14/03/2020

Así ha sido mi semana más paranoica

El sábado estaba de vinos y vermuts en Murcia riéndonos de los super poderes de Murcia, que aún no contabilizaba casos de coronavirus. El jueves, cinco días después, fui a Carrefour a hacer un acopio histérico y desmesurado de cosas mientras del techo caía una voz en off que garantizaba el abastecimiento de más cosas en el supermercado durante la crisis sanitaria. El sábado pasado estaba seguro de que el famoso virus era tan importante como un simple catarro, gripe como mucho, enviado y colocado por los americanos en China en su lucha por ver quién manda en el mundo. El jueves ya no sabía qué pensar: compraba tranquilamente con mi carrito mientras oía esa voz administrativa que parecía surgida de una guerra a la que solo le faltaba las sirenas. Miré las noticias, vi a Italia y escuché que decían que pusiéramos nuestras barbas a remojar. Luego, salí a la calle y todo era normal. Águilas seguía tan bonita como siempre, la gente paseaba de aquí para allá, los bares seguían tirando cervezas. Llegué a casa, abrí Facebook y vi Mercadona vacío de productos, arrasado por el napalm de la angustia. Volví a salir de casa y todo seguía en su sitio. Y me hice la misma pregunta que todo cristo: ¿qué pijo está pasando?

Cuando el domingo informaron de los primeros casos en la Región empecé a comparar esta historia, en términos mediáticos, a la del atentado de Miguel Ángel Blanco o las Olimpiadas de Barcelona. Al día siguiente el recuento de infectados se disparó y subí la noticia hasta el impacto del atentado de las torres gemelas. El miércoles cuando fui al barbero mi sinceridad me llevó a admitir que me parecía la gran noticia de nuestra generación, algo equiparable a una guerra mundial millenial, una experiencia vital que nunca olvidaríamos. Hubo risas porque mirábamos a la calle y todo seguía ahí, como siempre. El aire era puro. Ayer viernes ya no me lo parecía tanto, aunque lo era. De hecho, de forma instintiva e inútil aguanté la respiración cuando entré a una tienda de chinos. Al salir, recorrí el pueblo en coche y recordé lo mucho que me flipó la primera temporada de The Walking Dead. Calles vacías y colas kilométricas en los estancos porque cualquier droga alivia cualquier cuarentena.

Mi semana iba a ser bien distinta. Justo ayer tenía entradas para ver el musical de El Rey León en Madrid. Hasta el martes no descarté el viaje. Un día después se suspendió todo. Y ayer nos indignábamos con aquellos madrileños que han huido a la costa, como si nosotros no hubiéramos hecho lo mismo en su desesperada situación. Sé que son unos hijos de perra, pero es que Águilas es un precioso búnker para el refugio. Son unos irresponsables, pero yo admito que sigo tocándome el ojo de forma instintiva, no saludo con el codo y no mantengo la distancia de seguridad. Me cuesta acostumbrarme. Es curioso cómo funciona la desconfianza: un día estás en el parque con un montón de padres planificando en común cómo serán las próximas semanas y al día siguiente han desaparecido de la faz de la tierra porque nadie se fía de quien respira a su lado. Todo, en 24 horas. El miedo es un hilo conductor perfecto.

Saldremos de esta y de todo esto espero que se haga un homenaje a los sanitarios que están bregando en condiciones extremas y que la guerra cultural quede enterrada definitivamente, es decir, que callen para siempre los que sólo pregonan que haya españoles de bien a la diestra y feministas a la izquierda,  los que maúllan que España roba a los catalanes, los que mienten cuando avisan de que nos vamos convertir en Venezuela, los negacionistas del cambio climático, las que advierten de que todos los hombres son violadores por naturaleza o los asustaviejas que amenazan con que los inmigrantes vienen a invadirnos. Este virus, como el cementerio y la taberna de Luis de Rosario, no hace distinciones entre clases sociales, ni ideologías ni conflictos inventados.

Justo hace una semana disfrutaba de mis vacaciones con amistad y vino y hoy estoy encerrado en mi propia casa. Lo jodido es que esto es una guerra sin bombas y donde el enemigo es invisible. Es imposible perder el sentido del humor, seguir haciendo memes, mientras las malas noticias nos atropellan. Es una guerra sin dolor, una batalla sin soldados y un conflicto sin ruido. Tenemos varias semanas para desempolvar todos esos libros de la estantería. Para viciarnos con nuevas series, repasar la filmografía de Alfred Hitckock o revisar el disco The Bends de Radiohead que ayer cumplió 25 años. Porque un atrincheramiento con Netflix y Spotify tampoco es tan grave. Quédate en casa. Por lo que pueda pasar.

Pues así ha sido mi semana más paranoica. ¿Cómo ha sido la suya?