13/10/2018

Pasándose con el Pasado

El Jueves Santo de 2007 –fecha lorquina por excelencia– me instalé por razones de trabajo en la Ciudad del Sol, un par de días más tarde conocí y me enamoré de Águilas gracias a mi buen amigo, recientemente fallecido, José Antonio Dorado, y el 11 de julio de 2018, once años y varios meses más tarde, me marché de estas tierras con mis hijos de vuelta a mi pueblo, Sant Joan d'Alacant.

Llegué a esta comarca por trabajo, trabajé, me quedé sin trabajo y me volví a mi tierra también por razones de trabajo. Así es la vida, y así nos la buscamos todos como podemos mientras tenemos la suerte de poder disfrutar de ella.

Sant Joan d'Alacant, San Juan de Alicante, es un pueblo de 23.000 habitantes, a 7 kilómetros de Alicante, conocido en toda España por una playa que sin embargo no nos pertenece –la mitad es de la ciudad de Alicante y la otra mitad del municipio de El Campello–, y que cuenta a cambio con la mitad del santuario de la Santa Faz, que sin embargo nadie sabe que es nuestro al cincuenta por ciento. Se ve que los sanjuaneros, els santjoaners, siempre hemos sido muy amigos de compartir, o quizás es que no hemos sabido exigir las cosas en voz muy alta. Hay una iglesia preciosa, una carretera que nos parte por la mitad y una autovía que nos habría partido en pedazos si nuestros mayores no se hubieran movilizado en los años 80 para exigir que la soterrasen. Cuando salís de la Región de Murcia en dirección a Valencia, cuando os metéis en el primer túnel pasado Alicante estáis rodeando Sant Joan por debajo. En mis tiempos en vez de túnel había una acequia en la que metíamos los pies cuando pasaba la dula, y en la que nos emporcábamos de barro los otros 360 días del año.

En Sant Joan hay tres colegios, en dos de ellos cursé yo la EGB aunque no simultáneamente, y en uno de ellos, el que está al lado de la antigua acequia y por tanto ahora está pegado al túnel, he logrado matricular a mis hijos. Como dice mi amigo Paco, el Peirao, hay que ver las vueltas que da la vida...

He vivido los once últimos años en la comarca del Guadalentín, pero antes de eso hubo otros once que pasé en diferentes ciudades de España, casi siempre ejerciendo como periodista: en 1997 me fui a Madrid a la aventura, posteriormente viví en Barcelona, de allí me desplacé a Llíria, que está a tres cuartos de hora de atasco de Valencia, luego anduve por Elche... Lo que quiero decir es que este verano me he instalado en mi patria chica después de una veintena de años apareciendo por aquí únicamente en la romería de la Santa Faz (siempre me llovía), en las fiestas del Cristo (siempre me llovía) o en las vacaciones de verano (y sin pisar la playa, lo que tiene cierto mérito). Me he reencontrado con vecinos, amigos y conocidos, aunque algunos de ellos –don Carmelo el cura, don Guillermo el maestro, el alcalde Mundo Seva– ahora están entre nosotros no en cuerpo sino en alma, dándole nombre a las calles o a los parques, fruto del inapelable paso del Tiempo...

En estos veinte años de exilio han desaparecido nombres que nada os dirán a vosotros, mis queridos amigos aguileños, pero que para mí fueron mucho, así como a mis paisanos no les dirán nada las cenas con Paco Albarracín, Jaime Zaragoza, Agustín Marín o Juan Antonio Cánovas en la Taberna Mediática, los paseos bajo el Ícaro, los cafés con Sabina en El Rincón de los Casucos –territorio casuco donde los haya, así como el centro es chusquero– y las murgas carnavalencas dándole caña a los lorquinos. El matón que me perseguía por los pasillos del colegio ahora charla conmigo mientras me llena el depósito del coche; la seño que me castigaba sin recreo un día sí y el otro también les dice a mis hijos lo bueno que era su papá a los 7 años; mi profe de kárate, Andrés, sigue dando clase de kárate junto a su hijo, que también se llama Andrés; el Sargento Negro, el patrullero más terrorífico de toda la Policía Local, camina pausadamente con un andador; Manolo el de la Pensión acaba de vender la pensión y para estar con mi amigo Vicente Botones tengo que andar un kilómetro y medio hasta la playa de San Juan, que no pertenece a San Juan, meter los pies en el agua y emocionarme sabiendo que sin duda estoy acariciando algo de su esencia.

Pero eso sí: algunas cosas no cambian. Rafa Muñoz, después de treinta años sin vernos, me llama empollón cuando se cruza conmigo, me mete a la fuerza en el coche y me lleva al Club de Regatas a invitarme a una cerveza mientras vemos cómo atracan los yates. Julio, mi peluquero, pone guapo a mi hijo tras haber fracasado conmigo; Carlos sigue siendo el conserje del colegio –¡ríase usted de Jordi Hurtado!–; la Casa del Conde –mi Casa Marsten particular– sigue dando miedo cuando contemplas sus ventanas vacías desde el extremo del patio; y en las aulas de Primaria vuelve a haber un Antonio Beltrán con sus gafitas y todo, aunque por suerte éste sin tanta cara de empollón.

El otro día mi hija Claudia hizo acopio de piedras del patio y las lanzó contra unas ventanas para despedirse delicadamente de su profesora... y yo la tuve que reñir mientras recordaba la vez en que Óscar y yo llenamos la clase entera de piedras del patio que habíamos arrojado por esas mismas ventanas. Sólo falta que el hijo de Rafa, que también se llama Rafa, se vaya a la parte vieja del cementerio a llenar bolsas con huesos para las clases de Ciencias Naturales, o que el hijo de Moya arranque de cuajo una persiana jugando a Tarzán, aunque si Moya ha tenido hijos es que el mundo se ha salido para siempre de su eje.

Pero volver a tus lugares, después de once más once años de ausencia, supone reencontrarte con lo que fuiste para bien y para mal. Y como muestra lo que me pasó la semana pasada: una vaharada de aire acre que me llegó a través de algo, las redes sociales, que eran inimaginables en los tiempos en que Óscar, Rafa, Moya, Armando, yo mismo y el resto de neandertales nos tirábamos piedras del patio, nos colgábamos de los algarrobos como si fueran persianas o nos empujábamos de cabeza a la acequia.

Vi el nombre de la chica en Facebook a través de unos amigos reencontrados, y como tenía un buen recuerdo de ella, de los tiempos del colegio, le pedí amistad, que me concedió. Cruzamos un par de comentarios, pero la cosa no dio para más, y como considero el face mi territorio privado –el lugar en el que comparto mis reflexiones más profundas, cuelgo fotos de mis hijos y hago el ganso–, después de un par de meses la borré de mi lista de amistades. Adiós, compañera; nos vemos en Instagram, o en las calles.

Dos días después aquella chica me mandó un mensaje privado diciéndome por qué la había borrado de la lista. Le pedí disculpas, apelé a las nuevas tecnologías, a mi propia torpeza al apretar teclas, y volví a incorporarla al pequeño grupo de contactos con cierta resignación, aunque agradecido en el fondo por el interés. Y entonces, amigos, entonces el Pasado trató de caer sobre mí como una losa.

Después de hablar brevemente sobre nuestros hijos, a qué cole va el tuyo, qué tardes lo llevas al polideportivo, aquella antigua niña, hoy una mujer de 47 años, me recordó entre emoticones de sonrisa que yo a los 13 años le había escrito una grosería en una tarjetita de Navidad. Respondí a su emoticono con otro aún más sonriente, diciendo que hay que ver cómo estaban las cabecicas, y entonces ella, sin dejar de aderezarlo todo con caretos amarillos partiéndose la caja, se afiló las uñas y me mandó una foto que acababa de sacar con el móvil. Una esquina de una tarjeta de Navidad en la que, con una letra que sin duda es la mía, y que no se ha desvaído a pesar del tiempo transcurrido, se lee una verdadera grosería: «***, si te paras en una esquina te dan dinero». A aquella niña la había llamado puta cuando teníamos 13 años y estudiábamos 7º de EGB, en 1985.

Al ver aquel comentario, aquel topetazo inesperado con un pasado que no recordaba, se me cayó la cara de vergüenza. Le pedí disculpas, lamentando lo maleducado que había sido en su día y preguntándome a mí mismo por qué le habría escrito una cosa tan desagradable a una niña que siempre me había caído bien, hasta el punto de querer vincularla a mi vida, a través del Facebook, treinta y tres años y toda una vida después.

Me disculpé, como dije, pensando que en el fondo agua pasada no mueve molino de acequia, pero entonces ella me mandó otro emoticono con una sonrisa aún más apocalíptica, y en vez de aceptar mis disculpas añadió: «Me alegra saber que te he sacado los colores. Fue algo que en su momento me dolió, y sabía que algún día, en la edad adulta, te lo recordaría». Y, desde luego, allí estaba aquella tarjeta de Navidad, bien al alcance de su mano, dispuesta a golpear como un boomerang aunque hubieran pasado treinta y tres años.

¿Era rencor acumulado durante treinta y tres años? ¿O una sencilla necesidad de poner los puntos sobre las íes, puntos en tinta roja fresca sobre unas letras infantiles y desvaídas?

Volverte a vivir al pueblo tiene sin duda sus luces y sus sombras. Una cara de la moneda son Rafa invitándote a una caña después de treinta años, Diana asesorándote con la matrícula de los niños, Víctor aconsejándote una buena casa en Sant Joan, Bea compartiendo fotos de amaneceres desde su nueva casa –¡de Águilas!–, don Pedro dándome lecciones cuando me dejo alguna tilde por poner. Si estos hombres y mujeres hechos y derechos te admiten de nuevo en su mundo es porque vienes avalado por el niño que fuiste en los años 80; así que hay que asumir la otra cara de la moneda: una desconocida que te pide que te acerques para ponerte delante de los morros el papel que le manchaste hace más de treinta años. Volver al pueblo también consiste en esto.

A veces la pluma hiere, y a veces herimos y luego nos desentendemos, dejando que pasen los años de once en once mientras en algún lugar una persona está esperando volver a toparse contigo para aliviarse un poco alguna herida. Lo siento en el alma, querida niña de 1985. Y aún lo siento más, desconocida mujer que en 2018 has sentido la necesidad de coger el agravio antiguo y restregármelo por los morros, sin darte cuenta de que estabas tratando de llegar a un empate con una persona que ya no existe.

 

Antonio Marcelo Beltrán.