían algunos como embotamiento afectivo, no respondiendo a lo que pasa a su alrededor, pérdida de vitalidad, reduciendo su motivación de las personas y disminuyendo su capacidad de trabajar o de participar en diversiones, retraimiento social, teniendo dificultades para hacer y mantener amigos o conocidos, siendo el trato con los demás breve y superficial, y las relaciones íntimas escasas o inexistentes, y por último pobreza de pensamiento, mostrando una notable reducción de la cantidad y el contenido de su pensamiento, haciéndose difícil que hablen con espontaneidad, contestando a preguntas con respuestas cortas.

Las veces que en el ámbito policial uno se ha encontrado con este tipo de enfermos, observa que a su alrededor existen familias que viven amargamente la situación, y la mayoría de familiares se preguntan los motivos que les ha llevado a que haya surgido la enfermedad. Y la verdad es que no existe una causa cien por cien conocida como causante de la enfermedad, si bien se conocen diversos factores que predisponen al desarrollo de la enfermedad en las personas como el componente hereditario, abuso de sustancias tóxicas en edades de desarrollo, alteraciones en la fase de embarazo o nacimiento, factores ambientales estresantes, y sobre todo alteraciones bioquímicas en el cerebro relacionadas con la dopamina. Se presenta a partir de la adolescencia o durante los primeros años de edad adulta. ¿No han escuchado nunca eso de “se le ha ido la cabeza de tanto estudiar”?, pues no, no es que se haya trastornado por estudiar, sino que es en la franja de edad de 15 a 25 años cuando tiene mayor incidencia ésta y otras enfermedades mentales, coincidiendo estas edades con las de estudios en institutos y universidades, si bien puede extenderse hasta años superiores.

Como todas las enfermedades mentales, se torna en peligrosa cuando no se medica correctamente a la persona. No todas la personas tienen los mismos síntomas, ni todas las personas que la padecen son peligrosas, pero es fundamental concienciar a familiares y amigos que esta persona debe de tener un seguimiento en su medicación, y que es una enfermedad para toda su vida, porque en multitud de ocasiones el problema radica cuando el enfermo no tiene el seguimiento adecuado y deja la medicación, o bien se abusa de un consumo excesivo de alcohol o drogas, aumentando los síntomas de la enfermedad y pudiendo convertirse en un peligro para su entorno.

Las enfermedades mentales son, desgraciadamente, cada vez más habituales en nuestra sociedad, y cuando toca en tu entorno cercano se vuelven especialmente duras. Cuando se presentan casos en el ámbito policial de enfermos mentales, nos encontramos con familias desesperadas por la situación que se produce, y es complicado mediar entre personas que no son capaces de razonar, porque su enfermedad le lleva a tener una distorsión de la realidad que hace que muestren su cara más violenta, y sus familias, que ven con dolor como su hijo, hermano o amigo han pasado a ser personas muy diferentes a las que conocieron, debiendo en muchas ocasiones usar la fuerza para que consigan ser tratados por el personal médico.

Son situaciones desagradables que, por desgracia, son más habituales de lo que se quisiera. Debemos concienciarnos todos que un esquizofrénico es un enfermo, que no un loco, que debe de diagnosticarse correctamente y que tenemos que ayudarle para que siga todas las indicaciones médicas, para de esa forma evitar las situaciones de agresividad o descontrol que seguro se presentarán en caso de no consumir su medicación o de tener una vida con excesos.