15/09/2016

Santa Rita, rita, rita

Este martes por la tarde salió el gordo, en sentido metafórico, por favor. Rita Barberá dimitió, como diría Cospe, en diferido, a medias, regalando un descafeinado con un sobre de sacarina a todos aquellos que exigían su cabeza. Sí pero no. Deja el Partido Popular pero se aferra a su asiento en el Senado y, por lo tanto, sigue gozando del privilegio de aforada. Era una noticia cantada después de que muchos populares, menos Rajoy, claro, le empujaran a tomar una decisión que se veía venir a lo lejos pero que sólo la tuvo encima cuando el Supremo anunció su decisión de investigarla por un supuesto delito de blanqueo de dinero de su partido en Valencia cuando ella era la fallera mayor.

La petición de baja del partido la  comunicó mediante una nota de prensa y atrincherada en su casa como si la estuvieran buscando. Hace meses que el PP la abandonó a su suerte y aunque públicamente le daban palmaditas en la espalda, en privado le estaban dando la patada. Ha acabado como Joe Pesci en Casino: sola, acorralada y apaleada por los suyos.

El comunicado no tiene desperdicio. Dimite por presiones internas de su partido pero no lo hace como senadora, dice, porque eso sería reconocer su culpabilidad. Visto así. Luego está la otra lectura que aconseja dimitir por pura salud democrática, por ética, porque ningún político puede representar a sus votantes si es sospechoso en un asunto así. Y visto así, es una caradura, un dinosaurio político que tiene miedo a extinguirse y que no tiene que estar muy segura de su honorabilidad cuando quiere seguir aforada en el Supremo.

Rita ha sido un símbolo del partido, en todas sus excepciones. Representó la época dorada de los populares en el levante español y ahora es el cromo de portada del álbum de corruptos de una comunidad autónoma donde las paellas se han comido con chorizo del bueno. Después de dos décadas ganando las elecciones sin despeinarse el tupé, su lozano rostro era una de las postales típicas de Valencia. Ahí estaba ella cuando la Fórmula 1, la Copa América de vela o la Ciudad de las Artes, tres de las varias gestiones e inversiones que les salió rana y por las que la oposición creo ‘Ritaliks’, una web que empezó a minar la credibilidad de la mujer más poderosa de Valencia.

Aquello eran otros tiempos. Dirigía el cotarro con una fusta en una mano y champán en la otra, ninguneaba a la oposición como si tuviera la peste, salía al balcón municipal para que le lanzaran pétalos de rosas y le gritaran guapa y presumía, sin necesidad de pegar voces, de ser la mejor alcaldesa de siempre. Al final, quien lo hubiera acertado, las dos señoronas de las dos últimas décadas, ella y Esperanza Aguirre, están abandonando la política como pérfidos espectros del pasado.

Mientras tanto, Rajoy, confeso amigo de Barberá, hace ‘footing’. La resistencia del presidente en funciones lleva la misma trayectoria admirable que la de su propio partido. Ha llegado un momento en que nadie se escandaliza por un nuevo caso de corrupción y menos si es del PP. Los ciudadanos lo han tomado como algo que puede suceder inevitablemente y que es perdonable, por tanto, en un juicio público. Aunque sea por agotamiento, la corrupción está sobrevalorada.

Estos días no sólo Rita Barbera ha sido noticia. La actualidad política no ayuda a un partido infestado de manzanas podridas, sin embargo, estas noticias coinciden con algunas encuestas que otorgan un ascenso del PP si se produjeran ahora las terceras elecciones. Un par de casos de corrupción más y llegarán a la mayoría absoluta.