17/03/2018

Artículo de: Alfonso Soler

No soy como ellos

Muchos no lo sabrán pero hace tres años entró en vigor en España lo más parecido a la cadena perpetua, con el nombre de prisión permanente revisable, 90 años después de la última vez que apareció en nuestro Código Penal. Lo digo porque buceando estos días por las redes sociales parece que vivimos en un estado anárquico, sin ley y parece que tampoco orden. La nueva ley se introdujo en la última reforma del Código Penal y enseguida el gobierno estuvo solo para defenderla. Todos los partidos, incluido Ciudadanos que por aquel entonces argumentó que vulneraba varios artículos de la Constitución, así como más de 200 jueces y fiscales, pidieron la derogación de la ley. ¿Qué ha cambiado desde entonces? El pequeño Gabriel tiene la respuesta.

En estos 90 años desde la desaparición de la cadena perpetua de nuestro ordenamiento jurídico nuestro país ha evolucionado de lo lindo. Es cierto que ha sufrido una dictadura (periodo en el que un preso podía serlo indefinidamente o incluso ser ejecutado) pero aun así han sido unas décadas dominadas por la prosperidad, especialmente con la llegada de la democracia. Hasta entonces, sobre todo en la década de posguerra, media España se moría de hambre. Ya no, somos una sociedad moderna (no somos Dinamarca pero tampoco Marruecos), gozamos de una Seguridad Social gratuita y universal, así como una sólida Educación Pública. La mujer no sólo puede votar si no que se acerca a la igualdad con el hombre día a día. Gozamos de libertades como nunca antes. Vivimos en un país seguro, solidario y amistoso. Hemos progresado tanto que hasta ganamos un Mundial de fútbol y ya no somos un país acomplejado. Sin embargo, queremos volver a instaurar la cadena perpetua cuando vivimos más seguros que nunca.

Para mí, esta involución como seres en constante evolución parte de la prensa y de la clase política, compañeros de viaje y de cama, según convenga. Los casos como el del pequeño Gabriel nos horrorizan porque no estamos acostumbrados, no son propios en un país tranquilo. Sin embargo, los informativos y los periódicos dedican cada vez más espacio a los sucesos. A la prensa, como a Robert Duval, le encanta el olor del Napalm por la mañana y no duda en exprimir una noticia hasta conseguir un impacto tan brutal en la gente que ésta acaba embrutecida. Antes las noticias removían conciencias, ahora vísceras. Crean una alarma social innecesaria y provocan en nosotros un efecto animalesco que desemboca en una riada de irracionalidad impropia de personas evolucionadas. Y aquí no sólo es responsable la prensa, también los políticos, que no les importa subirse a cualquier barco y virar de un lado a otro, según el viento que sople o cuál sea el Trending Topic de la semana. Si la gente pide sangre, démosle sangre. A este aquelarre tampoco ayudan personas influyentes como Lucia Etxebarria, que culpaba al padre por calzonazos. Somos de lo que no hay, desde luego.

Bien, como decía, en estos 90 años sin cadena perpetua en España ha habido progresos. Pese a todo, el Código Penal español es de lo más duros de nuestro entorno y sin embargo nos parece poca cosa las condenas que les caen a ciertos individuos cuyos actos nos hacen sacar nuestra rabia interior más visceral. No les culpo porque la venganza es una reacción muy humana pero el objetivo de la pena de cárcel jamás debe estar basada en el ojo por ojo porque a diferencia de ellos, nosotros somos personas de bien. Hay que recordar que por muy dura que sea el castigo jamás habrá una reparación del daño causado. Tampoco cabe matarlos porque nos pondríamos a su misma altura. No estamos en la Edad Media donde si te llevaban preso estabas bien jodido: ahora todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y no al revés. Por esto vivimos en una sociedad moderna y no por tener un Iphone en el bolsillo. Hasta el más hijo puta merece un juicio justo y una defensa, por muchas ganas que tengas de inflarle a hostias.

Las condenas buscan también como fin último la reinserción del reo y es aquí donde está la clave del asunto. ¿Cómo demonios sabemos que un asesino y un violador están arrepentidos de sus actos y pueden salir a la calle sin ser una amenaza para los ciudadanos? En mi opinión, es imposible saberlo. Por muchos exámenes médicos, nadie puede garantizar que su salida de la cárcel no represente un peligro social. Por eso, soy partidario de, manteniendo las normas que rigen nuestro ordenamiento jurídico, privar de ciertas libertades a este tipo de presos y que cumplan el máximo de su condena, sin paliativos.

Y una cosa les digo a quienes claman (¿más?) justicia: las cuentas salen. Si ponemos en una balanza chuparse 40 años de cárcel y la cadena perpetua, cada una pesa lo suyo, prácticamente lo mismo. A efectos prácticos lo es: Ana Julia Quezada saldrá de la cárcel a los 83 años, si es que sale viva de allí. Aun suponiendo que salga diez años antes, y suponiendo que salga viva, su vida se ha acabado ya para ella. Se pudrirá en la cárcel, carecerá de libertad y será repudiada tanto dentro como fuera de la prisión. Eso, por no hablar de sus remordimientos, en el caso de que los tenga, que torturarán su día a día. Así que, repito, poca diferencia hay entre una larga condena y la prisión permanente. Sin embargo, no es lo mismo. Un Estado de Derecho no puede permitirse retrocesos históricos. Con el paso de los siglos, el número de asesinatos ha bajado en la misma proporción que la dureza de los castigos. Por eso, cada día somos menos primates y seres más razonables.

No podemos ser como ellos. No lo somos. La asesina del pequeño Gabriel pasará un infierno de vida por sus actos y no por los nuestros. Entre la cadena perpetua y una condena de 40 años no hay diferencia pero la hay y la delimita una delgada línea que separa una civilización moderna de la que no. Parece una simple diferencia estética, un acto de corrección política, un lápiz de ojos o la enésima chorrada ‘progre’. Puede que algunos lo vean así (y es posible que sea así) pero dar un paso atrás no nos hará avanzar como sociedad. En EEUU hay armas, hay cadena perpetua y hay pena de muerte y los índices de criminalidad no bajan. España es un país muy seguro, mucho más que Norteamérica.

Y acabo. El espectáculo dantesco ofrecido gratuitamente por la mayoría de medios de comunicación en el caso de Gabriel (lo de Telecinco y su programa Sálvame debería estudiarse como ejemplo a evitar para el progreso de la raza humana) y la instrumentalización de la clase política me hacen sospechar que el camino de despropósitos seguirá su curso y nos embrutecerán tanto que un día pediremos el garrote vil o la guillotina. Y saben una cosa, igual no estaría mal coger a José Bretón o a cualquiera de su calaña y ahorcarle en la plaza mayor del pueblo, ante la mirada de miles de asistentes y de millones de followers que siguen la ejecución en directo por Facebook, a ver si el público grita ‘gol’, si siente por fin justicia o si sufre una decepción bochornosa como ser humano.