05/07/2016

La nuevieja política

Podemos tuvo dos errores de cálculo que desembocaron en unos resultados inesperados. Dieron por contados el millón de votos trasvasados de Izquierda Unida, algo que no sucedió porque, fundamentalmente, los verdes son gente de fuertes e inquebrantables principios, dicho con toda la ironía del mundo. Con ese millón, IU hubiera tocado gobierno por primera vez en su historia pero empiezo a sospechar que son gente que prefiere encabezar una manifestación izando una bandera roja a tomar decisiones en un despacho. Se sienten cómodos en la oposición, reivindicando los derechos de todos y exigiendo responsabilidades a otros tantos, siempre a la contra. Es su hábitat natural, su zona de confort, y no repararon en que si todos hubieran apoyado la candidatura de Unidos Podemos, ahora habría un gobierno de izquierdas con ellos incluidos. En esas cuentas de la lechera también erraron las encuestas, que no previeron la puñalada trapera. Le pidieron a IU que jugara al tikitaka del Barça cuando su estilo está abrazado al cholismo.

Una vez sumados los votos de la izquierda, Iglesias fue a por los votos socialistas, y ahí tuvo su segundo tropezón. Se abrazó a la socialdemocracia contándose la coleta para parecerse a Willy Brandt o a Mitterand. Los votantes socialistas lo interpretaron como un farol y a los comunistas no les hizo gracia la comparación. Así que perdió votos por un lado y no los consiguió por el otro. No movilizó a ninguna persona más de las que ya tenía.

Si Podemos se equivocó de aliados, Ciudadanos falló en el rival. Rivera se empecinó en atacar a Podemos desde el no debate a cuatro hasta el último día de campaña. Hizo de guardaespaldas del PP, que no vio necesario mancillarse con ataques a Iglesias. Ciudadanos no reparó en que su rival electoral, no ideológico, era Rajoy y que por ahí se le iban a escapar un buen puñado de votos. Pero en ambos casos, podemos justiciar sus errores a la inexperiencia política.

Lo que va a ser difícil de reparar es la fatal pérdida de virginidad de las dos nuevas formaciones, que irrumpieron en el mapa político con frescura y ese aire juvenil que necesitaba este país. En sus inicios, Rivera e Iglesias se respetaban y deseaban suerte. Si fueran una música, serían el Smells Like Teen Spirit de Nirvana. Mi generación se debatía felizmente entre uno y otro, casi sin importar a quién votaría finalmente. A fin y al cabo, ambos representaban muchas cosas iguales: eran jóvenes y atractivos, bien formados, sin mochilas que cargar, con un discurso bien trabado y con ganas de limpiar la era de bojalaga. Te fiabas tanto de ellos que podías confiarles la crianza de tus hijos una noche como improvisados canguros. Representaban la esperanza de un país que necesitaba nuevas caras y nuevos discursos.

Aquello se acabó por el camino. El Cambio fue un eslogan, una promesa de boquilla. Sólo basta comparar los dos duelos que organizó Évole entre Rivera e Iglesias para saber que la relación ha acabado como esas exparejas que se odian tanto como se quisieron. Aunque ideológicamente son diferentes, la gran parte de mi generación confiaba en ellos, y confiaba en que un día, llegado el momento, pactaran por un gobierno de cambio porque en sus inicios, como decía, compartían lo más importante: una nueva manera de hacer política.

Después del 20D llegó ese momento. Lo tuvieron a huevo. Ambos pudieron favorecer un gobierno de Pedro Sánchez a cambio de unas cuantas cositas que tuvieran que ver con el empleo, los impuestos, las pensiones, la corrupción, la Educación o la Sanidad, y lo más importante, una reforma de la ley electoral, donde cada voto valiera lo mismo. Con ésta última medida se asegurarían una permanencia prolongada en el tablero político, siendo decisivos en las decisiones importantes de este país en los próximos años. No lo hicieron y ni siquiera contemplaron la posibilidad de intentarlo. Mientras Ciudadanos viajaba a Venezuela a echarse fotos con los líderes opositores a Maduro, Podemos estaba obsesionado en un futuro sorpasso.

Ahora, seis meses después, y con todos debilitados por las nuevas elecciones, parece rocambolesco un gobierno a tres, al menos, con los actuales líderes. Lo más sensato es dejar gobernar a Partido Popular aunque sea por no volver a molestar a los españoles con unas nuevas elecciones. Y quizás, si Rivera e Iglesias son incapaces de sentarse en una mesa sin que haya una televisión de por medio, sus dos partidos deberían pensar en ellos como el problema, no como la solución. Si no, se habrán convertido en lo que ellos siempre han renegado.