23/10/2021

Mil horas con Miguel

Cada 23 de octubre, desde hace muchos años, celebro el día de San Juan Capistrano. Y os voy a contar por qué.

La primera vez que oí hablar de Delibes fue en el colegio, de la mano de mi maestro, don Pedro, un hombre sabio, de pueblo a mucha honra e hijo de la misma Castilla la Vieja que don Miguel. En una clase de Lengua, don Pedro nos habló de una novela de Miguel Delibes que consistía en un monólogo –risas por lo bajini al escuchar lo de «mono»–, en una mujer que se pasaba varias horas hablándole a su marido fallecido. Cinco horas con Mario fue mi primer título delibiano, un título perseguido durante más de treinta años hasta que al fin un día tuve la ocasión de leerlo.

Don Pedro fue mi primer hito en la literatura; Alfonso, a secas, fue el segundo. No era castellano sino del viejo reino de León, unido a la fuerza con sus vecinos y rivales en el puzle de la Transición. El primer día en el instituto, Alfonso nos dijo que de las tres horas semanales de Lengua íbamos a emplear una leyendo un libro y nos dio una lista encabezada por El camino.

Esperé hasta el día antes para decirle a mi madre que tenía que comprarme El camino, que al día siguiente tenía un examen sobre el libro, y ella me dio 1.000 pesetas y me mandó bajar corriendo a la librería después de la bronca de rigor. Lo primero que sentí al verlo fue alivio, puesto que era un libro pequeño; lo siguiente fue emoción, in crescendo mientras empezaba a meterme en la historia de Daniel, el Mochuelo, y las de sus vecinos. Jamás olvidaré aquella lectura, aquel café con leche que fui dejando seco a base de meterle una galleta tras otra, de manera maquinal, mientras esperaba el momento en que el padre de Daniel se daría cuenta de que era una injusticia, cómo iba a sacar al muchacho de su pueblo para llevárselo a una ciudad fría y hostil. Como todos sabemos, no fue así; y terminé el libro con una mezcla de rabia... y de frustración, porque aquel libro que al principio había valorado por ser tan delgado no durase 100, 200 páginas más.

La tercera historia de Delibes que cayó delante de mí fue El disputado voto del señor Cayo. Ya me había fascinado un pequeño párrafo en un libro del colegio, aquella paradoja de un pueblo con dos únicos vecinos –la Muda no contaba– que ni siquiera se hablaban; pero ver al señor Cayo encarnado por Paco Rabal, al potente –y sin embargo sensible– diputado Juan Luis Galiardo y a la maravillosa Lydia Bosch... sí, la primera vez que me acerqué a esa obra fue gracias a la película de Antonio Giménez-Rico, y desde entonces tengo varias manías. La primera, ponerme a canturrear en falsete zarzuelesco aquello de Marina, yo parto muy lejos de aquí cada vez que alguien pronuncia ese nombre de mujer, homenaje a uno de mis finales de película favoritos; y la segunda manía es lo que os estoy tratando de contar desde que empecé este artículo, por cuyo enrevesamiento debo pedirle perdón al buen y paciente Paco Albarracín.

Hubo más Delibes que fueron devorados, y que dieron origen a una colección de origen vergonzante, ya que cada libro se lo pedí prestado, para no volver jamás, a un amigo diferente.

Disfruté con Las ratas, ese repaso al calendario, con su carga de refranes, uno de los cuales, Por San Blas, la cigüeña verás, me viene a la mente cada 3 de febrero, a tiempo para felicitar a mis dos Blases favoritos, de subir a las Mercedarias de Lorca a por los rollicos y de desearle a Paco Gómez una feliz romería de La Salud.

Me pasmé con El príncipe destronado, devorando en una sola tarde esa narración puesta en boca de un niño pequeño capaz de contarnos, sin saberlo, cosas como la infidelidad de una madre, la estupidez de un padre o la doblez de una anciana.

Leí el melancólico Señora de rojo sobre fondo gris un día melancólico, en una interminable espera en el Hospital Militar de Valencia mientras a mi hermano le hacían una serie de pruebas de las que iba a depender su futuro. La hoja roja, sobre ese jubilado amante de la fotografía, me proyectó nada menos que al Ferrol, a las antiguas tiendas de fotos, a la relojería de Montalvo donde había trabajado mi abuelo allá por 1920. Las guerras de mis antepasados, ese libro en formato entrevista donde el maestro de periodistas que fue Miguel Delibes supo hilvanar una historia llena de giros de guion, o, por decirlo con las palabras heréticas de nuestros días, de plot twisters, un ambiente bélico, una fuga berlanguiana de prisión... El tesoro, que acabo de comprar a un euro en el mercadillo de al lado de mi pueblo, una historia breve pero demoledora sobre el enfrentamiento entre unos arqueólogos y unos modernos cromañones... Leí el Diario de un jubilado, con el que don Miguel logró la proeza de hacer que el protagonista de la novela nos acabase cayendo mal. El mundo de la ficción está repleto de héroes y antihéroes, pero en la vida real, como sabe todo el mundo, los auténticos protagonistas son los gilipollas.

Y leí El hereje, una obra maestra con la que don Miguel logró terminar su vida literaria con el listón en el punto altísimo, insuperable, en que lo había colocado cuando escribió La sombra del ciprés es alargada a los veintipocos años.

Le debo mucho a Miguel Delibes. Horas de lectura amena y apasionada. Infinitas palabras, expresiones, maneras de ver y transmitir la realidad. El impulso de seguir escribiendo, sin pretender llegarle a la suela de su bota de cazador.

En 2020, en plena pandemia, el ayuntamiento de Valladolid quiso conmemorar el centenario del nacimiento de don Miguel con un libro, Así conocí a Delibes, en el que se publicaron diversos textos de homenaje al escritor; y tuve el inmenso privilegio de que seleccionasen uno de los míos, en el que hablaba de mi maestro, de las cinco primeras horas con Mario y los cientos de horas más que he pasado aprendiendo y disfrutando con don Miguel. Pues el mismo creador que le truncó el destino a Daniel, el Mochuelo, encauzó el mío para siempre, como lector y escritor.

He querido compartir estas vivencias con vosotros en el día de hoy, 23 de octubre, día de San Juan Capistrano. Porque tal día como hoy, en un pueblo burgalés llamado Cortiguera, entre Refico y Cureña, nacía don Cayo Ruiz, hombre austero, sabio, bueno y con retranca, que no se fue a Bilbao porque alguien tenía que hablar con la Muda, renegar de lo testarrón que fue el Paulino, negarle el saludo al vecino y vigilar al lagarto, que ya se sabe que, cuando se envicia, se hace muy lamerón.

Muchas felicidades, señor Cayo; y un millón de gracias, don Miguel.

 

Antonio Marcelo

@AntonioM_Libros