21/02/2021

El lobo en el Sureste y las sierras del entorno de Águilas

El lobo, más conocido con el nombre científico de “Canis Lupus”, es un mamífero placentario del orden de los carnívoros y de familia de los Cánidos. Son animales muy inteligentes, de sentidos muy desarrollados, especialmente la capacidad olfativa. Los lobos viven organizados en manadas, que por lo general no suelen superar los quince o veinte miembros como máximo, y cuya estructura jerárquica está muy marcada, teniendo un marcado comportamiento territorial.

Ha sido honrado por diversas civilizaciones. Las muestras en este sentido serían abundantes como puede verse en la región. En el arte Ibérico, tenemos en Moratalla la conocida como “Diosa de Salchite” (Siglo I-II d.c.) vinculada a la figura del lobo, indicando la veneración que se le tenía. En Lorca apareció una fíbula lobuna simétrica Celtibérica de dos cabezas en el Cerro del Calvario de Coy (Siglos III-II a.c.), siendo un elemento de distinción social. Durante el periodo romano el lobo tendrá enorme importancia, siendo el símbolo de Roma. En este sentido, en Águilas, en la Calle San Juan, se encontró un fragmento de metopas de época romana con una escena del amamantamiento de Rómulo y Remo por una Loba (Siglo II d.c.).

Las historias que se cuentan sobre ellos son numerosas, formando parte del acervo cultural del pueblo. Indicar que, a nivel popular, la primera luna llena del año se llama “Luna de lobo” por ser cuando la especie suele reproducirse, alargando la frecuencia de su aullido. Los nacimientos de las crías son entre febrero y abril, recogiendo el escritor murciano Pedro Díaz Cassou en su “Almanaque folclórico de Murcia” de 1893 el refrán “El primer día de mayo corre el lobo y también el verano”, por ser cuando los lobeznos inician su actividad acompañando a las manadas.

Durante la antigüedad, fue el mamífero con mayor área geográfica de distribución natural del hemisferio norte, extendiéndose por toda la región paleoártica. La persecución hizo que fuera erradicado en la mayor parte de Norteamérica y Europa Occidental. En la actualidad es abundante en Canadá, Alaska y la mayor parte de Asia septentrional y central. En Europa es abundante en Rusia, los países del Este y la Península Ibérica, con poblaciones menores en Escandinavia y en todas las penínsulas mediterráneas. Recientemente ha recolonizado Francia y Alemania.

En la Península Ibérica, el lobo redujo su área de distribución durante los siglos XIX y XX. La toponimia delata su presencia en este entorno en un tiempo pasado, de esta manera tenemos en la Sierra de Almenara el Barranco del lobo, en el término municipal de Águilas; el cortado de los Loberos, en Morata; Barranco de los Lobos en la Carrasquilla; y el Caserío de los Loberos en Ramonete. En un área cercana está el pueblo de Los Lobos, en Cuevas de Almanzora, Barranco de la Lobera en Mazarrón, el Barranco del Lobo en Fuente Álamo y el Cerro de la Lobera en Puerto Lumbreras.

A partir de 1970, los lobos del noroeste se recuperaron y ampliaron de forma muy notable su territorio, habiendo superado el Duero. En la actualidad, ocupa un área continua en el cuadrante noroccidental de unos 120.000 km2; además, en Sierra Morena queda una pequeña población relicta y aislada. La población reproductora del noroeste ocupa la mayor parte de Galicia y Castilla y León, gran parte de Asturias y Cantabria y pequeñas porciones de Álava, Vizcaya, La Rioja y Guadalajara y el extremo noroeste de Portugal.

Las poblaciones peninsulares se dividieron, a principios del Siglo XX, por el zoólogo Ángel Cabrera en dos subespecies, por su carácter fenotípicas y morfológicas particulares, levantando polémica por no haber podido aportar pruebas sólidas. Una era el “Canis lupus Signatus”, que es el lobo corriente que ha sobrevivido. La segunda “Canis lupus deitanus”, propia del levante, era de pequeño tamaño chacaloide relacionada con otras especies norteafricanas de la misma categoría descubiertas recientemente, sería la que había habitado en nuestro entorno. En este sentido, en 1795 el Jesuita José Montesinos, Catedrático de Humanidades, señalaba que en los montes de Torrevieja “se crían algunos lobos, pero son medianos”. Igualmente, en 1858, el naturalista alemán Alfred Edmund Brehm acerca de su comportamiento indicaba “Los ejemplares que yo he visto eran, sin duda, más pequeños que los de Polonia y Galicia de los Cárpatos; procedían del sur de España. Aquí viven no solamente en las sierras, sino que sorprendentemente bajan a la llanura, cubierta de esparto, entre otras gramíneas silvestres, o se esconden en las sementeras”, aludiendo que “sólo se teme al lobo como alimaña del ganado” por resultar medrosos. Unas informaciones que podría demostrar que se trataba de otra especie.

Las primeras referencias que aparecen de lobos en la Región de Murcia son de la prehistoria, dentro del arte rupestre levantino en la Fuente del Sabuco en Moratalla. Hasta la Edad Moderna contará con abundantes recursos por la variedad de comunidades vertebrados que habitaban en las masas arbóreas de la región. El Corzo permanecerá en montes de Murcia y Albacete hasta el Siglo XIX. El Ciervo estaba bien distribuido, alcanzando hasta la zona costera los Siglo XIV-XV, siendo consumida su carne denominada como “salvajina”. El Jabalí era abundante en la Edad Media hasta el Siglo XVI- XVII y La cabra montesa ocupará las montañas de la región hasta los Siglos XIV-XVI. El único depredador que tendrá será el oso, que desaparecerá en el Siglo XVI.

Otro aspecto serán las características demográficas históricas de la región que permitirán su pervivencia hasta el Siglo XIX.  El único periodo donde se produce un crecimiento urbano de núcleos costeros será durante la ocupación romana, con la actividad comercial. La etapa visigoda habrá un proceso de ruralización del poblamiento los Siglos VII-VIII, emplazándose las ciudades en lugares protegidos fortificados, desapareciendo las poblaciones marítimas como Águilas o Mazarrón y las villas del campo. El vacío poblacional se mantuvo con la llegada de los árabes, quienes se instalaron desde finales del Siglo X al Siglo XIII en pequeñas haciendas de ámbito rural. La ocupación castellana del territorio, en el Siglo XIII, supondrá una desarticulación de las comunidades campesinas, quedando amplios espacios deshabitados. En Lorca, las pequeñas alquerías ubicadas en la Almenara (Ugijar, Feli, Aguaderas, Chuecos, Tebar, Amir) serán abandonados sin que se produjera un recambio poblacional.

El problema demográfico se mantendrá los Siglo XIV-XV, conformando el Reino de Murcia un territorio prácticamente despoblado: La expulsión de los mudéjares por la rebelión que protagonizaron y la marcha de los musulmanes con la conquista, los enfrentamientos civiles de Manueles y Fajardos, las epidemias de peste, la dureza de las condiciones climáticas, la naturaleza indómita de tierra de frontera, como un enclave de Castilla, entre el Reino de Aragón y el Reino musulmán de Granada, hicieron de la vida en este territorio una dificultad limitándose el poblamiento a las ciudades amuralladas. El Valle del Guadalentín sufrió especialmente las incursiones musulmanas, convirtiéndose en una marca fronteriza, no quedando aldeas aéreas rurales en el término de Lorca.

La expansión de los despoblados tendrá como consecuencia que grandes extensiones de tierras quedaran incultas, ampliándose la superficie forestal y los pastizales orientándose la economía a la ganadería. Este vacío demográfico supondrá una recuperación de la fauna, hablando los testimonios del regreso del oso a las sierras, de ciervos en las proximidades de las murallas de las ciudades y de la proliferación de lobos que se convertirán en un peligro por su cercanía a los núcleos urbanos. El lobo era abundante en esta época en toda la región de Murcia, iniciándose su persecución sistemática en todo el territorio alentada por las autoridades. Los métodos empleados eran mediante perros, trampas, venenos y la eliminación de las camadas. En Murcia, el pago de la cabeza de lobo capturada era de diez maravedís 1427 y en 1468 de cincuenta por el aumento de estos. En 1480, las manadas de lobos frecuentaban la huerta y los arrabales de la capital murciana.

En esta época los bosques y campos lorquinos eran habitados por una variada fauna. Una provisión real de 1554 indicaba que “Los vezinos de esta Ciudad, puedan en las marinas, y otros términos despoblados, matar con ballesta, Benados, y Cabras monteses y Puercos Jabalís, como se hace en todo el Reyno de Granada. Porque en no poderlos cazar de la dicha manera, se dexa de usar la ballestería. Que tan necesaria es para esta Ciudad, que tiene más de doze leguas de Costa de mar, donde los Moros se llevan cautivos muchos Christianos”. La despoblación del ámbito rural favorecerá el desarrollo de la cabaña ganadera en los pastizales de las marinas, convirtiéndose el lobo en el mayor de los predadores. Igualmente, el miedo que despertaba dificultará que se ocupen las sierras litorales. El concejo lorquino premiará su eliminación por los perjuicios que ocasionaba, recompensando a los cazadores que presentaran pruebas de su caza o muerte, ya fueran lobeznos, orejas o algún ejemplar. La alcaldía de Lorca, en 1508 establecía en su término un precio de 200 maravedís por camada o lechigada de cuatro lobeznos. Igualmente, el municipio pagaba las zarazas, masa hecha con vidrio molido, agujas y veneno metidas que servían para acabar con algunos ejemplares, recibiendo además dinero los que las colocaban.

Los Siglos XVI-XVII no se producirán cambio del índice demográfico por las incursiones de la piratería en el litoral desde las costas de Argelia, siendo un periodo de crisis general en el reino. La tradición ganadera se mantendrá motivada por la inseguridad, quedando sin poblar el campo de Cartagena y la costa de Lorca. Los intentos de ampliar tierras de cultivo fracasarán por la presencia de este cánido y las fuertes sequias. El Siglo XVIII se produce una lenta recuperación del medio rural de la Almenara, repoblándose las antiguas alquerías, iniciándose la roturación de las tierras para destinarlas a cultivos. Las masas boscosas que quedaban serán deforestadas a mediados siglo para hacer carbón, desapareciendo en poco tiempo. Esto supondrá el inicio del declive de los vertebrados que habitaban el lugar. En el momento de la fundación de Águilas, la desolación de los montes era evidente. La falta de alimentos hará que llegue hasta las llanuras costeras. Una carta del diputado de Águilas informaba al corregidor de Lorca en diciembre de 1778 “Por varios labradores se me ha hecho saber que sin pérdida de tiempo diese parte, como en estas marinas de Cope y Águilas andan muy frecuentemente unos cuantos lobos haciendo bastante estrago en los ganados y aún de día, han sido vistos muy frecuentemente, por cuya causa esperamos licencia de V.S. para una correría de estos perversos animales”. No resultaba algo aislado, pues en Cartagena en 1787, los ganaderos pidieron al ayuntamiento que dictase providencias pues "...hallándose este término y especialmente la costa de Poniente con mucha abundancia de lobos, ejecutando muchos perjuicios a los ganados, y que cada día se harán más considerables si no se extinguen estos nocivos animales, que se ven en tanta abundancia que hasta con los mastines de los ganados destruyen. Igualmente, en Murcia un edicto de 1786 urgía al regidor de Murcia a tomar medidas para perseguir a los lobos de Carrascoy que atacaban al ganado de la falda de la sierra. El deán de Baza Antonio José Navarro en su libro de viaje de 1789 habla de lobos en la Sierra de María en Almería y en la de Los Filabres en Granada.

El inicio del S XIX, los lobos serán habituales en el Sureste. El naturalista Simón de Rojas, en su obra “Historia Natural del Reino de Granada” de 1805 recoge que en Carboneras un lobo se había comido a un hombre en el camino de Almería. El Diccionario Enciclopédico de Pascual Madoz habla de la presencia de este cánido a mediados de siglo en el Valle de Almanzora (Albox, Cuevas de Almanzora), Los Vélez (Vélez Rubio) y las sierras litorales (Mojácar, Carboneras, Garrucha) suponiendo el inicio de la actividad minera su desaparición. En esta misma obra refiere lobos en la provincia de Granada en Galera, Huéscar y Puebla de Don Fabrique, además de la sierra de Baza- Los Filabres y Sierra Nevada, acabándose con ellos.

Lo mismo pasar en Murcia, donde hasta mediados del Siglo XIX era abundante. En Cartagena, la minería supondrá su desaparición. El empresario minero Miguel Zapata “El Tío Lobo” (1841- 1918) recibirá este apodo por enfrentarse a unos lobos que atacaban sus reses. Igualmente, la Cuesta del Cedacero en el camino de Isla Plana a Cartagena recibe este nombre porque un comerciante de cedazos se hizo de noche en el lugar. Una manada apareció, subiéndose para escaparse a un risco, lanzándole cedazos para ahuyentarlo, pero será devorado por no tener con qué defenderse.        

En Lorca, el consistorio aún pagaba en 1830 por un lobo 8 ducados y el doble si se trataba de una loba. Esa cantidad podía alcanzar los 24 ducados si era una loba con crías, nombrándose entre las principales zonas de capturas ese año la de Ramonete. La tradición oral testimonia la presencia de lobos en la Sierra de Almenara hasta mediados del Siglo XIX, refugiándose con el apogeo minero en las áreas más retiradas en los montes del Puntarrón y Morata. Igualmente, en la cercana sierra de la Carrasquilla habitaban en los cerros de las Cruceticas y la Zerricherra. En época de escasez o crianza, iban a los cortijos o atacaban al ganado por lo que podían resultar peligrosos para las personas. Sobre este tema, Pablo Díaz Moreno, nacido en este enclave serrateño, indica que en la zona del Aljibejo, en una ocasión, una niña desapareció, encontrando a los pocos días en una lobera el pie de esta por habérsela comido los lobos. Para acabar con este peligro hacían batidas en la zona. En una se dejó una burra en el cortijo de los Carrasco como cebo, escondiéndose varios labradores para dispararles, pero cuando vieron aparecer una manada se asustaron no haciendo nada. Los transeúntes que atravesaban las sierras cercanas tenían por este motivo que ir armados con una escopeta para defenderse. En caso de que fuera de noche, quemaban hachos de manojo de esparto porque con el fuego no se acercaban. Para encenderlos se usaba una piedra de cuarzo llamada sal de lobo, con la que se hacían chispas percutiéndola, espantándolo cuando prendía el esparto.

Han podido mantenerse por tradición oral algunas historias de cuando habitaban estas sierras. Dos labradores que hacían un pajar no regresaron a casa por el calor, quedándose a dormir. Uno se quedará arriba y el otro abajo, tapado con una manta. El que estaba en alto se levantó de madrugada para orinar viendo unos lobos que se acercaban, avisando a su compañero dándole una soga para subirlo. Los dos lobos llegaron agazapados cogiendo la manta que estaba usando el labrador, rompiéndola en dos partes y marchándose. En una ocasión, un pastor que iba con otro compañero, por resultar más fácil defenderse si eran atacados por lobos, se quedó solo con su rebaño, viniendo en ese momento varios, espantándose el rebaño. Este intentó defenderlo lanzando piedras, pero lo acorralaron teniendo que subirse a un pino para protegerse, no habiendo nadie cercano que pudiera socorrerle. Los lobos cuando terminaron se alejaron, pudiendo observar al bajarse que habían matado la mitad del ganado. Otro relato cuenta que un muchacho fue a ver a su novia, haciéndosele de noche para regresar. Intentó prender un hacho de esparto, pero había llovido y estaba humedecido. Probó a encenderlo varias veces con la piedra de sal de lobo, pero resultaba inútil, empezando a escucharse cercanos aullidos. El padre, que había visto que era tarde, salió para buscarlo con una escopeta, pero el joven al oírlo cerca se asustó, por lo que las piedras se le cayeron dejando de hacer chispas y atacándole los lobos. Los intentará espantar el progenitor disparando, pero no podrá hacer nada por salvarlo. El último lobo de la Sierra de Almenara fue matado sobre 1860 en el barranco de los Loberos. En la Carrasquilla sería en la misma época en el Cabezo del Cepo de la Zerrichera, donde estuvo la última lobera que recibe este nombre por haberse capturado mediante este artefacto.

El declinar del lobo comienza a ser evidente en el sureste la segunda mitad del Siglo XIX, prolongándose hasta el Siglo XX por el uso de la estricnina. Las fuentes hablan todavía de lobos en Alhama en 1846. Pascual Madoz, en su Diccionario enciclopédico, señala que llegaban a las puertas de Aledo. En Cieza hubo, en 1857, una batida con ciento diez lobos muertos, siendo erradicado de su término municipal. Los datos del Ministerio de Fomento, en 1861 recogen que en la provincia de Murcia se mataron en cinco años 33 lobos. Otro apunte del Anuario Estadístico de España de 1867 sobre alimañas ofrece la cifra en Murcia de 14 lobos capturados, lo que representa una importante recesión en un breve periodo. De Almería no aparece información al respecto, lo que indica su escasa incidencia. Las últimas aéreas en Murcia donde se conservó fueron en el Altiplano, Sierra Espuña y el Noroeste. En Yecla, hacia 1875 será eliminado. Los pagos municipales de erradicación de alimañas no lo incluirán en Totana desde 1882. En la zona de Caravaca y las tierras altas de Lorca, la especie se conservó hasta la última década del Siglo XIX, mientras que en Moratalla estará hasta inicios del Siglo XX. En la provincia de Almería, el último lobo será abatido por un leñador a finales de Siglo XIX en piedra lobera en la Sierra de Lucar. Para acabar con el área circundante, en Granada el último lobo cazado en la sierra de Baza fue en 1920, quedando solo en Sierra Nevada. En 1925 se producirá la última muerte por un lobo en las laderas de la Alpujarra. La última camada de Sierra Nevada fue abatida en 1933, en los Peñones de San Francisco. En la Guerra civil apenas quedaban en las sierras Subbéticas y Cazorla, conservándose en la zona de Sierra Morena. De esta manera desaparecía definitivamente la especie del sureste peninsular, quedando como recuerdo el mito del temor de su aullido atávico para las gentes del lugar.

Artículo de Pedro Francisco Sánchez Albarracín