14/06/2016

Artículo de: Alfonso Soler

El no deb4te

El debate que debía despejar alguna duda se convirtió en un no debate de cuatro bustos parlantes que recitaron lo memorizado de carrerilla, como cuando nos hacían enumerar la lista de los reyes visigodos o la tabla periódica. La deshumanización del debate llegó a provocar que cuando uno hablaba, el resto repasaba apuntes. Lo interesante de un debate es bajar al fango, zafarse con el rival y ganarle con tus armas, no con un recetario escrito por los respectivos asesores. No sucedió, salvo en momentos muy puntuales que cortaron torpemente los moderadores.

No ayudó el formato, excesivamente encorsetado, viejuno para estos tiempos y con un ritmo trotón, especialmente si se compara con los organizados por Jordi Évole. Hay que reconocerle a Évole que sea el único capaz de lograr que los contrincantes si quiten la careta y empuñen el cuchillo a la mínima ocasión. Solo Vicente Vallés intentó aliñar la faena con repreguntas incómodas a cuestiones que los candidatos evitaban contestar. Y cuando la cosa se calentó con la corrupción, ya estaba al quite Piqueras y Blanco para calmar los ánimos.

Todo fue muy plomizo, como si el calor murciano hubiera penetrado en el Palacio de Congresos de Madrid y derritiera el cerebro de los aspirantes al trono. Eso favoreció a Rajoy, que aguantó las envestidas como el boxeador que sabe que la única manera de ganar el combate es desgastar por aburrimiento a su contrincante. Uno de los momentos del debate fue cuando a Rajoy le tocó hablar de corrupción. Tras unos segundos interminables donde parecía un motor gripado, al final arrancó en un ataque de sinceridad y vino a decir ‘qué quiere que le diga’.

El presidente en funciones bajó el balón al suelo como Iniesta y durmió el partido. Lo hizo como mejor sabe hacerlo: crear empatía a través de la misericordia. Con esa mueca escurridiza, los ojos en órbita y su tono de voz bajo y lánguido, sus rivales se aburrieron de atacarle y terminaron por echarle en cara su legislatura sin la más mínima pasión. Iglesias buscaba sólo pelea con Rajoy, que no aceptó el envite. Rivera se estrelló en el mismo muro. Y cuando fue el turno de Sánchez, Rajoy acabó por recriminarle que si le tenía manía.

El matrimonio fallido entre PSOE y Ciudadanos no se consumó pero sigue vigente su compromiso. Ambos se disputan una parte del electorado y sin embargo no lucharon por él y sólo Rivera buscó el cuerpo a cuerpo cuando rescató los ERE. Por su parte, Iglesias buscó alianzas socialistas, sabedor de que las encuestas le favorecen, y ninguneó a Rivera no queriendo interpelarle tras llamarle fotocopia.

El otro momento del no debate también lo provocó Vallés, cuando insistió a Sánchez si pactaría con Unidos Podemos, después de que en varias veces Iglesias le emplazaba a un pacto de izquierdas. Era el único tema que de verdad interesaba al espectador, con quiénes pactarían y con quiénes no.

En ese mismo momento ya sabemos que Iglesias jamás se convertirá en presidente del gobierno si depende del apoyo del socialista. El gentleman-Obama blanco- Humphrey Bogart socialista no fue hábil con una respuesta que le hizo perder el debate. Le reprochó que en su momento no le apoyara pero se quedó a medio camino. Y eso que lo tenía bien fácil: “Claro que pactaré con usted, señor Iglesias. Le daré el apoyo si usted consigue más votos que yo, al igual que se lo hubiera dado tras el 20D. Cosa que usted, dicho sea de paso, no hizo conmigo y por eso estamos aquí”. Pero no, se dejó llevar por el rencor personal que tiene contra Iglesias, el único culpable de que él no sea jamás presidente del Gobierno, algo que nunca le va a perdonar. Rajoy, definitivamente, es un hombre con suerte.