20/11/2019

El día de San Crispín

Si os digo que el 19 de noviembre fue el día de San Crispín seguro que os encogéis de hombros. No conozco a ningún Crispín; no conozco a nadie que conozca a ningún Crispín, aunque los que ya no cumplimos los cuarenta recordaremos al escudero del Capitán Trueno, el chico avispado que contrastaba con el torpe Goliath...

Y, sin embargo, el día de San Crispín es el punto de partida de uno de los momentos más llenos de simbolismo de la Segunda Guerra Mundial, esa carnicería sangrienta que ha dejado tantísimos instantes cargados de emoción.

Si me preguntasen quiénes fueron los «malos» de la Primera Guerra Mundial, la verdad, no sabría qué decir. Quizás respondería que fueron los alemanes, por costumbre, aunque tendría que reconocer que franceses, rusos, americanos, ingleses o austrohúngaros también hicieron de las suyas. Como tantos otros, pienso que aquella carnicería fue obra de un pequeño grupo de delincuentes cargados de coronas y medallas, zares, reyes y káiseres que se dedicaban gentilezas mientras hacían que su pueblo ignorante y mal alimentado se enzarzase a tiros y a bombazo limpio en aquellas trincheras sucias y llenas hasta arriba de sangre, mierda y orín.

Si hablamos de nuestra Guerra Civil, que de hecho muchos consideran una avanzadilla o un ensayo de la de 1939, respondería al instante que para mí los malos fueron los sedicentes «nacionales», ya que se alzaron en armas contra un Gobierno legítimo escogido en las urnas... aunque a renglón seguido reconocería que hubo abusos y crímenes a uno y otro lado de esa trinchera que atravesó como un latigazo pueblos, calles y familias de parte a parte de nuestro país.

En todos los bandos que se masacran en una guerra hay luces y sombras, y no seremos tan ingenuos como para creer en la bondad o la pureza absolutas a estas alturas; pero creo firmemente que en la Segunda Guerra Mundial uno de los bandos, el de los nazis, fue la encarnación del Mal. Parece como si Satanás en persona hubiera ascendido del Averno aprovechando uno de aquellos pebeteros megalíticos que encendían en las demostraciones del Partido Nazi, o quizás volviera a la superficie en el fuego de la hoguera en que los SS de mente corrompida quemaron los libros «decadentes» para dar paso a su única verdad. Las atrocidades que perpetraron los alemanes, desde la frontera complaciente de España hasta la estepa de Moscú, son inenarrables, y a ellas se suman las crueldades de sus aliados del Japón. Cualquier abuso que nos podamos imaginar, los nazis lo superaron e incluso lo ratificaron en alguna de las infames normas jurídicas con las que sus mentes cuadradas de bestia se quisieron justificar.

Si la Alemania nazi fue la encarnación del Mal sobre la Tierra, el Desembarco de Normandía fue un momento en que la civilización, la humanidad, se lo jugó todo a cara o cruz sobre la arena batida por las olas de unas playas de Francia. El 6 de junio de 1944, como sin duda sabréis, varios miles de soldados británicos, estadounidenses y canadienses, precedidos por paracaidistas y con abundante apoyo aéreo, trataron de alcanzar el continente europeo desembarcando en las playas rebautizadas como Omaha, Utah, Gold, Juno y Sword; nombres con el que han pasado a la Historia porque, como también sabréis, aquellos desembarcos fueron un éxito e iniciaron una ruta aún larga y sangrienta hasta el búnker subterráneo en el que se había emboscado la fiera de Berlín.

En un momento dado, desde una de las lanchas de desembarco británicas, batida por las olas y golpeada por el fuego salvaje de los alemanes desde los acantilados de la costa, los soldados comenzaron a escuchar una voz arengándoles desde la megafonía de los botes; uno de los oficiales al mando comenzó a recitar con voz alta, animosa y firme unos versos de Shakespeare:

 

El que hoy derrame su sangre conmigo

será mi hermano. Por vil que sea,

este día ennoblecerá su condición;

y los grandes hombres que están ahora en la cama, en Inglaterra,

se considerarán malditos por no haber estado aquí,

y tendrán su virilidad en poco cuando hable alguno

de los que luchó con nosotros el día de San Crispín.

El día de San Crispín de 1415 —tal día como ayer, de hace 604 años–, los ejércitos británicos mandados por el rey Enrique V libraron en aquella zona de Francia una batalla decisiva, la batalla de Agincourt. Su huella fue tan importante que allá por el 1600, dos siglos después, William Shakespeare le dio un lugar preponderante en su drama Enrique V, fijando sobre el papel aquel discurso real.

Pasaron tres siglos, y en 1914 los británicos volvieron a cruzar el canal para enfrentarse a los alemanes que pretendían apoderarse de Europa; en ese momento un escritor al que pocos recuerdan hoy en día, Arthur Machen, uno de los precursores y maestros del género del terror, retomó la gesta de Agincourt y escribió su propia versión, Los ángeles de Mons... según la cual, viendo que Inglaterra estaba peleando una vez más, los antiguos arqueros caídos en Agincourt se levantaron de sus sepulcros colectivos, llevando en sus manos las armas con las que habían sido enterrados en tiempos de Enrique V, y se sumaron a la contienda lanzando contra los hunos sus flechas de veteranos.

Treinta años más, lo que se dice un parpadeo en la historia de cualquier nación, y una mañana de junio los soldados de Su Graciosa Majestad volvieron a encarar la tierra europea ensuciada ahora por los nazis. A diferencia de nosotros, que prácticamente hemos olvidado nuestros clásicos y nuestra historia, aquellos soldados de las primeras oleadas de desembarco, destinados a morir a millares en las playas normandas para dejar paso a sus camaradas que iban a librar el mundo del Mal, recordaban sin duda las obras de Shakespeare. Por eso en un momento dado un comandante llamado Charles Banger King —¡otro rey!—, mientras sus lanchas se acercaban a la playa Sword, empezó a recitar con aplomo aquellos versos que sin duda muchos de sus oficiales y soldados repitieron en voz baja, alternándolos con el Padrenuestro, mientras las baterías nazis se desgañitaban tratandos de enviarlos al fondo del mar.

Una gesta del siglo xv glosada por un bardo genial en el xvii, repetida y aumentada a mediados del siglo xx... y que sin duda será recordada durante muchos cientos de años más, cada vez que alguien, en algún lugar del Reino Unido o de la Europa liberada del nazismo, le eche un vistazo rápido al calendario y recuerde: «Hoy es el día de San Crispín».

 

Antonio Marcelo Beltrán

@morigerante

 

Si queréis escuchar el discurso, por boca del gran actor Kenneth Branagh:

https://www.youtube.com/watch?v=y1BhnepZnoo