08/12/2020

Patton: 75 años sin «el viejo sangre y agallas»

Mañana, 9 de diciembre de 2020, se cumplirán 75 años de un hecho inesperado que cerró tristemente un capítulo de la II Guerra Mundial. Tal día como mañana, hace 75 años, el general Patton sufrió un accidente de tráfico que le llevó a la muerte unos días más tarde. Así que, si os parece, vamos a hablar un poco de este auténtico macho alfa, héroe en África, Sicilia, Francia y Alemania, héroe incluso en la frontera de México, una de cuyas fotos de campaña menos conocidas le muestra sonriendo a la cámara en el momento de cruzar el río Rin... orinando con el pene en la mano, demostrándole a Hitler quién era el amo.

Lo primero que se suele dar por sentado es el lugar de nacimiento de este hombre. Muchos dirán que el general Patton nació en Texas, cómo no, el orgulloso Estado de la estrella solitaria y el revólver en mano. En realidad, nació en San Gabriel, en la costa californiana, a 1.500 km de la capital texana.

Abro inciso para explicaros que San Gabriel, un municipio integrado en el gran Los Ángeles, fue fundado alrededor de la misión católica construida por el fraile español Junípero Serra en las últimas décadas del siglo xviii. Aunque muchos ignorantes se empeñen en negar, renegar e incluso tirar estatuas, la costa californiana está llena de reminiscencias de las misiones juniperianas; algunas han sido el embrión de megaciudades como San Diego, San Luis Obispo, San Francisco...

George Smith Patton Jr. nació en San Gabriel el 11 de noviembre de 1885; su padre había seguido la carrera judicial, no militar, pero él enseguida se vio seducido por el Ejército. Sin duda siguió la estela de su abuelo paterno, el coronel confederado George S. Patton, muerto en combate en la Guerra de Secesión.

En 1909 se graduó en la prestigiosa academia militar de West Point, que en la actualidad le rinde homenaje con una estatua en un lugar destacado. Patton tardó bastante tiempo en licenciarse en West Point; según algunas fuentes se debió a que sufría dislexia, un trastorno del aprendizaje que dificulta aprender a leer y escribir. En cualquier caso, logró licenciarse en 1909, se casó con una amiga de la infancia y en 1912 representó a los EEUU en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, en la categoría de pentatlón.

Otro inciso: si acudimos a la entrada de Patton en la Wikipedia y seguimos el enlace a «pentatlón moderno», nos dice que una de sus categorías es el laser-run, el tiro con pistola láser. No sé, puedo imaginarme a Hitler como a Darth Vader, pero a Patton sacando la espada de neón...

Sus primeros enemigos no fueron los alemanes; en 1916 formó parte de unas campañas de castigo que le enfrentaron literalmente al ejército de Pancho Villa. Sirviendo a las órdenes del general Pershing, un joven teniente Patton logró alejar a los revolucionarios mexicanos de la frontera estadounidense.

Poco después los Estados Unidos entraron en la I Guerra Mundial; Patton ascendió a capitán, acompañó a Pershing a Francia y se enfrentó por vez primera a los alemanes al frente de un arma novedosa: los carros de combate. Desde entonces los tanques se iban a convertir en su pasión; logró ver su importancia en el campo de batalla y peleó por reforzar aquella herramienta tan reciente, siguiendo los pasos de otros oficiales visionarios extranjeros como el general alemán Heinz Guderian.

En 1936 Guderian escribió «Achtung-Panzer!», un manual clásico sobre el uso de los tanques que aun hoy sigue siendo reeditado y puede conseguirse, por ejemplo, en la red de librerías Todos Tus Libros.

En otoño de 1918 Patton fue herido en combate y se perdió el final de la I Guerra Mundial, que iba a concluir el 11 de noviembre, día de su cumpleaños, con la rendición de Alemania. Los años siguientes son bien conocidos. El tratado de Versalles, el crack de 1929, el empobrecimiento de Alemania, las luchas entre comunistas y nazis... y, finalmente, la llegada al poder de Hitler y el inicio de la II Guerra Mundial en 1939.

Durante aquel periodo Patton continuó con su carrera militar, en caballería y en tanques; en 1940 fue ascendido a general y empezó a prepararse para la segura entrada en guerra de su país.

Su primera acción de guerra se produjo en 1942 durante la operación Torch: tras la rendición de Francia, los alemanes se habían adueñado de las posesiones francesas en el norte de África; de manera que los aliados diseñaron la operación Torch y avanzaron sobre Túnez para barrer al temible Afrika Korps de Erwin Rommel.

Una vez en África, la impulsividad de Patton chocó frontalmente con otro jefe militar aliado, de personalidad también dominante pero muy distinto a él: distante, antipático, soberbio, el general británico Bernard Montgomery —ascendido en campaña a mariscal— rivalizó con el vehemente y orgulloso Patton.

Pese a todo, ambos formaron un tándem genial que tras expulsar a los nazis de África liberaron Sicilia cada uno por su lado. Por cierto, Monty iba tan sobrao que cuando quería se iba a la guerra con su cómodo pantalón de pana, su jersey y una boina negra militar con las insignias de tanquista y de mariscal. Patton limitaba sus extravagancias a lucir un pistolón Colt con cachas de nácar blanco y sus iniciales.

En Sicilia, Patton protagonizó un incidente muy famoso que le iba a dejar en el dique seco durante más de un año. Si habéis visto la excelente película sobre Patton, con su tocayo George C. Scott como protagonista, sin duda recordaréis la escena. El general entra en un hospital de campaña a reconfortar a los heridos, y allí se encuentra con un soldado presa de los nervios. Patton le llama cobarde y le abofetea. En realidad, los que fueron objeto de las iras del californiano fueron dos soldados, maltratados en momentos diferentes: Charles Kuhl y Paul Bennet.

Se dice que aquellos soldados no eran cobardes —¿y quién no sería cobarde bajo las bombas?—, sino que tenían fatiga de combate. También se dice que el propio Patton podía estar sufriendo los efectos del shock traumático, esto es, que a aquellas alturas del partido estaba desquiciado. En cualquier caso, el incidente sublevó a los padres y madres americanos, dispuestos a que sus hijos muriesen por América pero no a que mientras tanto fueran maltratados por sus jefes. El máximo jefe militar aliado, el general Dwight Eisenhower —Ike— le obligó a disculparse, le relevó del mando y se lo llevó de vuelta a los EEUU durante cerca de un año, hasta que en primavera de 1944 le pusieron al mando de... ¡un ejército de goma!

En efecto, el siguiente destino del general Patton fue el 1º Grupo Militar de EEUU (FUSAG), un ejército ficticio con soldados inexistentes y tanques hinchables. Resulta que los aliados querían engañar a Hitler y a su alto mando haciéndole creer que el desembarco sería en la zona de Calais; que lo que iba a pasar en Normandía no era más que un señuelo para despistarles. Para ello inventaron toda una infraestructura acompañada por falsos tanques y aviones, miles de soldados que intercambiaban mensajes falsos por radio, instalaciones de atrezzo... y pusieron al frente, bien visible, al temido y prestigioso Patton.

En efecto, cuando los espías nazis detectaron a Patton en la zona de Calais tuvieron clarísimo que iba a ser él quien liderase el desembarco en la «fortaleza europea». ¿Quién mejor que él? Aquel engaño, conocido como Operación Fortitude, fue un éxito: cuando los aliados desembarcaron en Normandía, los nazis dijeron: «¡El señuelo! Morigeración. No entremos al trapo y no nos marchemos de Calais, que pronto llegará el general Patton». No fue así; los nazis se tragaron el anzuelo por completo. Cuando Patton pisó por fin Francia, los aliados habían hecho retroceder el frente muchos kilómetros en dirección a Berlín.

«El viejo sangre y agallas», como le llamaban sus soldados, iba a tener un papel decisivo en los momentos finales de la guerra europea. Patton penetró en Francia al frente del III Ejército, con sus queridos tanques, y fue barriendo Francia de nazis como una escoba de esparto limpiando por fin un suelo lleno de excrementos.

Entre otras acciones, tuvo un papel fundamental para frenar la última ofensiva de los nazis, que se llevó a cabo en Las Ardenas, el bosque presuntamente impenetrable. Aquel fue el escenario escogido por los alemanes para tratar de devolver a los aliados al mar en las Navidades de 1944. En aquella ocasión, los nazis lograron sembrar el caos en las líneas aliadas atestándolas de falsos soldados americanos que lo embarullaron todo. Muchos fueron fusilados por espías. El propio general Bradley, la voz de la sensatez en aquella cúpula militar llena de prima donas —Patton, Monty, De Gaulle— se quejaría amargamente de que los soldados habían estado a punto de detenerle en un control al dudar de su identidad. Pudo convencerles respondiendo a preguntas que solo un yanqui de verdad podía saber, como qué equipo había ganado la última liga de béisbol o quién era la novia del ratón Mickey, y ahí están las hemerotecas, que no me dejarán mentir.

Finalmente, los hombres de Patton llegaron al Rin, la frontera entre la civilización occidental y los godos desde los tiempos del César, y el militar se hizo su famosa foto orinando, con chorrito incluido, marcándole el territorio a Adolf como hacen los perros en los árboles de mi barrio.

Tras entrar en el Reich, los americanos tuvieron la primera experiencia directa de los campos de concentración nazis al liberar Ohrdruf (dependiente de Buchenwald). Al ver aquellas escenas, los oficiales llamaron al mismísimo Eisenhower para informarle de aquella aberración. Ike no se lo creyó hasta que no lo vio con sus propios ojos. Queda para la historia que Patton se puso enfermo, y estuvo a punto de vomitar, al ver a qué estado habían reducido los nazis a los prisioneros. Matar de hambre, frío y palizas a civiles desarmados quedaba muy lejos de las coordenadas de aquel noble soldado de tanques.

Los nazis se rindieron en mayo de 1945, los japoneses en septiembre... y Patton no tardó en ser relegado una vez más. Su anticomunismo, y su incapacidad para la diplomacia, le hicieron indisponerse con los soviéticos, que aún seguían siendo aliados de su país aunque estaba comenzando la Guerra Fría.

Después de un par de declaraciones bocachanclas, Ike le relegó a una unidad burocrática; entonces un Patton amargado, sabedor de que ya no lucharía en más guerras y receloso del avance comunista por todo el planeta, empezó a plantearse dejar el ejército y volver a casa con los suyos.

Sin embargo, el 9 de diciembre de 1945, hace 75 años, su jeep se empotró contra un camión militar. Patton sufrió lesiones gravísimas y pasó varias semanas en el hospital, con la médula lesionada, sin poder moverse, hasta que falleció en Heidelberg (Alemania) el 21 de diciembre. Tenía 60 años.

Tras su muerte sus restos mortales iban a sufrir un periplo de cementerio en cementerio. En la actualidad su tumba ocupa un lugar destacado en el Cementerio Americano de Luxemburgo, junto a miles de soldados caídos en combate.

Años más tarde su hijo, George S. Patton IV, alcanzó el grado de general. Sirvió en las guerras de Corea y Vietnam y fue destinado a Alemania, donde entabló amistad con el político alemán Manfred Rommel, hijo del eterno enemigo de su padre.

En fin, amigos y amigas; esta es la historia del general George S. Patton Jr., un hombre de trato difícil, noble, terco, arrojado, orgulloso, amante de su país, de su condición militar e interesado por los avances en el arte de la guerra.

Termino diciendo que la guerra es mala, es una palabra de 6 letras que empieza por M, aunque en 1939-45 guerreros como Patton, y muchos millones más, libraron al mundo de aquel mal absoluto que fue el nazismo. DEP al general, a todos ellos, y GRACIAS por su servicio.

 

Antonio Marcelo.

@AntonioM_Libros