01/01/2020

Disturbios

Es triste ver las imágenes que se han dado días atrás en Cataluña, los disturbios que se han producido y la radicalización de parte de la clase política no invita a que haya una solución a corto plazo, así como que las posibles que haya a largo plazo no convenzan a ninguna de las partes. Hay un problema encallado con difícil solución. Con independencia de valoraciones políticas y sin entrar en el debate de las pretensiones de una parte de los catalanes, los hechos que se produjeron allí y la dureza de los ataques a las fuerzas y cuerpos de seguridad que actuaron, tanto Mossos de Esquadra como Policía Nacional con la Unidad de Intervención Policial (UIP), fueron más que palpables, por mucho que algunos políticos catalanes quisieran minimizar los disturbios que se produjeron.

Es triste ver las imágenes, pero más triste es ver cómo algunos representantes políticos atacan a los cuerpos policiales que ellos mismos mandan para defender sus instituciones. Ser antidisturbios es de las profesiones más desagradecidas, ya que por un lado reciben el odio de muchos de los ciudadanos, por defender la convivencia y los derechos del resto de ciudadanos a disfrutar de la normalidad en el espacio público, y por otro, normalmente, recibe las ofensas de los políticos que están en la bancada contraria al gobierno de ese momento. Pero lo más ilógico e incomprensible, es que los propios gobernantes en ese momento, en este caso el gobierno de la Generalitat, critique y reproche a sus propios antidisturbios, la Brigada Móvil (BRIMO) de los Mossos de Escuadra, por defender sus propias instituciones, el espacio público, y defenderse de los ataques de auténticas guerrillas urbanas, cuando son esos mismos gobernantes los que los envían a ello.

No existe, o no conozco, un país sin antidisturbios, y sin embargo siempre son el centro de la polémica. Su actuación consiste, además de la preventiva que sólo su presencia produce, en la aplicación de medidas coercitivas para reestablecer la convivencia y seguridad ciudadana, y es en ese aspecto en el que estas unidades policiales sufren los avatares de la hipocresía moral en la que está instalada nuestra sociedad. Por ello la presión psicológica que reciben hace que cada vez sea más complicado ese destino, siendo los mal mirados por una gran parte de la sociedad y de la clase política, convirtiendo a estas unidades en una especialidad profesional que cada vez se encuentra menos solicitada por los agentes.

No pretendo victimizar al sector, ni demonizar a los ciudadanos que libremente ejercen su derecho de manifestación, el cual, siempre que sea de forma pacífica y respetando los derechos de los demás, es uno de los derechos más importantes de los países democráticos y con el que se han conseguido la gran mayoría de beneficios sociales que gozamos hoy en día en las democracias occidentales. Pero ese derecho de manifestación libre no es ilimitado, sino que debe ser pacífica, sin alteraciones de la normal convivencia y sin el uso de la violencia. Ahí es donde entra en valor el trabajo de las unidades antidisturbios, y donde es necesaria la preparación psicológica y dotes de sumisión jerárquica que deben de tener para aguantar insultos, lanzamientos de objetos, escupitajos, sin poder hacer nada hasta que no reciban la orden de cargar.

Está claro que, como en todas las profesiones, habrá agentes peor preparados, menos profesionales, violentos, insubordinados, que deberían de ser apartados, y castigados en consecuencia, a aquellos que pudieran extralimitarse en la fuerza física o que pudieran perder la proporcionalidad en sus actuaciones, hecho que cada vez está más controlado. Sin embargo, ello no significaría que se dejarían de ver imágenes violentas o de disturbios, porque las actuaciones policiales de este tipo de unidades consisten en garantizar la convivencia pacífica a través del uso proporcional de la fuerza como respuesta al ejercicio de violencia por parte de terceros.

Es decir, y hablando claro, cuando una parte de los manifestantes usan la fuerza, instrumentos contundentes, queman contenedores, destrozos de mobiliario, etc, etc, ellos van a responder con la fuerza, a través del uso de la defensa policial, escopetas antidisturbios para el lanzamiento de pelotas de goma, gases lacrimógenos, cañones de agua, en definitiva, técnicas de dispersión de manifestantes que implican la violencia, y por lo tanto se van a seguir generando imágenes violentas que usarán, según les convenga, los medios de comunicación, las masas sociales o la clase política, para generar el debate que interese en ese momento.

Aún no he visto una manifestación violenta que se disperse con abrazos y flores, aún no he conocido un país que no tenga antidisturbios, y sin embargo son el centro de la furia de muchas personas. En Cataluña hubieron muchas manifestaciones pacíficas y numerosas en las que quedó claro cuál es la postura de una gran parte de catalanes, una postura loable desde el punto de vista de sus ideales y aspiraciones, que aun no estando de acuerdo con ellos ni con sus pretensiones, los entiendo y merecen mi respeto por intentar conseguir lo que anhelan, y en las cuales no se produjo ni una sola intervención de las unidades policiales.

Sin embargo, otra parte de los ciudadanos, apoyados también por grupos radicales que hacen de la violencia contra el sistema una forma de vida, alteraron de significativamente la pacífica convivencia, desvirtuando el derecho de manifestación y convirtiéndolo más bien en el derecho a la violencia, y ahí los agentes antidisturbios tuvieron que responder con la proporcionalidad que merecieron los violentos, viéndose desbordados en ocasiones, utilizando medidas de dispersión con vehículos con tal de no utilizar material más contundente, recibiendo además el insulto y las injurias de algunos de sus propios gobernantes.

Vaya mi insignificante apoyo a todos los agentes de los Mossos, de los cuales  muchos de ellos posiblemente serán independentistas, y que, sin embargo, tuvieron que actuar en una verdadera batalla campal contra los extremistas violentos para garantizar la normal convivencia y el cumplimiento de la ley, a todos los de Policía Nacional, por defender las instituciones españolas de los más radicales sectores que se dieron cita en Barcelona, a las unidades antidisturbios de Guardia Civil (GRS), que estuvieron destinadas en Barcelona en la retaguardia, y en general a todos los ciudadanos que sufrieron los actos de violencia que se vieron esos días, incluido a los manifestantes pacíficos y contrarios a los más violentos. Martin Luther King decía que “la violencia crea más problemas sociales que resuelve”, y sin duda la lucha de unos ideales con violencia al final sólo crea la fractura de una sociedad condenada a entenderse.

Foto: EFE