24/11/2016

Artículo de: Alfonso Soler

Bailar sobre tu tumba

Mientras el cuerpo sin vida de Rita Barberá salía con los pies por delante del hotel donde se alojaba desde hace unos días, unos metros más allá, en Las Cortes, la clase política estudiaba cómo gestionar mediáticamente su muerte. Se veía venir el esperpento. Había que reaccionar sin apenas tiempo de asimilar la noticia, de maniobrar mediante la improvisación y de decir algo de una política que dos días antes empezaba a ventilar ante un juez sus responsabilidades sobre un caso de corrupción. Y aquí se dio un dicho muy español: cuando las cosas se hacen deprisa y corriendo, salen mal.

La ausencia de los diputados de Unidos Podemos en el minuto de silencio fue la mecha para que durante toda la mañana se sucedieran declaraciones vergonzosas para dirimir quién se llevaba el premio a la despedida más justa de Barberá. Los ausentes, con Pablo Iglesias como capitán general, justificaban su decisión alegando que aquello era lo más parecido a un homenaje a una política que estaba siendo juzgada por corrupción. En el otro bando se situó el resto, con el PP como ariete del mazo con el que atizaron a Unidos Podemos por su falta de sensibilidad.

A partir de ahí empezó una guerra dialéctica poco gratificante y lleno de minas, como un derbi sevillano. A Iglesias le daba más pena las víctimas de la pobreza energética que la muerte de la senadora valenciana, como el que mezcla la velocidad con el tocino. El PP se agarró directamente al tocino y, muy afligidos, recordaron la pedazo de política que fue, olvidándose que ellos mismos la enterraron políticamente hace unos meses. ¿Falta de sensibilidad o hipocresía con denominación de origen?

Sigo con el partido. Segunda parte. Unidos Podemos recordaba que con la muerte de Labordeta no hubo esa sensibilidad que ahora demandaban el resto de partidos políticos para con ellos. Entonces se denegó la cortesía por cuestiones reglamentarias. Y aquí volvemos al principio: participar en el minuto de silencio cuando el cuerpo de Rita Barberá todavía estaba caliente no es, en ningún caso, festejar su curriculum. Por otro lado, el PP se pasó de frenada y demostró por qué es el partido con más clichés nacionales: elevó a mito al muerto. De repente, en dos días, han pasado de no conocerla a divinizarla, un cambio de actitud muy macabro que solemos hacer los vivos con los muertos.

Vamos a la prórroga. Cuando el ambiente ya olía a tufo, las redes sociales es la mejor ciénaga para buscar la mierda más fresca. Allí, el ejército podemita volvió a tirar del cainismo más endémico de la izquierda al justificar la ausencia en el minuto de silencio por una cuestión de coherencia: si no soportamos a esta tipa en vida, por qué disimularlo en la muerte. Dar el pésame o no darlo no depende de ser coherente con tus ideas, sino con la empatía, el respeto y la elegancia que tienes ante la reciente muerte de tu adversario político, con sus amigos y con su familia. Y aquí me quedo con el gesto de Compromís, el azote de Barberá en Valencia, que gestionó el post mortem de la exalcaldesa desde la humanidad y no desde la coherencia política.

El contraataque delirante del PP estuvo a la altura. Aznar, ahora don José María, y otras voces menos célebres dentro del partido hilaron demasiado fino para explicar la muerte de Barberá: murió de pena porque el partido que ella misma fundó la dejó tirada. Toma ya. Como si los casos de corrupción del Ayuntamiento de Valencia fuera un invento marxista de la izquierda y de la justicia para empujarla al precipicio de la vida. Si Rita Barberá pisó el juzgado fue por méritos propios y, por lo tanto, el PP actuó en consecuencia.

El empate había que deshacerlo y en mitad de este fútbol sevillano de patadas a la altura de la tibia, a mí me pareció que quien puso más cordura fue Gabriel Rufián, como si el desenlace de este guirigay tuviera la rúbrica de Luis García Berlanga, paisano de Rita. Contra todo pronóstico, el portavoz de Esquerra, junto con el resto de los diputados de su partido, permaneció en el hemiciclo durante el minuto de silencio. Confieso que me encanta esa ironía de presenciar a los independentistas catalanes poniendo ‘seny’ en casa del enemigo político e ideológico con la misma lógica de ver a los pájaros disparando a las escopetas en un campo de tiro. Ni desplantes ni halagos: “lo que teníamos que decirle a Rita Barberá ya se lo dijimos en vida”. Así debió ser.