17/11/2018

El Carnaval, los niños y el futuro

Es hablar del Carnaval y cruje el cielo de Águilas como si ofendiéramos a los dioses. Empieza a parecerse a un tango: hoy un juramento y mañana una traición. O a un potaje donde se mezclan críticas y homenajes. Es posible que sea el tema local más sensible y en este berenjenal voy a adentrarme, sin la más mínima intención de ofender a nadie. No soy peñista ni tengo conflicto de intereses, así que mi opinión es totalmente desapasionada.

Vengo hasta aquí porque las redes arden después de que la Federación de Peñas proponga separar los actos adultos e infantiles, en concreto, en la gala del Cambio de Poderes y en los desfiles. En ambos casos, la causa es aligerar ambos eventos. Esto ha provocado una ola de indignación en el universo carnavalero, especialmente entre los padres peñistas, que ven en esta norma un agravio a los niños y pronostican el principio del fin del carnaval. No creo que sea para tanto, (también auguraban cataclismos apocalípticos con el traslado de lugar del mercado semanal y el cambio fue a mejor) pero modificar hábitos en las tradiciones populares siempre provoca un inevitable rechazo previo. Seguramente urge ya un profundo y honesto debate entre las partes implicadas para definir cómo queremos que sea nuestro carnaval.

Como decía, la Federación de Peñas ha propuesto apartar a los niños de los guisos principales y aquí ha cometido el primer error: medir con el mismo rasero una gala con los desfiles. La gala es una fiesta privada, dirigida principalmente para peñistas y para aguileños. No es un acto que promocione la fiesta grande. No rinde cuentas con nadie que no sea parte implicada.  Es una función emocional, sentida por los protagonistas y dirigida a un público familiar. Nada tiene que ver con el turismo, por lo tanto carece de un carácter profesional. Y yo que he asistido a muchas, he de decir que hay galas en los que la puesta de largo de los personajes infantiles supera a la adulta. Recuerdo, por poner un ejemplo conocido por muchos, a Pedro Vera niño interpretar al don carnal más gracioso que jamás haya visto. Si la gala va dirigida únicamente para el público asistente, y éste quiere dos tazas de sopa, dónde está el problema.

Otra cosa son los desfiles, especialmente el del domingo, retransmitido en directo por televisión, por redes sociales y webs acreditadas, y con un público especialmente foráneo. El desfile del domingo es la principal marca del carnaval de Águilas y de él depende la imagen que proyecta Águilas de sus fiestas y, en general, de su capacidad para organizar un evento de estas características. El espectador es distinto al de la gala del Cambio de Poderes. Exige una buena función y no perdona. Y, muchas veces, el desfile peca de soberbia. Su excesiva duración y la hora de comienzo provocan que el público termine agotado de cansancio y congelado en su asiento. Los tradicionales cortes entre peñas son un mal endémico a solucionar pero el debate de hoy se centra en los niños. La verdad, son monísimos pero cuando sale la primera peña adulta, el espectador ya ha empezado a tiritar. Unos hablan de que organizar un mini desfile infantil a mediodía e incorporar a los jóvenes dentro de la peña adulta sería lo más viable. Otros no quieren renunciar a compartir un momento especial con sus niños. Pero una cosa está clara: un desfile en invierno no puede durar lo que dura el de Águilas. No nos deja en buen lugar.

El problema, como dije, se enquista desde el momento en el que las partes no son sinceras entre ellas. Porque el conflicto parece distinto en función desde en qué atalaya lo vean los implicados: peñistas, espectador y organización tienen un punto de vista distinto y aquí, en la falta de consenso, es donde se infecta la herida. Un peñista cree que el carnaval principalmente es por y para ellos, que son los que se gastan la pasta, invierten horas de su tiempo en confeccionar los trajes, asumen el cansancio y las inclemencias del tiempo con una sonrisa y, en definitiva, son los actores principales de la obra. El espectador paga su entrada, compra palomitas y espera recibir a cambio una función que le entretenga acorde a las expectativas creadas. En este sentido, el peñista debe entender que sin “su” público, no hay función. Y el público es exigente. Si el desfile se hace eterno, monótono y previsible, al final huye, no vuelve y habla mal del espectáculo. Y ese es el miedo de los productores del tinglado, tanto la Federación de Peñas como el Ayuntamiento. Si algo sale mal, pierde el pueblo. Y aquí está la pregunta que deben responder: ¿podemos organizar un carnaval con una estructura sólida y profesional que mantenga intacta nuestra idiosincrasia carnavalera y nuestra espontaneidad para pasarlo bien?

Después de 35 años, Águilas tiene un producto con un valor altísimo, tanto, que olvidamos que ha pasado de ser una pequeña empresa a una multinacional. La visión de los Carnavales de Águilas debe adaptarse a su valor y esto exige crear una logística acorde a su tamaño. No podemos escapar de esta responsabilidad y en este afán por mejorar el producto, intuyo que la Federación ha propuesto esta iniciativa tan impopular que ha suscitado tanta polémica. Y no hablo sólo de los desfiles. En esa línea de exigencia, la organización podría reflexionar por qué han dejado que Águilas se convierta en un macro botellón adolescente que deja esa imagen tan penosa de la procesión de autobuses entrando al pueblo lleno de chavales con bolsas de alcohol. Si no cuidamos nuestro mejor producto, para qué queremos tantas distinciones turísticas. Para qué tanta promoción de nuestras fiestas si en realidad lo que queremos simplemente es pasarlo bien. Renunciemos a ellas. Pero a una boda no se puede ir en chándal.