28/08/2026

La Cruz Roja de Ceuta, en el lado bueno de la Historia

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Cruz Roja siempre ha estado en el lado bueno de la Historia. Desde hace más de 150 años, sus voluntarios y voluntarias han estado presentes en todos los lugares golpeados por la muerte y el dolor. En las guerras, que rebajan a los seres humanos hasta ponerlos por debajo de las bestias –pues ellas no masacran a los de su propia especie ni se recrean con la tortura–; en las catástrofes naturales, terremotos, danas, aludes, donde los pomposos Homo sapiens que creemos que hemos dominado el planeta volvemos a ser miserables hormiguitas empapadas por el barro... en los peores momentos siempre aparece la Cruz Roja, dispuesta a devolvernos no solo la vida y la salud, sino la dignidad. Ya no eres una personita semidesnuda y aterrada que hurga en el barro buscando algo de carne: eres un ciudadano que recibes un kit de higiene, una bolsa de comida, ropa limpia y ese abrazo, esas palabras de consuelo que estabas necesitando.

Como minúsculo peón del engranaje de humanidad que es la Cruz Roja, he visto volar a las ambulancias en cuya trasera dos compañeros se movían como cascabeles tratando de poner en marcha un corazón; he visto dar comida a personas sin techo, he visto levantarlas de un colchón lleno de orines para llevarlas a un albergue a tiempo para cenar; he visto llevar una tarta con dieciocho velitas y unos regalos en el interior de una chabola; he visto quitar con las propias manos el barro y los excrementos que alfombraban las calles de Valencia; he visto dar la bienvenida a las personas que se escapaban de Argelia en pateras, y de Ucrania en coches de alta gama; y los veo a diario en todas las catástrofes que asolan el planeta, desde Ceuta hasta el Nepal.

Ayer, los informativos mostraron las imágenes de un puñado de hombres y mujeres, sentados en el suelo para cortar el paso de unos camiones de Cruz Roja que llevaban comida a unas personas que están pasando hambre en una playa. Unos hombres y unas mujeres que seguro que en su mayoría ni siquiera son de Ceuta, sino que han aterrizado, como los buitres, al olor de la desgracia, para expandir su odio. Tratando, como siempre, de justificar el odio, la rabia y el miedo envolviéndose en la bandera nacional, que durante demasiados años les ha servido de excusa para actuar de forma rastrera y criminal.

Se puede renegar del exceso de población forzosa (forzosa, sí, pues nadie emigra por gusto) que ha entrado en España a la desesperada, obviando los reglamentos, y que puede estar haciendo la convivencia en Ceuta más difícil; y se puede exigir al Gobierno y a la Unión Europea que tomen las medidas adecuadas: por ejemplo presionando al rey de Marruecos, que está robando y masacrando a su pueblo de una manera tal, que la inmensa mayoría de marroquíes sobrevive esperando como locos a que se abra la menor rendija en el país que les sirve de cárcel, para poder escapar.

Lo que vemos en Venezuela, esa pobre gente que se escapa de la dictadura a la primera de cambio, parece que no lo vemos en Argelia y Marruecos; lo que pedimos en Venezuela (que caiga el Gobierno que está empobreciendo a un país rico y obligando a su gente a marcharse en masa), parece que no lo vemos en el Magreb. Quizás porque el criminal rey de Marruecos nos sirve para contener otro éxodo, el de todas esas personas que se escapan de las dictaduras del África negra, donde también se roba y se apalea para beneficiar a las empresas del primer mundo.

Cortarle el paso a un convoy de ayuda humanitaria, tomando como ejemplo a los genocidas israelíes; sentarte en una carretera para impedir físicamente que se den bolsas de comida a los que tienen hambre, es una decisión que avergüenza; no solo a los ceutíes ni al conjunto de los españoles, sino a todos los seres humanos. Son imágenes que quedan para la historia negra de la humanidad. Se está defendiendo que hay que mostrar apoyo a los ceutíes: claro que sí; hay que desearles que se vean liberados, muy pronto, de esos individuos cargados de odio que han acampado al otro lado de sus playas, y que en su vileza llegan al extremo de negarle el pan a aquel que pasa hambre.

Afortunadamente, y como decía antes, cuando el pomposo poder humano se eclipsa, cuando la naturaleza ciega –o nuestra propia idiosincrasia de monos tan inteligentes como violentos– convierte a poblaciones enteras en hormigueros llenos de miedo y de dolor, siempre aparecen los camiones, las ambulancias, los chalecos de Cruz Roja, y de tantas otras ONGs, devolviéndonos la vida, la esperanza y la dignidad; recordándonos que el día es más poderoso que la noche. Esa es la España que a mí me representa, y no los cuatro simios que ayer aullaban y pataleaban en el suelo, agitando banderas rojas y amarillas, tratando de que no se repartiesen unas bolsas con comida.

 

Artículo de opinión del periodista Antonio Marcelo

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