19/03/2019

Carnaval de plástico

Termina el carnaval, empieza el escrutinio. El balance, que se dice. Los mismos elogios y las mismas críticas de todos los años salen a la luz para abrir debates y tertulias. Lo mejor y lo peor, lo intocable y lo mejorable. Y así matamos el tiempo en estos días primaverales cada año porque no hay mejor tema de conversación que una fiesta tan grande como el Carnaval de Águilas. Y yo me voy a sumar al debate con un sólo tema: el plástico.

El carnaval es una foto fija perfecta para saber en qué época vivimos. Si ustedes vieran un desfile de los que tiene grabados Juanito Oliver, seguro que adivinarían el año sólo con escuchar la música y ver los trajes. El Puigdemont de ayer ha sido el Franco o la Rosalía de hoy. La actualidad se pone la máscara también para decirnos quiénes somos y qué nos preocupa. Así que veo por las redes que la peña El Pizarrón ha elaborado sus trajes con 20.000 cigarros, 3.200 cucharillas, 3.500 pajitas, más de un millón de tapones y 1.500 anillas de refrescos. Como el que hace una tanda de croquetas con lo que ha sobrado del cocido pero a lo bestia. En este caso, el sobrante es de plástico y de procedencia marina. Es decir, de mierda que acaba en el mar.

Paréntesis. No sé qué dirá el CIS de Tezanos pero la contaminación es un tema que empieza a preocupar considerablemente, especialmente entre las nuevas generaciones, más sensibilizadas en cuidar el planeta donde viven. Hay pocas cosas que me gusten más de la generación millenial con respecto a la mía. Ahora hay peor música, peor cine, peor comida, peor periodismo, más desinformación, mayor inseguridad, menos libertad de expresión. Podría tirarme todo el día así. Pero en una cosa nos ganan: poseen más resiliencia Les hemos dicho tantas veces que son una generación floja en un mundo a la deriva que han decidido no esperar al Apocalipsis. Mi generación tuvo el mensaje opuesto: vais a ser los mejores, el mundo es vuestro. Luego no fue tan así. Hoy (por el viernes), jóvenes (estudiantes, en su mayoría) de todo el mundo, también aquí, están llamados a la huelga contra el cambio climático. No van a esperar a que el cambio climático y la pasividad de los gobiernos acaben con su futuro, dicen. Es su particular 15-M y no hay noticia que me alegre más.

Vuelvo al carnaval. Mientras aún sigo alucinado con los trajes de El Pizarrón (o de Adamantium, también elaborado con material reciclado) y su crítica bien entendida (La Clanka también defendió el mismo relato), leo seguidamente una noticia municipal donde aparecen un buen puñado de fotografías matinales del estado de las playas el día después a la noche del sábado, por supuesto, repletas de mierda plástica. Son imágenes desoladoras, de las que te hacen perder la fe en el ser humano. No hablamos de civismo, educación o respeto. No hablo de tirar una colilla al suelo o de no separar el vidrio del plástico. Es mucho más sencillo: recoger tu mierda. Es decir, de la supuesta diferencia que existe entre nosotros y el resto de animales. Entre el instinto más bajo y el sentido común más racional. Entonces vuelvo a El Pizarrón y reparo en que han dado en el centro de la diana y lo ha hecho con gran sentido de la oportunidad, gracia, originalidad y elegancia porque hasta para dar una hostia así de gorda hay que tener estilo.

Leo también, y aprovechando que el viento sopla a favor, denuncias de animalistas a propósito del agravio comparativo entre sus educadas mascotas que no pueden pisar la playa y los zombis que la dejaron echa un estercolero. Se basan en una pregunta muy sencilla: ¿quién es más animal? A mi me parece demagógica la comparación porque podrían prohibirse ambas cosas, cada uno con sus argumentos, pero el cuerpo me pide darles la razón y proponer que en las noches de carnaval, o de verano, los alegres chuchos correteen por la arena mientras los zombis del botellón asisten desde el paseo al espectáculo canino sin poder echar un trago. Eso sería de justicia poética.

Soy consciente de que mi batalla contra el botellón la tengo perdida. Lo sé porque me lo han dicho las personas que pueden erradicarlo y porque desde hace años, los datos turísticos se miden por los kilos de basura que se recogen. A más mierda, mejores números. No hay mejor noticia para los zombies que la total impunidad, la barra libre, y nos deja imágenes como la entrada al pueblo de autobuses con jóvenes cargados de alcohol. A más basura, más gasto público, no más turismo. Y ojo, que tampoco estoy en contra del botellón. La chavalada necesita beber y beber barato, como todos cuando fuimos jóvenes. Pero yo, que he celebrado fiestas, barbacoas y hogueras en la playa jamás dejé huella de mi paso. Lo hacíamos por educación y porque teníamos la sensación de que la autoridad vigilaba siempre.

A lo mejor sólo son gestos que han coincidido en el tiempo, pero que el respeto por nuestro entorno haya sido uno de los temas relatados por las peñas en el desfile, o que muchos jóvenes salgan a la calle para protestar contra el cambio climático me hace albergar una mínima esperanza de que, al menos en mi pueblo, haya más calles peatonales, menos tráfico, menos basura en sus calles; que los zombis del botellón, los pescadores de caña y los domingueros de Monas recojan su mierda de las playas. Que de la basura germine una conciencia medioambiental. Como decía, la actualidad se pone la máscara también para decirnos quiénes somos, si los peñistas de El Pizarrón o los borregos que dejaron la playa como un basurero. Ahí estamos.