12/01/2021

La culpa es de la hostelería y os diré por qué

Este lunes el gobierno regional anunciaba nuevas medidas para atajar la tercera ola de la pandemia. Y (¡oh, sorpresa!) la hostelería vuelve a cerrar por tercera vez en menos de un año. La hostelería, hay que recordar, produce el 6% del PIB y genera 2,5 millones de empleos, es decir, el 12% del total de personas que trabajan en España dependen de este sector tan en boga por gentes cuyo jornal no depende de tirar cañas. Desde el inicio de la pandemia se ha demonizado al sector y se ha usado como diana para justificar una subida de casos. No sin quedarme muerto, he visto a gente consumir en restaurantes después de pedir diariamente por redes sociales el cierre de estos. Es el signo de estos tiempos: haz lo que yo predigo, no lo que hago.

Los datos, sin embargo, arrojan una realidad distinta: sólo 3 de cada 100 contagios tienen su origen en los bares. Desde mayo, dos establecimientos por cada provincia han generado un brote, según datos oficiales del Gobierno. Y esos contagios, en el peor de los casos, son de personas que están sentadas en la misma mesa junto al contagiado. La otra porción del quesito corresponde al contacto entre los propios trabajadores (como en cualquier empresa) y el contagio tiene su origen fuera del lugar de trabajo. No conozco a nadie que conozca a alguien que haya contagiado a un camarero o a otro cliente de otra mesa. Sin embargo, uno de los motivos de los cierres de bares es el siguiente: el virus se transmite por aerosoles, que son partículas que van circulando de un lado a otro por un espacio cerrado y cualquiera lo puede absorber como el olor grasiento de una barbacoa en los dibujos animados. De ser así, todos los camareros ya se habrían infectado. De hecho, si realmente fuera así y el riesgo fuera tan alto, los bares y restaurantes deberían estar cerrados desde marzo. Pero, como decía antes, ningún cliente sentado sin mascarilla en el momento de la ingesta ha contagiado a un camarero. 

Si partimos de la premisa de que un contagiado puede transmitir el virus al resto de comensales de su mesa, especialmente a los que tiene inmediatamente al lado, podemos preguntarnos por qué se normaliza el cierre de bares cuyo quórum máximo en una mesa es de seis personas y se autoriza un máximo de diez personas en las cenas navideñas (o veraniegas) donde, para más inri, ni se va con mascarilla, ni hay geles ni se respeta la distancia de seguridad.

Otro de los motivos para el cierre de bares que arguyen los gobiernos es que en algunos establecimientos de copas la muchachada se descontrolada y no garantizan las medidas de seguridad exigidas. Esto sería creíble si Sanidad ordenara el cierre de estos establecimientos, dejando trabajar a todos los demás que cumplen con las normas, que son la grandísima mayoría. 

Lo cierto es que, tanto el que va a un restaurante como el que va a un bar de copas, asume un riesgo mucho menor que cuando es convocado a reuniones privadas de amigos o familiares. En estos encuentros semi clandestinos, (repito) las medidas de seguridad son nulas, todo el mundo acude sin mascarilla, sin guardar la distancia de seguridad, sin geles hidroalcohólicos y, en muchos casos, superando con creces el máximo de seis personas permitidas en un restaurante. Entonces, si el lugar más seguro para un encuentro es un bar, ¿por qué los cierran? Os diré por qué.

Lo único realmente efectivo para detener al virus es el confinamiento total. Puesto que es una medida desastrosa en términos económicos, sacrifican a un sector que, por si fuera poco, tiene fama de jaranero. A fin y al cabo, es ocio. Los bares son el punto de encuentro del día, ya sea con el café, el periódico, el aperitivo o unos vinos. Ir al bar es la excusa para socializar más allá de las redes sociales. Si los bares están cerrados eliminamos el mejor pretexto para salir a la calle, para ir de turismo a otra ciudad, incluso, para hacer recados o comprar en el comercio de proximidad. El bar es el hilo conductor de la vida social, una especie de banda sonora de nuestra vida. Sólo había que ver cómo estaba Águilas en noviembre: calles sin gentes, comercios sin clientes y silencio. Y “solo” cerrando los bares. Es decir, cerrar la hostelería es un mini confinamiento. Esto, obviamente, no lo van a reconocer. Es imposible que nuestros gobiernos reconozcan esta paradoja porque es indefendible (y seguramente ilegal) alegar el cierre de bares porque así, por poner un ejemplo, los ciudadanos de Lorca no bajarán a Águilas, aunque sea más peligroso juntarse en una comida entre amigos en una casa privada que en un restaurante. El factor social que representa la hostelería es tan grande que es preferible cerrar el sector y asumir los contagios que habrá en círculos privados surgidos por el cierre de los bares. Es decir, los bares atraen más contagios, aunque estos contagios sean menos probables que se produzcan en dichos establecimientos que en una casa de campo.

Esta paradoja, por más inverosímil que parezca, encaja todas las piezas. Porque no quiero pensar que los políticos sean tan inútiles en sus funciones que disparan moscas a cañonazos. Quiero pensar todo lo contrario, que estas medidas son las mejores, el mal menor, y la hostelería es la víctima sacrificada en medio del fuego cruzado.

Pero os diré otra cosa: la hostelería no es gilipollas. Se comerá otro sapo más, volverá a sacrificarse una vez más, pero la gestión política de la crisis es una herida difícil de suturar. Desde la pasada primavera todos los gobiernos han tenido tiempo de sobra para planificar y preparar distintos escenarios sobre qué realidad nos podíamos encontrar con la entrada del frio. Lo que está sucediendo es, por otra parte, previsible: las olas víricas se irán sucediendo hasta que nos inmunicemos todos. A ningún gobierno le ha podido pillar por sorpresa. Sin embargo, las medidas parecen muy improvisadas e incoherentes (cierre de la hostelería a las 23,00), tomándonos por tontos (tranquilos, adelantaremos la cena a las 20,00) y sin ayudas inmediatas nada más anunciar un cierre sectorial (todavía no se han prorrogado los ERTES para trabajadores ni aprobado nuevas ayudas a fondo perdido para autónomos). Y por encima de todo, la madre del cordero: privan del derecho a trabajar, pero mantienen las obligaciones de pago. La próxima vez que un político rasgue sus vestiduras para hablar de Venezuela o Irán, un hostelero le recordará que en su país cerraron empresas a la fuerza y les obligaron a seguir pagando sus facturas, alquileres e impuestos. Hay que tener los cojones bien grandes para ejercer la política sin el más mínimo pudor usando a la hostelería como arma contra el adversario político y a la vez ponerse el traje de verdugo para ejecutarla. Ya decían antiguamente que es muy fácil rasgarse las vestiduras cuando tienes el armario lleno de camisas.

Artículo de opinión

Fdo. Alfonso Soler