21/04/2018

Artículo de: Alfonso Soler

Estoy tan contento que sera capaz de beberme una Cruzcampo

Invierno, qué asco te tengo. Con lo poco que me gustas y tuve que nacer en enero. He perdido la cuenta de las veces que he estado enfermo: cuando no era un virus, me atacaba una bacteria, y si no moqueaba, flojeaba del estómago. Pero ya está, ya pasó. Desde que te fuiste, llevo una semana irreconocible: me levanto con energía, el humor me dura todo el día, hago deporte a diario y concilio el sueño como una morsa. Hace unos meses levantarse a orinar de madrugada era una tortura digna de rusos comunistas. Aguantabas expulsar el chorro lo máximo posible para evitar la congelación como apurabas hasta la deshidratación si tenías sed. Todo por no poner los pies sobre el suelo. Ahora, bebes agua y meas con gusto, con el deseo de que amanezca ya, que no tienes tiempo que perder.

Estoy tan contento que sería capaz de beberme una Cruzcampo y disfrutar del trago. Porque los días ya son días y no los simulacros de invierno, que te levantas de la siesta y ya estás pensando en la cena. Son en esos días de frío y oscuridad en los que la vida carece de sentido. Ahora, todo encaja sin esfuerzo. Dos tardes de playa y la piel toma su color natural, ¡que estaba más pálido que Iniesta! Ya ha pasado lo peor pero que duro se hace. Son cinco meses insufribles. No me extraña que nuestros mayores tengan pavor cuando llega noviembre. Es que dan ganas de morirse y resucitar el mismo día que Cristo.

Me cuesta encontrar algún recuerdo bueno en invierno. Sí, aquella casa de campo con su chimenea, aquella Nochevieja de hace mil años… Nah! Todos mis grandes recuerdos los viví en manga corta. Quizás por eso me gusta tanto la Semana Santa, de la misma manera que hecho a temblar la noche de Halloween. El invierno es territorio abonado para el alzheimer. Por no recordar, soy incapaz de decirte qué comí en estos meses. ¿Qué comí? Ah sí, esas cremas calientes que el primer día te reconfortan como una manta y un sofá pero que te hacen llorar de pena varias semanas después. No me extraña que los críos las aborrezcan.

En invierno la vida no fluye, todo va más lento. Tu mente flota en el vacío y tu cuerpo camina con un ritmo trotón y cansino, si más quehaceres que pasar los días como puedas. Todo requiere un esfuerzo sobrehumano y genera un estado de pereza infinita. Por ejemplo, secuencia para hacer deporte: levántate del sofá, cámbiate de ropa, abrígate un poco, abre la puerta, despídete de la familia, sal a la calle, saluda al vecino, calienta, empieza a correr, sigue corriendo, y sigue corriendo, vuelve a casa, abre la puerta, bebe agua, quítate la ropa, abre el grifo de la ducha, regula el agua, etc, ponte el pijama, los calcetines, sécate el pelo, más etc. No merece la pena. Ahora aplica esta lógica a cualquier actividad. Definitivamente el invierno es un blues de Muddy Waters, al principio suena bien pero estás deseando que acabe ya.

Ahora no. Todo está bien. La misma música que escuchabas hace tres meses ahora suena mejor. Ahora te pones a los Rolling y ¡guau! Madrugas y no maldices. Te das una ducha y cantas. Bailas y te gustas. Bailas con ritmo cubano. Si es que la misma gente parece otra. Con los mismos jugadores, el Madrid era una banda de zombis en enero y ahora parecen invencibles. Y así, todo. Es la primavera, que todo lo cura. Vives en la euforia porque sabes que cuando lleguen las ocho de la tarde, mirarás hacia arriba y todavía quedará día por delante. Todavía queda vida por vivir. Que vas a la frutería y ya hay fruta, con lo que me gusta la fruta. Que el melón está dulce, la sandía ya no es corcho, el aguacate puede comerse en su punto y las fresas parecen terrones de azúcar rosa. Y espera que vienen torciendo la esquina los bercoques, los melocotones y los nísperos. No más cremas calientes hasta dentro de ocho meses.

Ya podemos comer otra vez por placer y vivir tan alegremente. Sin fingir. Y no es sólo cosa mía. Recuerda cómo ha sido tu invierno. Recuerda lo bueno y lo malo y ya verás cómo no estoy tan loco. Este año he sido capaz de percibir que todos odiamos el invierno. La gente languidecía por las calles como si la vida fuera simplemente una cuestión de supervivencia que carecía de motivación. Los rostros no engañan: debajo de esos abrigos nadie es feliz en invierno. Igual en el norte estarán acostumbrados pero nosotros necesitamos tostarnos al sol como cualquier mecanismo solar necesita de sus rayos para alimentarse.

La primavera, además, nos ayuda a relativizarlo todo. Que Cristina Cifuentes tiene un master de gratis; bueno, y quién no ha mentido en su curriculum. Que las dos reinas de España riñen en público; sí, como todas las familias. Que Facebook nos espía. Que los políticos se subirán más el sueldo que a los pensionistas. Que los alemanes dejan libre a Puigdemont. Pelillos a la mar, ¡que ha llegado la primavera! Que nadie te joda tu momento.

En definitiva, ésta es la estación de la esperanza, que las cosas mejorarán después de empeorar. Que el cambio es venidero y será hermoso. La primavera nos recuerda apreciar lo que nos hace feliz al notar su ausencia. Por eso, cuando llegue el verano y estemos en Mordor, cuando el ambiente sea irrespirable y me abrase, cuando chorree de sudor y las cucarachas se apoderen de las calles, prometo no quejarme.