09/08/2020

La decisiva actuación de los pescadores de Águilas durante el accidente de Palomares

Una vez acabada la guerra mundial, el régimen franquista se encontró aislado con el rechazo de las democracias occidentales, aprobándose por intercesión de la URSS en la Asamblea General de Naciones Unidas una resolución, en diciembre de 1946, de condena al régimen por calificarlo de fascista, prohibiéndose el acceso a la ONU. La consecuencia será la ruptura de las relaciones diplomáticas con las demás potencias, salvo con el Vaticano, Portugal y Suiza, produciéndose la marcha de los embajadores extranjeros del país. Los diversos estados miembros ratificarán las sanciones a España, menos Argentina que firmó un convenio comercial para compra de grano. El inicio de la guerra fría supondrá un cambio de actitudes.  La nueva situación política servirá para que España muestre su posición de baluarte en Europa frente al comunismo. Los EE.UU, de estada manera, harán prosperar una iniciativa en la ONU para levantar la condena que tenía el Gobierno español. Las Naciones Unidas, en noviembre de 1950, ratificarán la propuesta, con lo que pasaba a ser estado miembro. España, de esta manera, se incorporará a la FAO (1950) y a la OMS y la UNESCO (1952). No obstante, el reconocimiento internacional quedará ratificado cuando sea establecida una alianza con los Estados Unidos mediante la firma de un tratado. En septiembre de 1953 se firman los acuerdos entre ambos países. Era un pacto ejecutivo, pues la modalidad de tratado conllevaba la aprobación del Senado de los EE.UU, donde la oposición liberal no lo hubiera votado. España recibiría ayuda económica, técnica y militar dentro de un programa de seguridad mutua, mientras, Estados Unidos obtuvo autorización para la utilización del espacio aéreo español y el uso de determinados aeródromos y bases navales en territorio español. La legitimización del gobierno español supuso su integración dentro del sistema defensivo occidental. EEUU lograba bases aéreas (Torrejón, Morón y Zaragoza) y aeronavales (Rota). En teoría, la soberanía española era respetada, puesto que no podían usar las instalaciones sin consentimiento del Gobierno español en caso de alguna acción militar norteamericana, pero las cláusulas secretas aprobadas estipulaban que en caso de necesidad para la defensa de occidente se efectuaría sin impedimentos. No obstante, aparecerán ciertos recelos en la clase política española con la presencia de armamento nuclear en Torrejón, temiendo un ataque soviético. Habrá, desde 1958, varios intentos para su retirada por su cercanía con Madrid. Las relaciones sufrirán una crisis al activarse las bases con la Guerra de Líbano (1958) y la crisis de los misiles de Cuba (1962). En esta época tendrá lugar el accidente de Palomares (1966) que cambiará la situación.

Los Estados Unidos, desde el inicio de la década de los sesenta, venían realizando vuelos de vigilancia de carácter ininterrumpido las veinticuatro horas del día con aviones de armamento nuclear en las fronteras perimetrales de la URSS, para actuar en puntos estratégicos en caso de un ataque con misiles intercontinentales de la Unión Soviética. Uno de los cuatro itinerarios que realizaban, el más meridional de todos, recibía el nombre en clave de “Chrome Dome” o “Cúpula Dorada”. Cruzaba por el Atlántico sobre España, a la altura de Madrid, hasta llegar a Turquía donde giraba 180 grados para poner de nuevo rumbo a Estados Unidos atravesando el Mediterráneo y pasando por la vertical del sureste de la península ibérica. Cada uno de los vuelos lo formaban dos superfortalezas volantes que eran abastecidas, a la ida y la vuelta, por aviones nodriza KC-135 de las bases de Torrejón de Ardoz, en Madrid, y de Morón, cercana a Sevilla. El punto geográfico de abastecimiento para los aviones de retomo era sobre la perpendicular de Palomares en Cuevas del Almanzora, en Almería, una posición que no aparecía reflejada en los mapas de vuelo militares estadounidenses.

La mañana del 17 de enero de 1966, a las 10.22 horas, dos aviones de la Fuerza Aérea estadounidense; un bombardero superfortaleza volante B-52G del SAC (Strategic Air Comand) perteneciente a la sección 78 de la base de Seymour, en Carolina del Norte, que regresaba de vuelta y un avión nodriza cisterna de abastecimiento KC-135, de la escuadra de aprovisionamiento número 910 de la base de Bergstron (Texas), chocaron a seis millas de Palomares a 400 km/h durante una maniobra de repostaje sobre el cielo de Almería, a 9300 metros de altura. Ambas aeronaves quedaron destruidas y once soldados murieron carbonizados. El resplandor será incluso visto desde Monteagudo en Murcia. La explosión provocó la caída de unas 800.000 toneladas de metal que se esparcieron por toda el área circundante, no causando víctimas entre la población. Tres tripulantes del B-52: Charles Wendorf (comandante), Larry Messinger (copiloto) e Ivens Buchanan (radarista), pudieron salvarse accionando el asiento de eyección y un cuarto, Michael Rooney (copiloto), saltó por la escotilla. De estos, Buchanan caerá en el lecho seco del río Almanzora, mientras que los demás caerán al mar, arrastrados por los fuertes vientos del noroeste de sesenta nudos.

En Águilas, el estruendo hizo retumbar los cristales, viéndose desde diversos lugares de la población el incidente con claridad, con la posterior caída de objetos envueltos en fuego. La columna de humo negro posterior será de enorme nitidez. Los alumnos de la entonces sección delegada de Lorca, en el actual colegio Mediterráneo, que en ese momento habían hecho el cambio de turno de clase serían testigos presenciales de la tragedia, pensando muchos que todo había ocurrido en las cercanías de la huerta del Rubial. Habrá algunos atrevidos que, por ese motivo, saldrán con sus bicicletas llegando hasta la misma Palomares después de varias horas pedaleando, donde verán las bombas en los huertos y los restos de avión. Estos, posteriormente serán requeridos por la Guardia Civil por haberse traído fragmentos de metal, siendo desplazados en autobús hasta el campamento americano donde le suministrarán pastillas de cloro. Desde Vera, el capitán de la Guardia Civil Isidoro Calín organizará la primera acción de socorro, personándose quince minutos después del suceso y recibiendo órdenes de impedir el paso por haber munición de combate. El padre Francisco Navarrete Serrano llegará desde Cuevas para prestar auxilio espiritual a los supervivientes. Los cadáveres serán envueltos en mantas y trasladados a la capilla de la iglesia.

Cuando tuvo lugar el accidente, los tenientes Emilio Erades Pina y José Antonio Balvas, que sobrevolaban el Golfo de Mazarrón dirección Rota en un helicóptero de marina (Libélula Bell 47-G), observarán el estallido, lanzando estos una señal de alarma captada por la torre de San Javier. Despegarán aviones de Alcantarilla y San Javier, dirigiéndose al lugar. Igualmente, el buque de la armada “Juan de la Cosa”, que hacía trabajos cartográficos en Garrucha, se desplazará a la zona haciendo un primer vuelo de reconocimiento. Tras ser divisados fragmentos desde el aire, se ordenará por radio el salvamento de los norteamericanos que habían caído en el mar a los barcos pesqueros de la flota de Águilas que faenaban en las inmediaciones.  El “Agustín y Rosa” de Alfonso Simó rescató a uno y el “Dorita” de Bartolo Roldán Martínez a otros dos.  Otro arrastrero que les acompañaba en la pesca, el “Manuela Orts” de Francisco Simó, también participará. Habían contemplado desde el mar toda la maniobra aérea, recibiendo tras el estallido producido una lluvia de metal entre la que habrá un ala que pasará a dos metros de la embarcación de Alfonso Simó. Igualmente, verán caer los paracaídas. En el momento de darles el aviso habían recogido las artes dirigiéndose al lugar. Después de un rato de búsqueda, el “Agustín y Rosa” encontró a Messinger en una balsa neumática, que en un principio se negaba a abandonarla con la documentación que portaba. En la maniobra serán respaldados por los dos tenientes desde su aparato, encontrando dificultad por el estado de las aguas y por las grandes olas que había, indicando la posición con un bote de humo y lanzando un chaleco salvavidas. Mientras, el Dorita localizará a trescientos metros de distancia a Wendorf, que tenía el brazo roto, sacando después a Rooney, que desde el mar hacia señales y gritaba para llamar la atención, presentando heridas profundas en el glúteo, siendo atendido en una primera cura con algodón y cinta aislante por no haber botiquín.  Los tres supervivientes fueron llevados al puerto de Águilas, donde serian atendidos en el Hospital de San Francisco para recuperarse de sus heridas.

Los mandos militares norteamericanas buscarán los restos de los aviones siniestrados reforzados con soldados españoles. Los generales Ramiro Pascual, primero, y Arturo Montel, después, serán encargados como jefes de servicios de la coordinación del dispositivo español en Palomares. Las piezas caerán en cinco kilómetros cuadrados que serán limpiados y saneados. Los geólogos de la empresa minera Adaro de Rodalquilar serán los encargados de hacer una prospección del terreno afectado por el accidente. El área se recorrerá con equipos Geiser de detección de radiación. Las cosechas afectadas serán recogidas y llevadas en camiones blindados para depositarlas en barcos americanos para su posterior análisis. Unas 1.400 personas, entre ellas setecientos aviadores y científicos estadounidenses, trabajaron en las primeras labores de limpieza. Para ello, recogieron 5 centímetros de tierra de 25.000 metros cuadrados de suelo, y la confinaron en 4.810 barriles que se fueron acumulando en la playa para embarcarlos, enviándose a los EEUU a bordo del “Boyce”. El vuelo de helicópteros sobre Águilas se hará habitual esos días. Unas veces aterrizarán en el campo de fútbol, otras en el muelle o en la playa de Poniente que venían a recoger trozos de alerones y fragmentos de los aparatos que recogían los barcos de pesca en sus redes. Entre las más importantes estará la caja negra que Francisco Simó recuperará dos días después.

No sería este el suceso más destacado en producirse. El B52 transportaba cuatro bombas termonucleares Mark-28 de plutonio-uranio-235, o bombas de hidrógeno, de 1.5 megatones que cayeron a tierra, una intacta y las otras dos fragmentadas, liberando en al aire parte de su carga radiactiva, y una cuarta a seis millas en el mar. Estas tenían una fuerza 75 veces superior a la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima en 1945, habiendo podido destruir el sureste español y el norte de África y afectado el resto de la Península. Dentro del radio de acción quedaban las provincias de: Granada, Almería, Jaén, Albacete, Murcia, Alicante y Valencia en su totalidad y buena parte de las colindantes. El maremoto hubiera sido de consecuencias devastadoras. Ese día se acuñó la frase “la mano de Dios protegió Palomares”. El accidente había sido inmediatamente comunicado al Control de Vuelo del Mando Aéreo Estratégico (SAC) de la Base de Morón por un segundo B-52 que estaba siendo aprovisionado a unas dos millas de distancia. El general Delmar E. Wilson, jefe de la XVI Fuerza de los Estados Unidos, lo trasmitirá al cuartel general de Nebraska informando que se había producido un “Broken Arrow” o “Flecha Rota”, nombre en clave para designar un accidente nuclear no bélico. Era el primer incidente de estas características que ocurría fuera de suelo norteamericano. Las órdenes de los mandos militares y el presidente serán claras: que se hiciera todo lo posible para recuperar las bombas y la documentación confidencial que portaba el B-52 con claves secretas y objetivos militares. Para esto se desplazará primeramente un Equipo de Control de Desastres, con cuarenta y seis miembros, para evaluar los daños al mando del general Wilson. Después vendrán dotaciones de soldados de las bases norteamericanas en la península, enviándose desde el cuartel de Wheelus en Libia equipos de campaña con todo lo necesario para habilitar un campamento militar que será denominado “Wilson”, con capacidad para una fuerza de 747 hombres. Este se instalará en la misma playa, haciéndose un camino de acceso, siendo conocido por los vecinos como “Villa Jarapa”. Los aviones estadounidenses con material pesado usarán el aeródromo de San Javier como base principal. El 17 de enero por la tarde, la bomba número uno fue encontrada intacta por una pareja de la Guardia Civil en el río Almanzora, cerca de la sección de cola del B-52, bajo un paracaídas gris y blanco. Efectivos norteamericanos se encargaron de desactivar los detonadores. La número dos fue avistada al día siguiente por un helicóptero cerca del cementerio de Palomares, en el Cabezo Negro, y la número tres una hora después en una cañada al sur del pueblo.

La cuarta y última empezó a considerarse que podría haber caído en el mar. Había una enorme preocupación de que los soviéticos pudieran llevársela, debiendo actuar con prontitud. Daba comienzo una de las más importantes operaciones de rescate submarino de la historia, en un momento de enorme tensión política entre los dos bloques mundiales dominantes. Los días posteriores pudo verse barcos espías camuflados de la URSS en el límite de las aguas internacionales españolas. El primer lugar de búsqueda será la franja costera de la desembocadura del Almanzora, contando con equipos de buceadores y helicópteros sobrevolando la zona a baja altura. El área inicial se ampliará posteriormente a alta mar. La zona se dividió en cuadros de 300 metros de lado, con la intención de explorar uno cada día, pero se encontrarán con el problema de la falta de visibilidad por la materia en suspensión que se levantaba. Hubo un verdadero despliegue de medios para recuperar la bomba, creándose la flota “Task Force 65” al mando del almirante William S. Guest llegado del cuartel general de las fuerzas navales en el Mediterráneo en Nápoles, donde participaban un crucero, un LST, cuatro dragaminas y tres embarcaciones especializadas oceanográficas, buceadores y cámaras de televisión para monitorizar el fondo marino. Una flota de treinta barcos que formaban parte de la VI flota del Mediterráneo ocupará la costa desde Terreros a Garrucha. Impedirán la entrada a la zona de embarcaciones, balizándola para acotar el área. Localizarán algunos objetos de metal, señalando su ubicación para después comprobarlo con submarinos. En diversos puntos del tramo costero (La Cola, Matalentisco, Terreros) instalarán destacamentos militares en tiendas de campaña comunitarias. Dos días después del accidente llegarán en barco a Calabardina, desembarcando con sus jeeps, contando la operación con cobertura aérea de la Armada española. Miguel Martínez Muñoz, dueño del Bar de Calabardina, les suministrara carne y pescado, recibiendo el resto de víveres en helicóptero. Los soldados se harán amigos de los niños de la zona, a los que les daban chicles, permaneciendo en el lugar durante un mes y medio.

Las autoridades militares estadounidenses recopilarán los testimonios de los pescadores aguileños por mediación del capitán Joe Ramírez, que hablaba español. Entre estos estaba el de Francisco Simó, patrón del “Manuela Orts”, que apuntaba que uno de los paracaídas de color gris y blanco que parecía llevar suspendido a un hombre sin piernas había descendido con rapidez, hundiéndose en el fondo a uno 75 metros de su embarcación. Del mismo modo, indicará en una carta náutica el lugar exacto donde se encontraba por haberlo anotado. No tenía ninguna duda, porque había usado para ubicarlo una de las marcas que los pescadores emplean tradicionalmente, tomando como referencia las montañas. Las primeras semanas de la búsqueda del artefacto, tanto Francisco Simó como Bartolomé Roldan serán trasladados en helicóptero a Palomares para colaborar por su conocimiento del relieve marino, debido a su profesión. Luego, solo Francisco continuará recibiendo 8.000 pesetas cada día que repartía entre su tripulación. Los norteamericanos mostraban los cálculos que hacían, pero siempre les decía que estaban equivocados y que estaba en el lado opuesto. En declaraciones en prensa, insistía que con una embarcación con seis hombres él podía encontrarla sin problemas. Después de transcender la noticia en los medios de que había caído el artefacto en el mar, el temor hizo que no se quisiera consumir pescado por creerse que estaba contaminado, por lo que el precio se hundirá. No obstante, muchas familias humildes también aprovecharán para comerlo sin tener en cuenta el riesgo que podrían correr. La repercusión en el sector pesquero local será desastrosa, afectando a quince embarcaciones de arrastre que usaban ese caladero, lo que suponía ciento quince familias del pueblo. El jefe provincial de Sanidad de Almería indicaba, el día 8 de febrero, que las pruebas hechas en el agua habían dado negativo, no teniendo radiactividad. Igualmente, por la importancia económica que tenía la actividad turística, el entonces Ministro de Turismo, Manuel Fraga, quien popularizó el lema “Spain is different”, se bañará en una zona cercana, el 7 de marzo, con el embajador estadounidense Angier Biddle Duke, para demostrar que no suponía ningún peligro venir a España, dejando una imagen icónica que recogerá el Noticiero NODO para publicitarla. Habrá también, en este periodo, una canción que se popularizará “La Bomba Ye-Ye” de los alumnos del instituto de Cuevas, que parecía trasmitir una total normalidad. La realidad no era tan idílica. Esos días se recibirán llamadas en Águilas de familiares que residían en Alemania o Francia, donde la información se recibía sin censura, avisando de que la situación era peligrosa y que debían marcharse.

Cuando aumentó la profundidad, se tendrá que recurrir a tecnología mas sofisticada. El submarino “Alvin”, de trece toneladas y siete metros de eslora, provisto de brazos articulados, llegará a Rota desde Falmouth para su montaje, desde donde se trasladará a Palomares. Podía permanecer ocho horas en el agua y descender a dos mil metros de profundidad. Un avión "C-133" llevará el casco de la nave, mientras que la torreta será llevada a bordo de un "C-141. William C. O. Rainnie, jefe-piloto y coordinador de proyectos del Instituto Oceanográfico de Woods Hole, encabezará un equipo de científicos de doce hombres que acompañarán al submarino a España. Otro buque de auxilio sumergible, el batiscafo “Aluminaut” de mayor tonelaje, con dieciséis metros de eslora y una capacidad para descender hasta cinco mil metros, llegará en barco procedente de Conecticut. En las simas que este no podía entrar lo hacia el anterior. Habrá otros dos sumergibles, el “Cubmarine” y el “Sealab II” que también participarán en las labores. El día 15 de marzo, el “Alvin” localizará el artefacto a las 11.20 de la mañana en la sima “Contact 261”, después de seguir un rastro en el cieno dejado por un objeto pesado. Los cálculos de Francisco Simó habían demostrado ser correctos, puesto que se encontró a solo un kilometro del punto que había indicado. El intento de recuperar el artefacto, ocho días después, será fallido al romperse el cable para subirla, volviendo a perderse. Habría que esperar una semana más para volver a localizarla. El “Aluminaut” enganchará los cables a la bomba de mil kilos, situada a 762 metros de profundidad, hundida en el fango en el conocido como “Hoyo de Villaricos”. Por medio del CURV ("Cable-Controlled Underwater Research Vehicle") un robot utilizado para recuperar torpedos, la bomba es enganchada e izada por dos grúas de 50 toneladas al buque de rescate submarino USS "Petrel ASR-14” de clase Chanticleer. La pieza fue sacada a la superficie a las 7.40 horas española. Habían pasado ochenta días desde el inicio de la operación con un coste de de 6 millones de dólares, unos 18 barcos y 3.200 militares.

Francisco Simó, que desde un principio tuvo razón, será conocido desde entonces como Paco “El de la Bomba”, convirtiéndose en todo un mito. Había sido más efectivo que el sonar y el radar con su sabiduría de pescador, señalando siempre el mismo punto las ocasiones que le preguntaron. El hombre había vencido a la maquina. Paco será condecorado con la medalla al mérito naval con distintivo blanco, impuesta en Águilas por el Capitán General del Departamento Marítimo de Cartagena. El diario “Arriba” iniciará una suscripción popular para comprarle un nuevo barco, pero no prosperó. La embajada de los Estados Unidos, a través de su representante Biddie Duke, le entregará en Madrid, en la Casa Americana, una placa conmemorativa y una medalla con la efigie del presidente Johnson, siendo invitado a Waghintong por la Air Force al año siguiente. El jefe de la operación Flecha Rota, Delmar E. Wilson, será condecorado con la medalla de servicios distinguidos por el general Montgomery en la base de Torrejón. Bartolo Roldán tendrá un homenaje en el auditorio Infanta Elena de Águilas, en 2013, donde pudo hablar por videoconferencia, cuarenta y siete años después, con el capitán rescatado, Charles Wendorf, que quiso reconocerle su acción. Tanto Francisco Simó como Bartolo Roldan son recordados en el callejero aguileño.

Los vuelos de bombarderos con armamento nuclear serán prohibidos en territorio español, dando término a uno de los episodios más complicados de la Guerra Fría que pudo haber supuesto una auténtica catástrofe, habiendo tenido Águilas un papel fundamental.                        

Indicar que los habitantes de Palomares hacen reconocimientos de carácter anual en el servicio médico del Centro de Investigaciones Energéticas de Madrid para un control radiológico. Más de cuarenta hectáreas continúan en la actualidad afectadas por contaminación radiactiva, porque la limpieza realizada del suelo durante la catástrofe fue superficial. El acuerdo que se firmó con los Estados unidos para llevarse la tierra, donde se establecía incluso construir una carretera para sacarla desde Cartagena, no se ha cumplido. El caso Palomares continua de esta manera abierto, habiendo un peligro real de naturaleza nuclear.