25/11/2017

Artículo de: Alfonso Soler

Espaa y ol

 Hace unos días me dio un ataque de patriotismo. Fue durante el concierto que Vicente Amigo ofreció en el teatro Romea de Murcia. Mientras acariciaba las cuerdas de la guitarra con sus dedos me dio por pensar qué gran país tenemos. Es lo que tiene el flamenco: no hay música que pueda compararse en pureza, belleza y arte. Me dio por pensar qué piensan los guiris de nosotros cuando vienen a visitarnos. En ese momento di gracias por ser español y que no podía ser más feliz. Así que pensé en los turistas y en su visión de lo español. Al día siguiente, compartí mi éxtasis del día anterior con un amigo amante del flamenco y me enseñó un concierto en Alemania de, entre otros, Paco de Lucia a la guitarra y Farruco al baile. Mientras el bailaor taconeaba, los alemanes aplaudían como si fuera el concierto de año nuevo y sonara la Marcha Radetzky. Miraban al escenario ojipláticos y sonriendo como el niño que desenvuelve los regalos navideños. O como el que es testigo de un milagro. Aplaudir sin parar en un concierto flamenco es tan anormal como hacerlo en una sala de cine. Pero oiga, los alemanes comen salchichas.  

Pongámonos en situación: soy inglés, apenas veo el sol, mi dieta está basada en fritangas de mierda y, vaaaale, vi en directo a los Beatles. Pero vivo en un país lluvioso, húmedo y gris, y a media tarde un imaginario toque de queda deja las calles vacías, salvo que vivas en Londres y seas joven o turista. Lo más emocionante que te pasará en lo que queda de día es mojar unas pastitas en una taza de té caliente. Cambie inglés por alemán y el té por salchichas y la situación sigue siendo desoladora. Un viejo amigo mío dice que Dios señaló al azar Águilas (y por extensión España) en la creación del Mundo para catalogarlo como El Paraíso. Cada día creo más en su teoría. “Y en Alemania con las estufas desde hace tres meses”, me argumenta.

Bien, ahora Mr y Mrs Robinson vienen a Murcia, por poner un ejemplo, y hacen mi ruta de ese día: tapeo en una terraza al sol, tardeo en otra terraza, unas cervecitas previas a un concierto flamenco y unos vinos con jamón para cerrar la jornada nacional. Flamenco, vino y jamón. Noviembre y sol. Normal que les explote la cabeza: no se puede asimilar tanta felicidad en tan poco tiempo. He visto en Córdoba a japoneses (ellos siempre tan prudentes para todo) mojar pan en aceite con una incontinencia que rozaba lo porno. De suecos hipnotizados en la plaza San Nicolás de Granada escuchando a cuatro gitanos tocando las palmas. He sido testigo de muchos milagros, de caras de incredulidad, de orgasmos transatlánticos. Mucha gente se avergüenza de que nos conozcan afuera por el sol, el jamón, el vino y el flamenco pero yo no necesito más para ser feliz.

Y que conste en acta que no soy patriota de bandera, tampoco de himno. Me avergüenza el Estado en el que vivo, que permite que un presidente siga gobernando pese a aparecer “indiciariamente” en la contabilidad B de su partido. Miramos para otro lado cuando los Pujol robaron el 3% durante décadas, cuando el PSOE ha construido un cortijo a base de favores y dinero público en Andalucía, y cuando hemos pagado con nuestro dinero las fiestas a muchos políticos del PP en Madrid y Valencia. El sistema está infectado de corrupción, los servicios públicos acaban en manos privadas y la Educación salta de ley en ley hasta asomarse en el abismo del despropósito. Nuestros deportistas tributan fuera de España mientras lloran lagrimones cada vez que suena el himno nacional en su honor. En los Consejos de Administración de las eléctricas se sientan ex presidentes del gobierno mientras estas empresas nos crujen un recibo sí y otro también. Si alguien es imputado, jamás dimitirá. Y si va a la cárcel iremos a vitorearle como a la Virgen. No somos un ejemplo de sociedad organizada y ejemplar como las del norte de Europa pero como país somos la hostia.

Somos un país raro, peculiar. Somos la España de Berlanga, la del Procés y la de las calles franquistas. Pero también somos la del marisco gallego, la de la mezquita de Córdoba, la de Paco de Lucia, la de la Sagrada Familia o la de la dieta mediterránea. Somos como una colla de amigos que se quieren sin tener nada en común. Y esa diversidad es la que marca la diferencia con el resto: tenemos las mejores y más diversas culturas, gastronomías, historia, arquitecturas, paisajes, costumbres y lenguas.  Así que descuelgue la bandera de su balcón y empiece a presumir y disfrutar de su país. Eso sí que es patriotismo.