01/05/2021

La importante afición de las riñas de Gallos en Águilas a principios del Siglo XX

No cabe duda de que unas de las distracciones más curiosas que se realizaban en Águilas a principios del Siglo XX, desde la mentalidad actual, eran las conocidas como las riñas de gallos, que consistían en peleas llevadas a cabo entre ejemplares de una misma raza.

El origen de esta actividad está en el sudeste asiático y China, donde se inició la domesticación de esta ave en el II milenio a.c. Hace tres mil años, estas peleas eran populares en Oriente Medio para los pueblos hebreo y fenicio, siendo consideradas un arte su crianza, difundiéndolas por sus colonias mediterráneas. En los Siglos VI-IV a.c, los comerciantes persas llevarán la costumbre a los mercados del Asia Menor donde negociaban. En el ámbito europeo, tanto la antigua Grecia como Roma, tendrán afinidad por esta práctica como simbolismo de la moral del valor en el combate, siendo introducida por Julio César, en las Islas Británicas. La popularización de este divertimento tendrá lugar durante la Edad Media, especialmente en Inglaterra, Francia y España. Los conquistadores españoles la trasladarán a sus posesiones americanas en los Siglos XV-XVI. Durante el reinado de Enrique VIII se convertirán en un deporte nacional en Inglaterra, adquiriendo importancia incluso como elemento didáctico en algunas escuelas. En Francia, por la repercusión que alcanzará, incluso se convertirá en el emblema nacional del país en el Renacimiento. Los principales presidentes de los Estados  Unidos de los Siglos XVIII-XIX como George Washington, Thomas Jefferson, Andrew Jackson, y Abraham Lincoln serán partidarios de este deporte considerado una muestra del honor del caballero.

En España llegarán de la mano de los romanos, habiéndose encontrando lucernas romanas con representaciones de estos duelos. El área principal donde se realizaban será el sur de la Península Ibérica, donde desde la Edad Media adquirirán fama los gallos jerezanos.  Las peleas de gallos tuvieron un importante auge en el siglo XVII, ligadas a los juegos de baraja y a las apuestas. Durante el Siglo XVIII será un entretenimiento popular también en Extremadura, Cataluña y Valencia, apareciendo la variedad canaria de gallo de pelea. Los combates de gallos tuvieron gran apogeo en las principales ciudades la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. A mediados del Siglo XIX destacarán los reñideros de Écija Almería y Valencia. Durante el reinado de Isabel II será un deporte de moda con circos gallísticos en Madrid y Barcelona. En la Región de Murcia, en la segunda mitad del siglo XIX se construirán cinco en Cartagena y en Murcia el torero Manuel Domínguez visitará en 1870 uno que estaba ubicado en la carretera de Algezares, levantando un enorme revuelo entre los parroquianos de esa pedanía murciana.

En Águilas, el primer lugar donde se celebraron las riñas de gallos fue en el Teatro Circo de la Huerta a finales del Siglo XIX, pasando a inicios del Siglo XX a un recinto propio. El primer cuarto del Siglo XX tendrá un periodo de esplendor. El Circo Gallístico estaba ubicado en un local de la Calle Triana, propiedad de Jaime Navarro. Este contaba con asientos, teniendo en el centro un redondel como reñidero que recibía el nombre de “cazuela” con una barandilla de hierro alrededor.

El local inauguraba la temporada el mes de enero, prolongándose hasta el mes de junio. Las sesiones contaban con numerosos aficionados, cobrándose la entrada y haciéndose apuestas de los combatientes que oscilaban entre las 10-15 pesetas. El día que se realizaban las riñas era los domingos, a partir de las dos de la tarde, retrasándose en primavera cuando se alargaban los días. En la hora que marcaba el reglamento de inicio se pesaban las que iban a participar, tomando nota el secretario de la información para darla al público. Diez minutos antes de empezar tenían que estar en su casillero metidas, no pudiendo abandonarlo hasta su turno. En el caso de presentar alguno con más peso del correspondiente se penalizaba, perdiendo la tercera parte de lo apostado que era entregado al contrario. Igualmente, se medían las puyas y si superaban las medidas reglamentarias eran limadas. El número de combates que se realizaban era acordado previamente entre los interesados. Había una junta directiva encargada de ajustar las peleas, siendo el presidente Francisco Fernández Luna y el vicepresidente Juan Belzunce.

Los dueños de los gallos elegían unos padrinos por cada contendiente, antes de soltarlos, que eran refrendados por el presidente. Estos eran los encargados de hacerlos reñir, volviéndolos uno contra otro a cuatro dedos de distancia. No se consideraba iniciada la lucha si no se había producido tres pechadas de los gallos o se hubieran agarrado de los picos. Los padrinos también se encargaban de defender los gallos en la lucha. En caso de postración del ave desplomándose pasado un minuto, la levantaban dándose por perdida la riña si esto se producía en tres ocasiones. Igualmente, si huía o moría se consideraba que la había perdido. Si un contendiente quedaba ciego, el padrino tenía que arrimarlo al contrario para que continuara hasta en tres ocasiones. De no atacarle el otro, se consideraba como tablas. Había también empate cuando pasaba media hora de combate para debutantes y cuarenta para veteranos. Lo mismo ocurría si los pollos dejaban de pelear durante dos minutos sin que ninguno se postrara. Del mismo modo cuando sus padrinos lo solicitaban de común acuerdo a la presidencia. No se permitía cambiar al gallo del sitio donde estaba peleando hasta terminar la pelea. Los nombres más antiguos que se recuerdan eran los de “El Hilador”, “La Duda”, “El Fuentes”, “El Novillo”, “El Guerra”, “El Candilejas” y “La Bigarda”.

El proceso para prepararlo para su combate en el reñidero se iniciaba desde su nacimiento con su crianza. Cuando tenía ocho meses, al aparecer el celo, era separado del resto, metiéndolo en una jaula aparte, siendo sometido al descrestado, iniciando entonces su entrenamiento. Este tenía lugar en octubre, para que estuviera listo para la temporada. Había que tenerlo en una jaula espaciosa con el piso cubierto de tierra que estuviera a la intemperie de los elementos naturales el mayor tiempo posible, adquiriendo un carácter bronco. Una de las principales zonas que se hacía, por sus condiciones idóneas, era en la Cuevas del Rincón. Entre los galleros o propietarios que había en Águilas estaban: Martínez, Guerrero, Sastre, Mulero y Álvarez.

Cuando se presentaba, se les afilaba los espolones con un cortaplumas o navaja de afeitar, poniéndose una vaina de hierro en el espolón para que los golpes fueran más penetrantes y contundentes. Podían batirse aves del mismo peso entre sí, pero también aquellas que estuvieran tuertas si pesaban más que su contrincante. Otra categoría era las llamadas jacas, gallos que debutaban por vez primera en la arena. Había también los considerados poyos, que era cuando la puya no superaba los veinte milímetros. En algunas ocasiones, a los veteranos se les acortaba el espolón para luchar contra estos, siendo aceptado. Una vez metidos en la lucha no miraban al oponente, defendiendo por instinto de conservación. La pasión se desataba entre los asistentes después de que se hincharan amenazantes, desplegando sus colas en abanico y advirtiendo, con un leve cacareo, que estaban dispuestos al combate.

Los diarios locales “La Opinión” y “Vida Aguileña” recogían en sus páginas los resultados de las riñas que luego eran comentados con pasión por los incondicionales. Uno de los duelos más interesantes fue el que se realizó contra gallos de Lorca, donde hubo ocho combates.

La Opinión 18/4/1912

Por segundos anuncios liliputienses, se dio a conocer al público aficionado a esta clase de espectáculos, que en el domingo último se efectuarían riñas contra gallos de Lorca.

La novedad y al mismo tiempo lo desapacible de la tarde, llevo al Circo alguna gente más que en el domingo anterior y ¡Vive Dios! que salió excesivamente complacida.

La afición empezará a decaer en los años veinte, cerrándose el local. En ese momento se producen las primeras prohibiciones con la dictadura de Primo de Rivera. Los gobiernos civiles no adoptarán posturas uniformes y firmes, delegando casi siempre en los alcaldes la concesión o denegación de los permisos. De esta manera se mantendrán las peleas, haciéndose en patios interiores de casas o en las afueras del pueblo. En los años cincuenta recuperarán cierta popularidad, incorporándose en las fiestas de verano, organizándose riñas a beneficio del hospital contra gallos de Lorca en la plaza de toros y el salón de auxilio social en 1953 y 1954. Igualmente, se hará contra Cartagena con esta finalidad en mayo 1952 y 1954. Los gallos que había entonces eran propiedad de Raimundo Larrea, Francisco Navarro García y Antonio Fernández Resalt y los criadores eran Luis López Alcaraz y Eustaquio García. Las peleas continuarán al cerrarse la plaza de toros en 1958, usando de recinto fábricas de esparto cerradas como la del paso nivel del cementerio o la Cuesta Lotería y lugares retirados del pueblo como el “Barrio del Piojo”. Con la llegada de la democracia serán consideradas como maltrato animal, siendo prohibidas en la Región de Murcia. No desaparecerán, realizándose desde entonces en el Molino y en el barrio del Labradorcico, donde continúan actualmente de manera clandestina, manteniéndose con ello una práctica que como ocurre con los toros es una muestra arcaica de diversión que resulta controvertida.

Artículo del historiador Pedro Francisco Sánchez Albarracín para InfoÁguilas