01/11/2016

Artículo de: Alfonso Soler

Presidente por agotamiento

En un capítulo de The Simpson, Homer se convierte en boxeador. Su táctica se apoyaba siempre en el mismo ritual: se subía al ring con la misma pasión que una piedra, sin levantar demasiadas expectativas entre el público y con el calzón subido hasta donde la barriga marca la frontera, se disponía a aguantar los mamporros de sus adversarios hasta agotarlos. Una vez llegado el momento, los tiraba a la lona con un escueto empujón como si fueran bolos. Rústico, simple pero eficaz. Uno siempre debe saber cuáles son sus habilidades pero todavía más útil resulta conocer tus limitaciones. Homer las sabía y Rajoy también. El gallego fue investido presidente por puro estoicismo y cansancio ajeno. Ha aguantado pacientemente un año hasta que este sábado las matemáticas, por fin, han claudicado. Rajoy es un político fajador que recuerda al jugador del Real Madrid Casemiro, un tipo algo burdo, torpón, abnegado en el esfuerzo, sin demasiado talento pero que conoce el oficio como nadie. Entre el impasible Homer y el optimista Casemiro está Rajoy, presidente de España.

La sesión de investidura estuvo bien como teatrillo. Los portavoces del resto de partidos subían al estrado con discursos amenazantes, dispuestos a desempeñar el papel de sus vidas, infravalorando lo que ha conseguido Rajoy, restandole méritos y dejando caer que es presidente por accidente. Y tienen razón si sólo se toma la parte que le corresponde como arquitecto político, donde Rajoy flojea. Pero obvian que es presidente también –y ahí está la pifia- por la ineptitud de aquellos que le estaban vilipendiando. Desde su butaca los miraba sin la más mínima pasión, con ese tic tan suyo de arquear la ceja mientras orbita uno de sus ojos y saca la lengua de paseo, aguantando el chaparrón de críticas que estaba recibiendo, como Homer, con la tranquilidad de quien se sabe, aunque en minoría, ganador del combate. Es curioso que la oposición, sin excepciones, desafiara al nuevo presidente con boicotearle la gobernabilidad a la mínima que no se cumplan con sus respectivas exigencias, cuando lo que de verdad es verdad, es que Rajoy podrá convocar nuevas elecciones a partir de primavera. Y la simple amenaza perfumaría el congreso como un campo recién abonado.

De todas formas, Rajoy pudo salir vivo. No puede quejarse. Se fue a su casa mucho más entero que el PSOE, que fue sometido a un ejercicio sádico del ala zurda parlamentaria. Iglesias olió la sangre y, con un tonito hasta paternal pero burlesco, empezó  asumir la portavocía de la oposición y a ganar los réditos que los socialistas van perdiendo a cada minuto que pasa. Eso, si, los votos que ganó en su bien enlazado discurso, en el que colocó al PSOE en la derecha, los perdió minutos después, cuando jaleó con aplausos de complicidad a los representantes de Bildu y de ERC, con especial énfasis a Rufián, elegido en las redes sociales como la estrella (auto)invitada al sainete. El portavoz de los independentistas catalanes entró en combustión y se deshizo en humillaciones al PSOE. Hernando no quiso ni mirar. Mal negocio para Iglesias si le da la mano a un tipo que no tiene nada que perder, porque cada vez se parece más a un socialista: a veces es socialdemócrata, a veces rojo, a veces inde.

Dicho esto, la investidura fue lo que fue y lo que se esperaba, y la única emoción era saber quién del PSOE incumpliría la disciplina de voto. En la votación faltó Pedro Sánchez, que dimitió por la mañana para ahorrarse un mal trago. Él, sin estar, fue la noticia. Habló de los motivos de su ausencia pero sobre todo, amenazó con volver para “recuperar el PSOE”.

Con Évole, un día después, se sinceró en un ejercicio más parecido a un desahogo que a otra cosa. Vino a decir que los que manejan la pasta, controlan la presa, que a su vez influye en el pueblo con sus mensajes, según convenga. Si lo digo yo sonaría a pataleta rabiosa pero dicho por quién lo dijo, casi que también. El PSOE ha convertido un titiritero en un mártir dispuesto a desafiar al sistema y a abrazar a Podemos si hiciera falta. Pues eso, Rajoy se hizo un Rajoy; y Sánchez, un Suárez.