07/02/2021

¿Y si en 2022 tampoco hay carnaval?

Oí recientemente suplicar a la alcaldesa de Águilas y al concejal de Carnaval que en estas fiestas nos quedáramos en casa con la promesa de cambiar la mascarilla por la máscara en la siguiente edición. Pero, ¿y si en 2022 tampoco hay carnaval? ¿Puede alguien asegurar que dentro de un año la Covid-19 ha retrocedido definitivamente? Desde el inicio de la pandemia siempre nos hemos puesto en lo mejor y nunca se han cumplido las expectativas. Al principio nos aseguraron que el virus era chino y que el impacto en nuestro país sería residual. Llegó el confinamiento y nos prometieron que el encarcelamiento domiciliario duraría un par de semanas, lo justo para que el virus pasara de largo. La quincena fueron meses; nos pidieron salir a nuestros balcones a aplaudir a los sanitarios y vislumbraron que de esta saldríamos mejores como personas y como sociedad. Pronosticaron que en el segundo semestre del año pasado la economía saldría disparada hacia arriba y los cines, teatros, festivales, bares y calles estarían atestadas de gentes felices y despreocupadas de un virus que ya se fue. Como el virus no se iba, anunciaron que para finales de año estaría la vacuna, nuestra panacea para volver a la normalidad. Sin embargo, las nuevas cepas resultantes de la mutación del virus parecen más contagiosas y más mortales que las primeras, justo lo contrario a lo vaticinado que apuntaba a que, como todos los virus, su virulencia iría menguando y que acabaría por ser un virus menor o, como mucho, estacional como la gripe. Ahora mismo, nadie puede garantizar que las nuevas variantes del virus no vayan a esquivar a las vacunas. También sabemos ahora que estas primeras vacunas no te libran de contagiarte ni de contagiar a otros. Igual es momento de ponerse en lo peor y diseñar escenarios en los que el virus seguirá ahí fuera con nosotros durante un buen tiempo.

Durante todo un año hemos estado despejando el balón del área con la certeza de que ganaríamos el partido simplemente por una cuestión de tiempo. El virus acabaría agotado de atacarnos. Pero el tiempo pasa y el partido lo estamos perdiendo. Lo que iba a ser una crisis de liquidez pasajera y coyuntural empieza a amenazar próximamente con derivar en una crisis estructural parecida a la de 2008. Leo en el periódico regional La Verdad que unos 1.500 bares y restaurantes en la Región de Murcia ya han cerrado debido a la pandemia. Este dato simplemente es la mecha de una bomba que estallará si la pandemia sigue su curso. El dinero es finito: las ayudas son insuficientes y los ERTES no serán eternos. Cuando caiga el sector de la hostelería (y al alimón el hotelero y el del ocio en general) irán detrás los demás: primero el comercio, luego el resto de empresas industriales y acabará por afectar a la Bolsa y al sistema financiero, hasta llegar también al sector público, precisamente el más imprescindible en estos tiempos. La deuda será insoportable y el sistema colapsará. De seguir así, que no haya carnaval dentro de un año será la menor de nuestras preocupaciones. No hace falta ser un analista económico de los que salen en la televisión para saber que una fuerte subida del desempleo acarrea una disminución del consumo y sin consumo, adiós muy buenas. 

No me gusta lo que escribo y deseo que el curso de la pandemia vire 180 grados, pero el cansancio mental provocado por esta situación viene generado también por las falsas expectativas que nos llegan a diario. Es posible que el año que viene Águilas celebre su carnaval sin mascarilla, pero también es posible que no. Es posible que las vacunas no hagan desaparecer al virus, pero sí que frenen la mortalidad y la presión hospitalaria, lo que supondría reducir las restricciones y que la nueva normalidad se parezca, por fin, a la antigua. Es posible que nuevos medicamentos curen la enfermedad y nos hagan ganar más tiempo. Pero puede que no, que el 2021 sea peor que el año pasado y que el 2022 no sea mucho mejor. Así que bien harían los gobiernos en trazar un plan alternativo al mundo feliz que nos prometen y no llega. 

Sé que este articulo está basado en condicionales, pero, ¿acaso no han cimentado nuestros gobiernos sus predicciones sobre muros de barro? ¿No es mejor mirarse frente al espejo y hablar claramente de todas las opciones posibles antes de asomarse permanentemente al frágil balcón del optimismo? Dejemos de convertir falacias en aforismos porque puede que todo salga bien. O no.

Artículo de Opinión: Alfonso Soler