Alfonso Soler
Periodista

Y si en 2022 tampoco hay carnaval?

Oí recientemente suplicar a la alcaldesa de Águilas y al concejal de Carnaval que en estas fiestas nos quedáramos en casa con la promesa de cambiar la mascarilla por la máscara en la siguiente edición. Pero, ¿y si en 2022 tampoco hay carnaval? ¿Puede alguien asegurar que dentro de un año la Covid-19 ha retrocedido definitivamente? Desde el inicio de la pandemia siempre nos hemos puesto en lo mejor y nunca se han cumplido las expectativas. Al principio nos aseguraron que el virus era chino y que el impacto en nuestro país sería residual. Llegó el confinamiento y nos prometieron que el encarcelamiento domiciliario duraría un par de semanas, lo justo para que el virus pasara de largo. La quincena fueron meses; nos pidieron salir a nuestros balcones a aplaudir a los sanitarios y vislumbraron que de esta saldríamos mejores como personas y como sociedad. Pronosticaron que en el segundo semestre del año pasado la economía saldría disparada hacia arriba y los cines, teatros, festivales, bares y calles estarían atestadas de gentes felices y despreocupadas de un virus que ya se fue. Como el virus no se iba, anunciaron que para finales de año estaría la vacuna, nuestra panacea para volver a la normalidad. Sin embargo, las nuevas cepas resultantes de la mutación del virus parecen más contagiosas y más mortales que las primeras, justo lo contrario a lo vaticinado que apuntaba a que, como todos los virus, su virulencia iría menguando y que acabaría por ser un virus menor o, como mucho, estacional como la gripe. Ahora mismo, nadie puede garantizar que las nuevas variantes del virus no vayan a esquivar a las vacunas. También sabemos ahora que estas primeras vacunas no te libran de contagiarte ni de contagiar a otros. Igual es momento de ponerse en lo peor y diseñar escenarios en los que el virus seguirá ahí fuera con nosotros durante un buen tiempo.

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La culpa es de la hostelera y os dir por qu

Este lunes el gobierno regional anunciaba nuevas medidas para atajar la tercera ola de la pandemia. Y (¡oh, sorpresa!) la hostelería vuelve a cerrar por tercera vez en menos de un año. La hostelería, hay que recordar, produce el 6% del PIB y genera 2,5 millones de empleos, es decir, el 12% del total de personas que trabajan en España dependen de este sector tan en boga por gentes cuyo jornal no depende de tirar cañas. Desde el inicio de la pandemia se ha demonizado al sector y se ha usado como diana para justificar una subida de casos. No sin quedarme muerto, he visto a gente consumir en restaurantes después de pedir diariamente por redes sociales el cierre de estos. Es el signo de estos tiempos: haz lo que yo predigo, no lo que hago.

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Paco Rabal y la historia que jams contamos al mundo

La actual idiosincrasia aguileña bebe, a mi modo de ver, de cuatro fuentes de inspiración, cuatro líneas genéticas que nos diferencian del resto del mundo: la historia y patrimonio de Águilas, el Carnaval, el estadio de fútbol El Rubial y Paco Rabal. Son cuatro activos que enriquecen nuestra cultura y nos influyen en nuestra forma de encarar la vida, que nos definen dentro de este mundo global y que nos hacen sentir especiales. Aquí no cuento el sol y la playa, que merecería un capítulo aparte y, además, ya nos vino dado por la naturaleza.

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As ha sido mi semana ms paranoica

El sábado estaba de vinos y vermuts en Murcia riéndonos de los super poderes de Murcia, que aún no contabilizaba casos de coronavirus. El jueves, cinco días después, fui a Carrefour a hacer un acopio histérico y desmesurado de cosas mientras del techo caía una voz en off que garantizaba el abastecimiento de más cosas en el supermercado durante la crisis sanitaria. El sábado pasado estaba seguro de que el famoso virus era tan importante como un simple catarro, gripe como mucho, enviado y colocado por los americanos en China en su lucha por ver quién manda en el mundo. El jueves ya no sabía qué pensar: compraba tranquilamente con mi carrito mientras oía esa voz administrativa que parecía surgida de una guerra a la que solo le faltaba las sirenas. Miré las noticias, vi a Italia y escuché que decían que pusiéramos nuestras barbas a remojar. Luego, salí a la calle y todo era normal. Águilas seguía tan bonita como siempre, la gente paseaba de aquí para allá, los bares seguían tirando cervezas. Llegué a casa, abrí Facebook y vi Mercadona vacío de productos, arrasado por el napalm de la angustia. Volví a salir de casa y todo seguía en su sitio. Y me hice la misma pregunta que todo cristo: ¿qué pijo está pasando?

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Vox es el nuevo punk

Vox y Abascal han conseguido lo que nadie hasta ahora: unir en dos días a la izquierda. Después de malgastar varios meses, despilfarrar dinero público en campañas electorales, perder siete diputados y medio millón de votos y protagonizar un bochornoso espectáculo televisado, ahora parece (tampoco descorcharía aun el champán) que la izquierda española se va a poner de acuerdo en un proyecto común gracias a un enemigo común. El miedo ha podido con la desconfianza. Donde antes había insomnio, ahora hay abrazos. Cuando antes la conversación acababa en insulto, ahora se cierra con una firma. El coco viene, un monstruo verde ha salido del Mar Menor y no es pequeño, y las amistades peligrosas de hace unos meses se han convertido en matrimonios de conveniencia. En las caras de estreñimiento ahora se dibujan sonrisas. Esto, principalmente, es la política: una farsa que unas veces nos entretiene y otras, como está pasando ahora, nos etiqueta, nos crispa y nos divide. Pero hasta la vergüenza ajena tiene un límite y a PSOE y a Podemos les conviene de dejar de hacer el ridículo. O a Sánchez y a Iglesias, en concreto. También a ERC, que primero tumbó unos presupuestos eminentemente sociales y favorables a Cataluña para luego rasgarse las vestiduras por la riña entre sus dos primos mayores. Y por si esto no fuera suficiente, parió la abuela y con Errejón y su Frente Popular de Judea terminó de formarse el tinglado.

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De la Virgen de los Dolores al quinto Beatle

Hace cuatro años Mari Carmen Moreno pedía una oportunidad. Lo hizo después de ganar unas elecciones europeas en 2004 cuando era una veinteañera; por entonces los más sabiondos avisaban que por detrás venía empujando una joven socialista con alma de khaleesi pero sin el pelo dorado. Yo la bauticé ‘supernanny’. El próximo sábado, 15 años después, volverá a ser alcaldesa por aplastamiento y con el respaldo de casi ocho mil aguileños.

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Carnaval de plstico

Termina el carnaval, empieza el escrutinio. El balance, que se dice. Los mismos elogios y las mismas críticas de todos los años salen a la luz para abrir debates y tertulias. Lo mejor y lo peor, lo intocable y lo mejorable. Y así matamos el tiempo en estos días primaverales cada año porque no hay mejor tema de conversación que una fiesta tan grande como el Carnaval de Águilas. Y yo me voy a sumar al debate con un sólo tema: el plástico.

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El Carnaval, los nios y el futuro

Es hablar del Carnaval y cruje el cielo de Águilas como si ofendiéramos a los dioses. Empieza a parecerse a un tango: hoy un juramento y mañana una traición. O a un potaje donde se mezclan críticas y homenajes. Es posible que sea el tema local más sensible y en este berenjenal voy a adentrarme, sin la más mínima intención de ofender a nadie. No soy peñista ni tengo conflicto de intereses, así que mi opinión es totalmente desapasionada.

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Cerrado por Mundial

Empieza el Mundial de fútbol, acaba el curso político. Durante un mes, los focos y los micrófonos no estarán en los parlamentos, sino en los campos de hierba de Rusia. Ya solo sueño con la pelota y con el gol de Iniesta; o con el codazo de Tassoti a Luis Enrique, si tengo pesadillas, que tanto me hace hervir la sangre. Abro mi disco duro y ahí están los cuatro goles del Buitre a Dinamarca en México 86, quizás mi primer recuerdo de los Mundiales. También está en un lugar destacado de mi memoria aquel ‘hijos de puta’ que dedicó Maradona al norte de Italia en el 90 y que le pasó factura cuatro años más tarde cuando una enfermera norteamericana irrumpió en el terreno de juego para llevarse a Diego para siempre. Tengo grabado al detalle los álbumes de cromos y recuerdo que el del estadio Olímpico de Roma, el número 3, era el cromo más difícil de conseguir de aquel Mundial del 90 que repaso con los saltos de Schillachi o las lágrimas de Gascoine. Y si mi edad no me alcanza, las nuevas tecnologías ya se encargan de decirme que la Brasil del 70 fue la mejor y que el fútbol moderno lo inventaron los holandeses en el 74. Que Kempes se bailó un tango en el 78 después de que Argentina trincara a los brasileños una nueva final o que Alemania recuperó su orgullo patrio en el 54 y de paso catapultó a Adidas como una de sus marcas más famosas. Y sé gracias a Eduardo Galiano que los brasileños quedaron tallados en piedra con el Maracanazo del 58.

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Estoy tan contento que sera capaz de beberme una Cruzcampo

Invierno, qué asco te tengo. Con lo poco que me gustas y tuve que nacer en enero. He perdido la cuenta de las veces que he estado enfermo: cuando no era un virus, me atacaba una bacteria, y si no moqueaba, flojeaba del estómago. Pero ya está, ya pasó. Desde que te fuiste, llevo una semana irreconocible: me levanto con energía, el humor me dura todo el día, hago deporte a diario y concilio el sueño como una morsa. Hace unos meses levantarse a orinar de madrugada era una tortura digna de rusos comunistas. Aguantabas expulsar el chorro lo máximo posible para evitar la congelación como apurabas hasta la deshidratación si tenías sed. Todo por no poner los pies sobre el suelo. Ahora, bebes agua y meas con gusto, con el deseo de que amanezca ya, que no tienes tiempo que perder.

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