14/12/2016

Artículo de: Alfonso Soler

Hasta la Victorias Secret, comandante

Todo lo que sé de la revolución cubana es a través de El Padrino II. Habré visionado la película las mismas millones de veces que la primera parte y según mi estado de ánimo, me decanto por una u otra. Así que mi visión sobre lo que supuso la figura de Fidel y su revolución popular está sesgada y apasionadamente influenciada por mi película favorita. Dicho queda.

La secuela de Coppola se centra en el fin del gobierno de Fulgencio Batista y el triunfo de Fidel. Ajeno a los conflictos que se suceden en las calles, Michael Corleone y el resto de familias mafiosas norteamericanas negocian en La Habana cómo repartirse el negocio de casinos y putas de la capital cubana con el apoyo del gobierno isleño. En una reunión entre el propio Batista y las familias mafiosas, el líder cubano tranquiliza a los asistentes prometiéndoles que los rebeldes serán expulsados del país y, por lo tanto, sus negocios están a salvo.

Las palabras de Batista no tranquilizan a Michael Corleone, que mantiene una conversación privada con su colega y enemigo Hyman Roth, quien intenta convencerle en vano. “Hemos conseguido cosas maravillosas en La Habana y no tiene límite lo que conseguiremos aún. El actual gobierno sabe cómo estimular la industria y los hoteles aquí son mayores y más lujosos que se montan actualmente en Las Vegas y se lo agradecemos al gobierno cubano que ha puesto la mitad de la inversión. Tenemos ahora lo que siempre hemos soñado: una coparticipación del gobierno. Aquí se nos protege, nos podemos aprovechar sin el FBI”.

Durante la Nochevieja de 1958, Corleone asiste a una fiesta de la alta burguesía cubana donde se celebra el nuevo año. Batista interrumpe en el brindis para anunciar que se las pira, que la revolución ha ganado y que lo mejor que pueden hacer el resto es salir echando hostias. Mientras la clase alta cubana y los mafiosos yanquis intentan huir del país, en las calles la gente celebra el triunfo de la revolución al grito de “Viva Fidel”.

Ésa es la imagen que siempre he tenido de Cuba antes de Fidel Castro, el puticlub de los norteamericanos, una bonita isla para jugar a la ruleta, beber champan y follar con quien se tercie. Lo que pasó luego ya lo saben: el nuevo gobierno revolucionario expropió las empresas norteamericanas y, como respuesta, el gobierno yanqui anunció un bloqueo comercial que incluía alimentos y medicinas. Y aquí me pongo en situación, en ese periodo histórico que empieza cuando tu vecino, que casualmente es el país más poderoso del mundo, te arrincona en tu isla caribeña y te asila económicamente del mundo.

Conscientemente o no, Fidel llevó a su país a la guerra contra el peor enemigo posible, que le puso en el bando hostil de la Guerra Fría, que dividía el mundo en dos: los que optaron por un sistema capitalista y los que no. Con las fronteras infranqueables, Cuba logró tener un sistema de Sanidad Pública envidiable y una Educación Pública gratuita, todo ello sin el apoyo internacional. De ahí que en las décadas posteriores, Cuba fuera el espejo donde se miraban los países sudamericanos, que querían quitarse el collar norteamericano y tomar sus propias decisiones.

El caso es que a inicios de los 60 los cubanos debían decidir si alienarse a la causa del régimen (con la cabeza alta pero con el bolsillo vació)  o convertirse en disidentes y prosperar en otras circunstancias más favorables. Más de medio siglo después, el dilema se ha actualizado y Cuba debe decidir su próximo eslogan. Hasta la victoria siempre o Hasta la Victoria´s Secret.