16/06/2018

Artículo de: Alfonso Soler

Cerrado por Mundial

Empieza el Mundial de fútbol, acaba el curso político. Durante un mes, los focos y los micrófonos no estarán en los parlamentos, sino en los campos de hierba de Rusia. Ya solo sueño con la pelota y con el gol de Iniesta; o con el codazo de Tassoti a Luis Enrique, si tengo pesadillas, que tanto me hace hervir la sangre. Abro mi disco duro y ahí están los cuatro goles del Buitre a Dinamarca en México 86, quizás mi primer recuerdo de los Mundiales. También está en un lugar destacado de mi memoria aquel ‘hijos de puta’ que dedicó Maradona al norte de Italia en el 90 y que le pasó factura cuatro años más tarde cuando una enfermera norteamericana irrumpió en el terreno de juego para llevarse a Diego para siempre. Tengo grabado al detalle los álbumes de cromos y recuerdo que el del estadio Olímpico de Roma, el número 3, era el cromo más difícil de conseguir de aquel Mundial del 90 que repaso con los saltos de Schillachi o las lágrimas de Gascoine. Y si mi edad no me alcanza, las nuevas tecnologías ya se encargan de decirme que la Brasil del 70 fue la mejor y que el fútbol moderno lo inventaron los holandeses en el 74. Que Kempes se bailó un tango en el 78 después de que Argentina trincara a los brasileños una nueva final o que Alemania recuperó su orgullo patrio en el 54 y de paso catapultó a Adidas como una de sus marcas más famosas. Y sé gracias a Eduardo Galiano que los brasileños quedaron tallados en piedra con el Maracanazo del 58.

Pero antes de ponerme la bufanda necesito pedir perdón al nuevo presidente del gobierno, ese hombretón que ha sido diana de mis risas durante los últimos años. Pedro Sánchez me ha parecido siempre un bobo con aires de grandeza, un perdedor vestido de presidente, una molesta china en el zapato. Necesito disculparme antes de vestirme de corto porque si Iniesta hace lo que ha hecho Pedro Sánchez, le llamarían genio. Y eso es mucho decir si viene de un hombre que me parecía un eterno y abnegado fracasado. Me parecía Messi en los Mundiales: un quiero y no puedo.

Sánchez ha driblado más veces a la derrota que Maradona a los ingleses, en aquella tórrida tarde del 86 en el Azteca, donde hasta Víctor Hugo Morales se quedó sin palabras narrando el gol de los goles. Yo sólo tengo una: perdón. Espero también que el ahora presidente se ría de mí y de todos aquellos que nos burlamos de sus decisiones del pasado; que lo haga con astucia y sin ánimo de venganza como lo hizo el astro argentino con su mano de Dios a los ingleses, cuatro años después de las Malvinas. Sinceramente, Pedro Sánchez me parecía un pelele sin fuste, un cabezón sin futuro y ahora, repito, es hora de comerme mis palabras y callar mis burlas.

En un par de semanas, ha echado del gobierno al PP, acosado por la corrupción, de un cabezazo como hizo Zidane con Materrazzi; ha dejado en una mala posición a Ciudadanos, hace días tan favorito y ahora tan deprimido como el Brasil del 82. Y desde entonces no ha abierto la boca porque sus hechos hablan por sí solos: no presume de feminista, crea un gobierno con más del doble de mujeres que de hombres, todas ellas competentes, sin Leires Pajines; no habla de Catalunya, ya tiene a Borrell para eso; coloca de Interior a Grande-Marlaska, un juez gay, con tirón mediático, con un halo nigromántico y conservador que ya ha dicho que quitará las concertinas; sin abrir la boca, hace dimitir a Maxim Huerta el mismo día que se supo que no actuó con la ética necesaria para ser un ministro, y su sustituto ya ha dicho que quiere apoyar a la filosofía y a las humanidades en la Educación. Es, además, un gobierno de expertos en la materia, y en algunos casos, con los mejores en el puesto, como Pedro Duque, que ya ha dejado caer su deseo de eliminar el impuesto al sol.

Los actos de Sánchez son mensajes directos, goles por la escuadra, como hacerse cargo de más de 600 refugiados desahuciados por el Catenaccio de Italia. Son este tipo de decisiones las que hacen sentirte orgulloso de tu país, mucho más que el himno o la bandera. Hoy, el mundo cree que España es mejor país que Italia. El ambiente está más respirable en la política: hay menos ruido, menos follón y menos broncas en el discurso político. Menos patapum y más tiki-taka. Dicen que Sánchez estaba trabajando en su nuevo gobierno desde hace un año. Si eso es así de maquiavélico, no me quito el sombrero, me quito el cráneo.

Expiados mis pecados, hablemos de fútbol antes de irnos definitivamente a la playa y antes de que me arrepienta de mis disculpas. El fútbol ocupa un lugar importantísimo en la realidad de la gente, no hay que fustigarse. Decía Galeano que el fútbol es la única religión sin ateos. También decía que (sic) para los intelectuales de derecha, el fútbol no suele ser más que la prueba de que el pueblo piensa con los pies; y para los intelectuales de izquierda, el fútbol no suele ser más que el culpable de que el pueblo no piense. El futbolero y escritor uruguayo siempre reivindicó el fútbol como una de las más importantes expresiones de identidad cultural colectiva y concluía que, en definitiva, se juega como se es. Algo de cierto hay en eso.  Ves a Brasil y esperas artísticas gambetas. Con los alemanes no hay espacio para las florituras: en 1954 organizaron un Mundial que jugaron como locales y sin el más mínimo favoritismo. Llegaron a la final y remontaron un marcador adverso ante Hungría, la selección del momento. Alemania recuperó el ánimo y el orgullo tras la guerra perdida gracias al fútbol. La España democrática se modernizó y su fútbol también: ya no hay furia sino talento.

El fútbol es el lenguaje más universal de todos, que une en el mismo nivel a ricos y a pobres. No entiende de clases sociales ni de política, y sólo así se explica que el día de Navidad de 1914, el bando alemán y el inglés pararan la guerra para jugar un partido de fútbol. Esto decía uno de los protagonistas del bautizado como partido de Navidad: “Mi nombre es Tom Palmer y soy soldado escocés del Imperio Británico. Solo tengo una orden: matar alemanes. Y hoy, día de Navidad de 1914, he jugado al fútbol con ellos”.

Lo dicho. Durante un mes no estaré disponible. ¿El motivo? Cerrado por fútbol. Cerrado por Mundial. Suerte, España.